domingo, 4 de septiembre de 2011

El incómodo retorno de DSK

Un avión de Air France procedente de Nueva York debía aterrizar esta mañana en París con dos esperados pasajeros a bordo: Dominique Strauss-Kahn y su mujer, Anne Sinclair, cuyo regreso a Francia había sido anunciado a voces por sus amigos para este fin de semana. Numerosos fotógrafos llevan días acechando la llegada del ex director del Fondo Monetario Internacional (FMI) apostados en el aeropuerto Charles de Gaulle y en los alrededores de su domicilio parisino, en la supercarísima plaza de los Vosgos, en el Marais, dispuestos a seguir escrutando con lupa sus idas y venidas.
Exculpado por la justicia norteamericana de la acusación de violación de una empleada del hotel Sofitel de Manhattan, quien fuera hasta hace tan sólo tres meses y medio el gran favorito del Partido Socialista francés para desalojar a Nicolas Sarkozy del Elíseo, regresa como un hombre políticamente hundido y moralmente desacreditado. Hasta el punto de que incluso sus camaradas juzgan conveniente mantenerse lo más alejados posible de él, como si fuera un apestado. Para el PS, inmerso en el proceso de elecciones primarias cara a las presidenciales del 2012, DSK asemeja -por retomar la caricatura del diario conservador Le Figaro- el molesto esparadrapo que se pegaba obstinadamente al capitán Haddock en El Asunto Tornasol de Tintin.

El retorno de DSK, a quien el 60% de los franceses desea ahora alejado del Gobierno, se ha convertido en una losa, en un lastre político. Sólo así se explica el espectacular desmarque protagonizado esta semana por la primera secretaria del PS, Martine Aubry. “Yo pienso lo mismo que muchas mujeres sobre la actitud de Dominique Strauss-Kahn hacia las mujeres”, espetó en televisión la jefa de filas de los socialistas, cuya candidatura en las primarias fue una consecuencia directa de la inculpación de DSK. Una frase que, viniendo de quien viene, le ha hecho probablemente más daño que la alusión, por hiriente que fuera, del ex primer ministro Michel Rocard a su supuesta “enfermedad mental” en materia de conducta sexual.

Porque DSK puede haberse librado en Estados Unidos de una gravísima acusación de violación, pero la renuncia de la fiscalía de Nueva York a mantener los cargos en su contra –por falta de pruebas- no ha despejado, ni mucho menos, lo que realmente sucedió en la suite 2806 del hotel Sofitel. La sospecha permanece instalada en la opinión pública francesa –especialmente la femenina- y no ayuda precisamente a diluirla la existencia de una denuncia similar en Francia, realizada por la periodista Tristane Banon. El frente judicial sigue aquí abierto: la investigación está en manos de la fiscalía, que podría llamar próximamente a Strauss-Kahn a declarar.

En cualquier caso, aún si no es culpable de ningún delito, su imagen ha quedado irremediablemente dañada. El proceso ha servido para sacar a la cruda luz del día la enfermiza dependencia de DSK hacia el sexo y, de paso, exhibir la inmensa fortuna y el gusto por el lujo de la pareja Strauss-Kahn-Sinclair, un pecado capital para el electorado popular que el PS pretende sustraer a los cánticos populistas de la extrema derecha.

Algunos de sus más fervorosos partidarios, persuadidos de que el tiempo todo lo cura, quieren creer, pese a todo, que su campeón estará llamado de nuevo en el futuro a tener un papel político de primera línea. Como ha expresado uno de ellos: “En este momento, Dominique no es bebible, pero mañana no excluyo que los franceses tengan sed”.


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