jueves, 17 de abril de 2014

Un agujero más en el cinturón

No se trata de un recorte, sino sólo de una estabilización –en principio temporal, hasta octubre del 2015–, y está lejos de los sacrificios que han asumido otros países europeos, pero ha tenido en Francia la fuerza de un seísmo. Por primera vez desde el inicio de la crisis, el Gobierno francés, dirigido por el recién nombrado primer ministro Manuel Valls, ha decidido congelar la cuantía de las pensiones y de la práctica totalidad de las prestaciones sociales. La medida, recibida como una ducha fría por la izquierda –incluido el propio Partido Socialista (PS)– y los sindicatos, forma parte del programa de reducción del déficit que prepara el Ejecutivio francés y que supondrá, como ya avanzó el mes de enero el presidente François Hollande, un recorte del gasto público de 50.000 millones entre el 2015 y el 2017.

“No podemos vivir por encima de nuestros medios; debemos romper con esta lógica de la deuda, que progresivamente y solapadamente nos está atando de manos”, declaró el miércoles Manuel Valls tras la reunión del Consejo de Ministros, subrayando con su presencia excepcional la importancia del asunto. El primer ministro recordó que la deuda pública pasó del 50% del Producto Interior Bruto (PIB) en el 2002 al 90% diez años después y que esta deriva es insostenible. No se trata tanto de cumplir con la directrices europeas, vino a decir –sin citar nunca a Bruselas–, como de conseguir que el país pueda “recuperar su soberanía”.

Pero lo cierto es que París no ha tenido más remedio que plegarse a lo suscrito con su socios europeos. Así pues, Valls reafirmó que “Francia cumplirá sus compromisos” en materia de reducción del déficit –por debajo del 3% del PIB en el 2015–, descartando así definitivamente la posibilidad de pedir formalmente un nuevo aplazamiento a la Comisión Europea. El ministro del Presupuesto, Michel Sapin, y el propio presidente de la República, François Hollande, expresaron la semana pasada su deseo de conseguir un nuevo relajamiento en el ritmo de reducción del déficit –que ya hubiera sido el tercero–, pero las reacciones hostiles de Bruselas y Berlín les han forzado a renunciar a tal pretensión.

El recorte de los 50.000 millones, sobre el que Valls explicó algunas concreciones, será repartido entre el Estado central (18.000 millones), las administraciones territoriales (11.000 millones), el Seguro de Enfermedad (10.000 millones) y la Protección Social (11.000 millones más) Este último capítulo, sobre el que hasta ahora nadie se había pronunciado abiertamente, es el que más ampollas levantó, pues comportará la congelación de la cuantía de las pensiones y de la mayoría de las prestaciones sociales (vivienda, familia e invalidez) Sólo las prestaciones mínimas, como las jubilaciones más bajas y la Renta de Solidaridad Activa (RSA), serán revalorizadas conforme a la inflación. El resto del ahorro procederá de diversas reformas en marcha sobre las ayudas a la familia, la prestación de desempleo o el funcionamiento de la Seguridad Social. Por lo que hace al Seguro de Enfermedad, los recortes pasarán básicamente por la reducción de las hospitalizaciones y la rebaja en el gasto de medicamentos.

En lo que respecta al Estado central, el paquete incluye también la congelación de los sueldos de los funcionarios –que se mantienen inalterados desde el año 2010– y la reducción de efectivos en determinados ministerios y organismos gubernamentales. Pero en ningún caso en Educación, Justicia y Seguridad, que Hollande prometió incrementar durante su campaña electoral.

Los anuncios realizados por Valls fueron ásperamente criticados por la izquierda radical y los comunistas, así como por los sindicatos, de la CGT a Fuerza Obrera pasando por el moderado CFDT. Pero, sobre todo, cayeron como un rayo sobre el grupo socialista en la Asamblea Nacional, que en medio de una reunión descubrió con estupefacción el proyecto del Gobierno por televisión. En palabras del diputado Christian Paul, del ala izquierda del partido, los parlamentarios del PS quedaron “aterrados” ante las medidas, que tocan de lleno a las clases populares.


La opinión pública da la espalda a Hollande

François Hollande ya puede hacer lo que quiera, que su imagen ante la opinión pública francesa no para de degradarse. Un último sondeo-ficción, aparecido el miércoles –y realizado, por consiguiente, antes del anuncio de los recortes–, vaticinaba que si ahora mismo se repitieran las elecciones presidenciales del 2012, en las que alcanzó la victoria, el actual inquilino del Elíseo ni siquiera pasaría de la primera vuelta: con tan sólo el 19% de los votos, sería superado claramente por Nicolas Sarkozy (29%) e incluso por Marine Le Pen (25%), repitiéndose –con un resultado ampliado para la líder del FN– el terremoto del 2002 cuando el padre eliminó al primer ministro socialista Lionel Jospin. El cambio de Gobierno sólo parece haber beneficiado a Manuel Valls, el nuevo hombre fuerte, que con una popularidad del 58% está cuarenta puntos por encima –¡cuarenta!, lo nunca visto– de la del presidente.





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