lunes, 19 de septiembre de 2011

Ségolène vuelve al ataque

Ella lo llama tenacidad, perseverancia, convicción. Pero su actitud responde más bien a lo que se entiende por fe. Una fe pétrea, insobornable, inasequible a la duda. “Primero ganaré las elecciones primarias y luego, las presidenciales”, afirma sin pestañear, sin el más leve temblor en la voz. ¿Sabrá ella algo que no sepan todos los demás? ¿O será realmente una “iluminada”, como la ha calificado –poco piadosamente- la ex ministra conservadora y muy católica Christine Boutin? Sea como fuere, lo cierto es que Ségolène Royal ha regresado de la profunda sima a la que le habían arrojado sus dos derrotas anteriores –en 2007, frente a Nicolas Sarkozy por la presidencia de la República, y en 2008, frente a Martine Aubry por la jefatura del Partido Socialista francés- para dar de nuevo la batalla por el Elíseo. Sola contra todos, de nuevo.
En un reciente almuerzo con un grupo de corresponsales extranjeros, en un concurrido restaurante próximo a la Asamblea Nacional, Ségolene Royal se mostró determinada como siempre. Decidida y segura de sí misma, al igual que hace cinco años. Pero –dice- diferente… “He trabajado mucho, mi proyecto tiene hoy más madurez y profundidad que en 2007. Me siento extremadamente sólida y serena”, asegura. A punto de cumplir 58 años –el 22 de septiembre-, puntúa sus frases con su franca y característica risa.

Cinco años después de haber vencido contra pronóstico en las primarias socialistas –en aquel momento, circunscritas a los militantes del PS- a dos grandes pesos pesados del partido, Dominique Strauss-Kahn y Laurent Fabius, Ségolène Royal se propone repetir ahora la hazaña, venciendo el 9 y el 16 de octubre a sus cinco rivales. Cuatro viejos conocidos y un outsider: Martine Aubry, su más entrañable rival –que hace tres años le arrebató la primera secretaría del PS por sólo 102 votos, en medio de acusaciones de pucherazo-; François Hollande, su ex compañero sentimental –con quien convivió cerca de 25 años y tuvo cuatro hijos antes de separarse tras la elección presidencial-; los jóvenes Manuel Valls y Arnaud Montebourg, que fueron sus portavoces durante la campaña de 2007, y Jean-Michel Baylet, líder del Partido Radical de Izquierda.

Los sondeos, que tanto contribuyeron hace cinco años a catapultarla políticamente, le auguran hoy con pertinaz unanimidad una derrota sin paliativos frente a los dos principales favoritos, Hollande y Aubry. Ella lo rechaza, y se indigna. “Estoy recibiendo golpes muy violentos de los sondeos, es una negación de la democracia”, se queja. Y aduce que –abiertas a todos los simpatizantes de izquierda- estas primarias no tienen precedente. Pero no arroja la toalla. “Otros hubiera abandonado, no yo. Yo creo profundamente en lo que digo y en lo que hago. Mi fuerza es mi convicción”, asegura.

Acusada en 2007  de incompetencia por sus rivales –y no pocos de sus camaradas-, Royal observa hoy con satisfacción, y un cierto regusto de revancha, cómo el mismísimo Sarkozy le copia su controvertida propuesta de someter a los jóvenes delincuentes a la disciplina militar como alternativa a la cárcel. Hoy la aspirante socialista, sin olvidar la seguridad, centra su mirada en el sistema financiero. “Estoy a favor de una política de rigor, pero empezando por los mercados”, afirma, mientras promete disciplinar a los bancos. Un mensaje que encuentra eco en las clases populares.

A la espera de la cita con las urnas, Ségolène Royal recuerda una de las enseñanzas que aprendió de François Mitterrand cuando era una de sus consejeras en el Elíseo, a principios de los ochenta: “Decía Mitterrand que para encontrar la victoria hay que forzarla. Es lo que estoy haciendo”. Aún dará una sorpresa.


La traición de François

Junio de 2006. El presidente de la Polinesia francesa, Oscar Temaru, propone públicamente a Ségolène Royal y François Hollande casarlos en Tahití… Una propuesta intempestiva con la que, sin embargo, Royal juguetea coquetamente en público. Más tarde, en plena campaña de las presidenciales, la candidata socialista al Elíseo declararía haber considerado la idea “locamente romántica”. Quienes, en el seno del Partido Socialista, aún confiaban en 2006 en poder detener la candidatura de Royal empujaron a Hollande a aceptar la boda que le ponían en bandeja. “Cásate con ella, cásate con ella… ¡por el partido!”, le rogaron algunos, esperando de que de esta forma ella le acabaría cediendo el paso. Pero el entonces primer secretario del PS dijo que no. Al revelar las presiones del partido, una reciente biografía sobre el político socialista –“François Hollande, itinerario secreto”, de Serge Raffy- viene a confirmar la idea de que Ségolène Royal se lanzó a la carrera por el Elíseo por despecho. Si Hollande no quiso oir hablar de matrimonio era porque su cabeza y su corazón estaban ya muy lejos… El líder del PS mantenía ya entonces una relación sentimental con la periodista Valérie Trierweiler, convertida ahora en su compañera oficial. Trierweiler, según revela también el libro, era una antigua amiga de la pareja Hollande-Royal. Ella fue, bajo el nombre de Valérie Massonneau, quien firmó el famoso reportaje de Paris Match del verano de 1992 en que Ségolène Royal, entonces ministra, presentó a su hija recién nacida en la clínica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario