miércoles, 9 de abril de 2014

Valls se estrena suprimiendo regiones

Manuel Valls también quiere pasar la tijera por la administración territorial, con el fin de eliminar duplicidades y reducir el gasto público. En la estela del primer ministro italiano, Mateo Renzi, el nuevo jefe del Gobierno francés anunció ayer en la Asamblea Nacional su intención de reducir a la mitad, a partir del 2017, el número de regiones y suprimir, en el horizonte del 2021, los consejos generales, una instancia similar a las diputaciones provinciales españolas. La reforma terroririal es uno de los objetivos programáticos que Manuel Valls enunció ayer en su discurso de política general –una especie de discurso de investidura– ante el Parlamento, donde confirmó la voluntad, ya avanzada por el presidente François Hollande, de reducir las cargas a las empresas y rebajar las cotizaciones sociales a las familias más modestas.

El nuevo primer ministro obtuvo la confianza del Parlamento por 306 votos a favor –de los socialistas y de la mayor parte de los ecologistas–, 239 en contra –los de la derecha, los centristas y los comunistas– y 26 abstenciones –una parte de Los Verdes y cerca de una docena de socialistas disidentes–. La disciplina de partido funcionó. Pero no todo el Partido Socialista (PS) le apoya ciegamente. Cerca de un centenar de diputados socialistas, reticentes ante un primer ministro situado ideológicamente en el ala derecha del partido, hicieron público el domingo un manifiesto reclamando un giro a la izquierda... Que no ha dado en absoluto.

Los franceses también le han recibido expresándole su confianza: un 56% –más del doble que en el caso de François Hollande–, tienen buena opinión de él, según un sondeo difundido ayer mismo. Claro que, en este caso –y eso es un problema para la UMP–, Valls también es popular entre los electores de la derecha.

Entre la hoja de ruta marcada por el presidente de la República, las obligaciones adquiridas por Francia ante sus socios europeos en materia presupuestaria y las exigencias de la izquierda del PS, Manuel Valls no tiene mucho margen de maniobra. Y, en este sentido, el nuevo jefe del Gobierno francés no hizo ayer más que definir, con mayor o menor concreción, las prioridades políticas marcadas por Hollande. Eso sí, a diferencia de su antecesor, Jean-Marc Ayrault –un hombre de oratoria gris y mortecina–, Valls lo hizo con su habitual fuerza y convicción. Y en apenas cuarenta y cinco minutos. Sin paja innecesaria, aunque con algo de lírica...

En este contexto, la principal novedad fue la relativa a la reforma territorial, un viejo –y conflictivo– asunto que hasta ahora no había hecho más que pasar de mesa en mesa sin que nadie se hubiera decidido a coger el toro por los cuernos. Valls lo hizo ayer, pero a la vista de los gritos que sus señorías lanzaron desde sus escaños la tarea que tiene por delante será ardua. La reducción a la mitad del número de regiones –27 en total, 22 en la metrópoli y cinco en ultramar– es el proyecto más maduro y con una fecha más cercana: el 1 de enero de 2017. En principio, el Gobierno esperará fusiones voluntarias, y si no llegan suficientes, decidirá por su cuenta. La supresión de los consejos generales –que no de los departamentos en tanto que organización del Estado– va para más largo –2021– y sólo se plantea abordar el debate. Para cerrar la reforma, Valls propone acabar con las duplicidades, estableciendo competencias “específicas y exclusivas” para cada nivel.

El primer ministro confirmó la intención del Gobierno de rebajar, a través del Pacto de Responsabilidad y Solidaridad, las cargas sociales que pesan sobre las empresas –para reforzar su competitividad– y reducir asimismo las cotizaciones de los asalariados, con el fin de elevar el poder adquisitivo y la demanda interna.Del mismo modo, ratificó el objetivo de recortar el gasto público en 50.000 millones de euros en tres años. Y dio alguna pista sobre los sectores afectados: 19.000 millones el Estado y sus organismos, 10.000 millones las entidades territoriales, 10.000 millones el Seguro de Enfermedad y 11.000 las prestaciones sociales.


