martes, 20 de septiembre de 2011

Strauss-Kahn no convence

Si Dominique Strauss-Kahn logró arrastrar la noche del domingo una audiencia televisiva extraordinaria, en su primera declaración pública desde su detención el 14 de mayo en Nueva York acusado de violación, su capacidad de convicción no estuvo a la altura. Su intervención, preparada al milímetro, fue tan impecable en su ejecución como fallida en su resultado. Sólo quienes estaban ya predispuestos a creerle le creyeron. Los demás vieron en la iniciativa del ex director del Fondo Monetario Internacional (FMI) una operación de comunicación desprovista de autenticidad.
Entre la gente de la calle la incredulidad era el sentimiento dominante. “Sobreactuado”, “poco sincero”, “se veía que representaba un papel”, “todo estaba preparado”… Los comentarios espontáneos indican que los franceses acabaron defraudados. Strauss-Kahn no explicó lo que pasó en el hotel Sofitel de Manhattan, se escudó en el informe exculpatorio del fiscal para eludir cualquier confesión personal y, si calificó su actitud de “falta moral”, no pidió excusas. Su acto de contricción pareció falso – “Extraño mea culpa”, tituló en portada Le Parisien- y, en contra de lo que esperaba el 53% de la ciudadanía, no anunció su retirada de la política. Todo lo contrario.

“Desde el primer momento saltó a la vista su falta de naturalidad, de franqueza, de sinceridad”, valoró el editorialista de Canal Plus Jean-Michel Apathie, resumiendo la impresión más generalizada. Pero junto a la incredulidad había ayer también indignación. La cólera era unánime entre las organizaciones feministas, que calificaron la intervención de Strauss-Kahn de “escandalosa”, “indecente” y  “lamentable”.

Los análisis políticos y periodísticos no fueron más benévolos. El ex primer ministro Jean-Pierre Raffarin (UMP) escribió en Twiter que Strauss-Kahn “pareció más cómodo al mostrar su competencia [en economía] que su sinceridad. La decencia hubiera sido el silencio”. Christophe Barbier, el director del semanario L’Express –al que Strauss-Kahn descalificó durante la entrevista- le contestó con una carta pública en la que concluía: “Desde hace cuatro meses, el verdadero motivo de interrogación no es la actitud de la prensa, es la suya”. Y Vincent Giret, en el editorial de Libération, ridiculizaba la teoría del complot –“la trampa se la tendió de entrada él mismo”- y juzgaba que su intervención “no ha disipado el malestar”. “Apagando el televisor anoche, teníamos unas ganas furiosas de pasar a otra cosa”, concluía.

Si Strauss-Kahn no logró convencer a la audiencia, sí consiguió en cambio envenenar el debate de las primarias socialistas, al reconocer que él quería ser candidato al Elíseo –antes de su arresto- y confirmar que tenía un pacto con Martine Aubry a este respecto, lo cual daba entender que la primera secretaria del PS es una candidata “de recambio”. François Hollande y los suyos se metieron en la brecha para desestabilizar a su rival.

Por otra parte, Tristane Banon, la escritora y periodista que le ha denunciado en Francia por un presunto intento de violación en 2003, anunció ayer en televisión que si la fiscalía archiva el caso, se constituirá en parte civil, lo que obligará a nombrar un juez de instrucción. Banon expresó su malestar por la intervención de Strauss-Kahn y parafraseando al político socialista dijo: “Yo, la ligereza la perdí en 2003”.


13,4 millones de telespectadores

Una media de 13,4 millones de telespectadores –el 47% de la audiencia- siguió la intervención televisiva de Dominique Strauss-Kahn la noche del domingo en TF1, con una punta al final del programa de 14,2 millones, lo que representa el doble de la audiencia habitual. No había habido tanta expectación ante un informativo desde los disturbios de las banlieues de 2005.

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