martes, 29 de abril de 2014

Un gigante a punto de ser despedazado

Francia va a perder uno de sus grandes grupos industriales, orgullo de su capacidad tecnológica. Alstom, gigante de la energía y el transporte ferroviario con pies de barro, acabará troceado y en manos de norteamericanos o alemanes. Aceptado lo inevitable, todo lo que el Gobierno francés intenta desesperadamente es salvar lo máximo posible en materia de mantenimiento de la actividad y del empleo en Francia. La nacionalización temporal de Alstom, como hizo en el 2004 el entonces ministro de Economía, Nicolas Sarkozy, y como reclaman hoy algunos sindicatos y partidos de la izquierda, parece esta vez del todo descartada. A fin de cuentas, la intervención de hace diez años no ha permitido reconstruir un grupo financiera y accionarialmente lo bastante sólido.

El presidente francés, François Hollande, recibió ayer en el Elíseo a los presidentes de General Electric, Jeffrey Immelt, y de Siemens, Joe Kaeser, así como del grupo Bouygues, Martin Bouygues, que con el 29,4% del capital es el principal accionista de Alstom y principal interesado en vender su parte. “El Estado tiene cosas que decir, porque hace (a Alstom) importantes encargos en sectores estratégicos”, declaró el presidente, cuya principal preocupación es el mantenimiento de la actividad industrial y del empleo –un total de 18.000 puestos de trabajo del grupo– en Francia. Otro centro de preocupación es la conservación de la independencia energética del país, que podría verse afectada –aunque este extremo es más discutible– por la pérdida de un importante productor de turbinas y equipamientos para centrales eléctricas. Suministrador del gran parque de centrales nucleares francés y encargado del mantenimiento de las turbinas del portaaviones Charles de Gaulle, Alstom no trabaja sin embargo en el corazón estratégico –altamente sensible– del sector nuclear.

El Estado francés dejó de ser accionista de Alstom en el 2006 y tiene pocas armas a su disposiciñon para imponer su criterio a los accionistas del grupo, toda vez que su actividad no parece estar salvaguardada por la ley del 2004 que protege los sectores industriales estratégicos –los ligados a la defensa, particularmente– de las inversiones extranjeras. Pero el hecho de ser uno de los principales clientes del grupo le otorga un poder de presión no menospreciable. De hecho, fue la intervención del Gobierno, con el ministro de Economía, Arnaud Montebourg, como punta de lanza, el que abortó el domingo pasado la conclusión de la operación con General Electric, que el presidente de Alstom, Patrick Kron, llevaba tiempo negociando, e introdujo en la partida a Siemens, históricamente interesada en el grupo francés. Alstom se ha dado de plazo hasta mañana, miércoles, para tomar una decisión.

La propuesta de General Electric es adquirir toda la parte de Alstom dedicada a la energía –más del 70% de su actividad– por una cantidad que podría rondar los 10.000 millones de euros. Por su parte, Siemens –que al cierre de esta edición no había formalizado aún su oferta– proponer quedarse igualmente la parte de la energía y ceder en cambio a Alstom toda su rama dedicada a la alta velocidad ferroviaria. Esta opción tiene dos claras ventajas sobre la primera: ofrece una solución europea –más digerible– y refuerza el papel de Alstom como gigante del transporte ferroviario. Pero puede ser también más perniciosa para el empleo.




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