Un español enamorado de la ‘grandeur’ de Francia

“Francia tiene la misma 'grandeur' (grandeza) que tenía en mi mirada de niño. La 'grandeur' de Valmy, la de 1848, la de Jaurès, de Clemenceau, de De Gaulle, la 'grandeur' del maquis. Por eso quise conventirme en francés”. Manuel Valls (Barcelona, 1962) quiso cerrar su primer discurso como jefe del Gobierno ante la Asamblea Nacional con una evocación personal. Y lo hizo declarando su orgullo de ser francés y su amor por Francia. “Uno de los pocos países –subrayó emocionado– donde es posible que ciudadanos nacidos en el extranjero, que han aprendido los valores de la República, puedan alcanzar las más altas funciones del Estado”. Valls, que no obtuvo la nacionalidad francesa hasta los 20 años, es el primer político de origen extranjero, y de origen español, en ser designado –que no elegido, pues su nombramiento es potestad del presidente de la República– primer ministro de Francia. La eurodiputada conservadora Rachida Dati –primera mujer de origen magrebí, aunque nacida en Francia, en ser ministra de Justicia– restó ayer mérito a la trayectoria de Valls: “No es un modelo de integración. Él tenía los medios de su ascenso social”, remarcó aludiendo al hecho de que el padre del hoy primer ministro, el pintor figurativo Xavier Valls, no era un inmigrante económico.

“Francia es un país que siempre ha visto más lejos. Un país que lleva su mirada más allá de sí mismo. Y yo –proclamó Valls- me batiré para que siga mirando más grande. Pues es esto ser francés. Francia son estas ganas de creer que se puede, para sí mismo y para el resto del mundo. Francia no es el nacionalismo oscuro, es la luz de lo universal”.



Carne mejor que pescado en Matignon

Las cocinas de Matignon, sede y residencia oficial del primer ministro francés, andan al parecer estos días un tanto alteradas por las instrucciones que les ha hecho llegar el nuevo jefe del Gobierno. A tenor de lo publicado por un confidencial del diario Le Figaro, no parece sin embargo que tales exigencias sean suficientes como para volver locos a los cocineros (y si no, que se lo pregunten a los sufridos concursantes de Top Chef) Manuel Valls, según parece, no es un gran amante del pescado y prefiere, en cambio la carne roja. Del mismo modo, ha pedido que se preparen menús sin gluten... ¿A causa de una alergia? Probablemente. Aunque eso puede contribuir sin duda a mantener una buena forma física, como le sucedió al tenista serbio Novak Djokovic, actual número dos mundial. El problema, si tal debe ser considerado, será especialmente acusado a la hora de los postres...

El chef de Matignon, Christophe Langrée, fue el primer cocinero con una estrella Michelin en incorporarse –en el año 2009– a los fogones de la residencia oficial del primer ministro. Oficiaba en aquella época François Fillon, a quien Langrée calificó un día de “gourmet”. Un hombre “fácil –explicó–, al que le gusta todo”. Tras la victoria de François Hollande en el 2012, le sucedió en el cargo Jean-Marc Ayrault, quien le transmitió su “confianza”, sin darle –que se sepa– ninguna instrucción especial.

La estrella Michelin que Langrée lució en 1995 en L’Hôtel de Bourbon, en Bourges(Cher), y en 1998 en el Clos du Chanoine, en Saint-Malo (Ille-et-Vilaine), no se ve hoy en el palacete de la calle Varenne, donde sin embargo está al frente de un equipo de 25 personas y prepara diariamente la comida para numerosos comensales: el primer ministro y la veintena de sus más cercanos colaboradores, por un lado, y los dos centenares de funcionarios que allí trabajan, por otro. Comidas de Estado aparte, naturalmente.

“Yo disfruto tanto como en un restaurante gastronómico, trabajando a partir de productos frescos”, declaró al poco de llegar a su nuevo puesto. “La única diferencia es que ahora trabajo en el sectir público. Pero no tengo ninguna limitación, soy libre de hacer lo que me plazca”. En fin, más o menos...

Sería, sin embargo, erróneo suponer que en las cocinas de Matignon ha desaparecido el sentido de la competencia. Y si no, que se lo digan al chef del Elíseo, Guillaume Gomez –que ascendió al puesto el pasado mes de noviembre, tras la jubilación de Bernard Vaussion–, quien días atrás sufrió una feroz comparación con Langrée. En un tono de confidencia –lo que no impidió que fuera captada por los micros de los periodistas– la ex ministra Nicole Bricq elogió ante Ayrault la comida ofrecida en Matignon con motivo de la visita del presidente chino Xi Jinping, mientras que la cena del Elíseo, dijo, era “repugnante”. Gomez, indignado, presentó su dimisión. Que no le fue aceptada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario