jueves, 3 de abril de 2014

El eterno retorno de Ségolène Royal

Ségolène Royal entró ayer con paso firme en la sede del Ministerio de la Ecología, en el bulevar Saint-Germain. A otra persona podrían haberle temblado las piernas. No a ella. Otro 2 de abril, de hace 22 años, asumió la misma cartera en el Gobierno de Pierre Bérégovoy, bajo la presidencia de François Mitterrand. Ségolène Royal viene de lejos, de muy lejos. Y nunca ha dejado de mirar hacia adelante. Su regreso a la primera línea política es algo más que un hecho de justicia o una revancha frente al destino. Es, sobre todo, una muestra de la madera de la que está hecha esta incombustible mujer de 60 años, que es mucho más que la ex compañera sentimental del presidente francés, François Hollande, y la madre de sus cuatro hijos.

Hija de un teniente coronel de artillería, Ségolène Royal –nacida en Dakar (Senegal) el 22 de septiembre de 1953– se ha construido siempre en contra del destino de ama de casa biencasada que su padre le había dibujado. Decidida a asegurarse la independencia económica, a ser la mejor, estudió Ciencias Económicas en la Universidad de Nancy, y posteriormente cursó estudios en Sciences Po y la Escuela Nacional de Administración (ENA), cuna de las élites del Estado.

Fue en la ENA, en su misma promoción (Voltaire), donde a finales de los años 70 conoció a François Hollande, con quien acabaría fundando una familia, pero también un equipo político. Juntos ingresaron en el Partido Socialista (PS), juntos se incorporaron en 1982 como consejeros al gabinete de François Mitterrand en el Elíseo, juntos estrenaron su acta de diputado en 1988...

Hasta que en 1992, la discreta Ségolène, siempre por detrás de su hombre, empezó a volar sola. Mitterrand la prefirió a ella, y no a Hollande, para incorporarla al Gobierno en 1992 como ministra de Ecología (hasta que en 1993 la victoria de la derecha la dejó temporalmente fuera). En 1997, en cambio, el triunfo de Lionel Jospin bajo la presidencia de Jacques Chirac –tercera cohabitación– le abrió de nuevo las puertas del Gabinete, como responsable de Enseñanza Escolar, primero, y de Familia, después. Mientras, Hollande asumía, por delegación, la mucho más ingrata primera secretaría del PS.

Las elecciones presidenciales del 2007 -después del terrible fracaso de Jospin en el 2002, eliminado por Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta–, debía ser la oportunidad de Hollande para intentar el asalto al Elíseo. Pero Ségolène Royal, que se había ganado una notoriedad arrebatando la región de Poitou-Charentes a la derecha en el 2004 –lo que le valió el sobrenombre de 'Zapatera', eran otros tiempos– tenía sus propias ambiciones. Pudo haberlas puesto en sordina, pero no lo hizo. ¿Lo hubiera hecho de no haber descubierto la relación adúltera que su compañero mantenía con la periodista de Paris Match Valérie Trierweiler? Quién sabe.

En cualquier caso, Ségolène Royal –convertida en la gran esperanza de la izquierda, gracias a su espíritu libre e independiente, a sus planteamientos iconoclastas– dejó en la cuneta a Hollande y derrotó en las primarias del PS a dos pesos del calibre de Dominique Strauss-Kahn y Laurent Fabius. Fué su último triunfo.

La candidata socialista, la musa de la nueva izquierda, logró 17 millones de votos, pero cayó derrotada frente a Nicolas Sarkozy. Royal decidió entonces romper con todo: se separó de Hollande y se dispuso a tomar el control del PS, ese partido que siempre la miró con desconfianza. La batalla, a finales del 2008, fue áspera, feroz, y acabó perdiéndola por un puñado de votos –en medio de graves acusaciones de fraude– frente a Martine Aubry.

Apartada pero no rendida, Ségolène Royal intentó optar de nuevo al Elíseo, pero en las primarias del 2011 acabó vencida y humillada con sólo el 7% de los votos. Fue su momento más amargo. Rematado por la traición sufrida en las legislativas del 2012 por un disidente socialista –apoyado por Valérie Trierweiler–, que le cerró las puertas de la Asamblea Nacional, donde aspiraba a ocupar la presidencia. Refugiada en su feudo de Poitou-Charentes, ha tenido que esperar a la marcha de su antigua rival sentimental para regresar al centro del escenario. Una vez más.



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