sábado, 5 de abril de 2014

La sonata de Matignon

“Los catalanes son más bien los prusianos de España, les gusta el orden”. La comparación, un tanto abusiva, la estableció hace un par de años Manuel Valls, harto de que le atribuyeran de forma automática e irreflexiva los supuestos rasgos ibéricos, mezcla de furia y de pasión. Un clavo quita otro clavo, una caricatura deshace otra caricatura. Sin embargo, la definición le caía a él mismo como anillo al dedo. Porque si hay un catalán prusiano, ése es el nuevo primer ministro francés. Ceño fruncido, mirada granítica, maxilares tensados, Valls es la férrea encarnación del orden y de la autoridad republicana.

Ha sido justamente su firmeza, su inflexible política en materia de seguridad e inmigración, así como sus insuperables dotes de comunicador y su desbordante ambición, lo que le ha convertido en sólo dos años en el miembro más popular del Gobierno socialista y le ha acabado conduciendo a Matignon. Las mismas cualidades que llevaron a Nicolas Sarkozy a intentar ficharle en el 2007. “Ven a trabajar conmigo. si no lo haces, cuando llegarás al poder tendrás 55 años...”, le dijo. Valls rechazó. Y ha acabado llegando un poco más pronto: tiene 51.

Hijo del pintor figurativo Xavier Valls (1923-2006) y de la suiza italiana Luisa Galfetti, el nuevo primer ministro francés nació en Barcelona el 13 de agosto de 1962 un poco por casualidad. Porque eran las vacaciones de verano y porque sus padres quisieron que viera la luz del Mediterráneo en su amado barrio de Horta.

La familia siempre ha mantenido un fuerte vínculo con la capital catalana. En la casa familiar de la calle Campoamor falleció el padre, hace poco más de siete años –de un cáncer fulminante–, y allí vive hoy su hermana menor, Giovanna. Pero En realidad, el matrimonio Valls residía ya en aquella época en París, adonde el pintor se trasladó siguiendo los pasos de su carrera artística (nada que ver con la leyenda del exiliado antifranquista que algunos medios pretenden alimentar). Nunca cultivaron la nostalgia.

Manuel Valls no reniega de sus raíces. Habla catalán, castellano e italiano. Y es un aficionado –ecléctico– al Barça, al flamenco y a los toros. Pero no le gusta que le definan a partir de sus orígenes. Porque él es y se siente, ante todo y sobre todo, francés, nacionalidad que adoptó por convicción en 1982. En el acto de traspaso de poderes con Jean-Marc Ayrault, el martes pasado, Manuel Valls se definió como “socialista, republicano y patriota”. Patriota francés, por supuesto.

A Valls le hubiera gustado que su padre, que siempre se opuso a su carrera política –y de quien siempre tiene un cuadro colgado en su despacho–, le viera hoy. El pequeño español a quien miraban por encima del hombro –“No hay que avergonzarse de tener un padre pintor”, le dijo una maestra en la escuela, suponiéndolo de brocha gorda– y que en 1981 no pudo votar a François Mitterrand por ser extranjero, ha llegado a lo más alto. O casi. Porque a lo que realmente aspira es a ser presidente de la República. “Si el alcalde de Neuilly lo ha sido –dijo en alusión a Sarkozy– ¿por qué no el alcalde de Evry (la ciudad de banlieue de la que fue alcalde durante once años)?”.

La política, Manuel Valls la lleva en la sangre desde que ingresara en el Partido Socialista (PS) con 17 años y se fraguara como sindicalista estudiantil en la Universidad de Tolbiac, donde estudió Historia. Allí encontró a sus dos amigos del alma, el publicista Stéphane Fouks y el criminólogo Alain Bauer. También a su primera esposa, Nathalie Soulié, con quien tuvo cuatro hijos –Benjamin, de 22 años, Ugo, de 20, y Alice y Joachim, ambos de 15–, antes de divorciarse años después.

Valls ha realizado una carrera de fondo desde que entrara en el PS seducido por las ideas de Michel Rocard, apóstol de la segunda izquierda, en 1980. Independiente, iconoclasta, antidogmático, situado a la derecha del espectro ideológico socialista, nunca ha tenido grandes apoyos en el seno del partido. Pero siempre ha sabido convertirse en un interlocutor imprescindible del líder del momento: Lionel Jospin en 1997, Ségolène Royal en el 2007, François Hollande en el 2012...

Pero en medio de todas estas fechas hay una fundamental en la historia personal del primer ministro francés: en el 2004, la violinista Anne Gravoin, un antiguo amor de juventud, reapareció en su vida. El reencuentro con su novia, de 48 años y madre de una chica de 20 –Juliette– de un primer matrimonio, fue un auténtico flechazo para ambos. “Estoy enamorado”, llegó a decir el púdico Manuel Valls en un programa de televisión. La pareja, que se casó en el 2010, comparte un gran apartamento cerca de la plaza de la Bastilla, en París, donde coinciden cuando sus apretadas agendas profesionales se lo permiten.

Anne Gravoin, miembro del Travelling Quartet, colaboradora de músicos de renombre como Johnny Hallyday y empresaria –posee una productora de eventos musicales–, es una violinista galardonada y reconocida. Y se ha convertido en el principal sostén del primer ministro. Pero no será primera dama ni se trasladará a vivir a Matignon. Prefiere seguir haciendo vibrar su violín. 



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