domingo, 3 de febrero de 2013

Un ejército al límite


La guerra de Mali ha mostrado al mundo la cara más brillante del ejército francés, que ha demostrado una vez más su capacidad para movilizar rápida y eficazmente fuerzas suficientes –aeronavales y terrestres– para una intervención armada en el exterior. Y saldarla con éxito. Junto a Francia, sólo el Reino Unido es capaz de hacer algo así en Europa. Pero detrás del luminoso escaparate, la trastienda es en realidad mucho más precaria. Así, los intensos bombardeos aéreos llevados a cabo por los Mirage y los modernos Rafale sobre las columnas y la retaguardia de los grupos islamistas en el norte de Mali no hubieran sido posibles sin la intervención de los aviones nodriza estadounidenses, que permitieron a los cazabombarderos franceses repostar en vuelo y disponer, en consecuencia, de suficiente carburante para realizar su misión... ¿Ejército de bolsillo? ¿ejército de confetti? Epítetos de este tipo se suceden últimamente en Francia para alertar de la fragilidad de unas fuerzas armadas al límite.

“Hoy nuestro ejército presenta debilidades que, en el actual contexto económico y financiero, pueden afectar a su coherencia”, advertía hace apenas tres meses el almirante Édouard Guillaud, jefe del Estado Mayor de los Ejércitos, quien entre las carencias más urgentes subrayaba justamente la de aviones nodriza, así como drones (vehículos aéreos no tripulados) y sistemas de lucha contra baterías antiaéreas. “El Libro Blanco de la Defensa del 2008 establecía el objetivo de poder desplegar en un teatro exterior 30.000 hombres durante un año, un grupo aeronaval y 70 aviones de combate. En estos momento, no es alcanzable”, añadía.

Más drástica, la historiadora Catherine Durandin –profesora del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS) y autora de un libro sobre “El declive del ejército francés”– considera que “la situación es muy alarmante”. “El ejército sufre un declive presupuestario, una deflación de efectivos y un envejecimiento del material”, resume.

Embarcado en un difícil proceso de reforma y adelgazamiento –que habrá implicado la reducción de 54.000 empleos civiles y militares entre el 2008 y el 2014, así como el cierre de cerca de un centenar de unidades militares–, el ejército francés se enfrenta ahora a la perspectiva de un largo periodo de vacas flacas. La congelación del presupuesto de defensa, situado en 31.400 millones de euros para el 2013, ha sido ya un primer aviso. Pero los recortes acabarán por llegar.

“El Ministerio de Defensa participará en el esfuerzo nacional al mismo nivel que los demás ministerios, ni más ni menos”, advirtió François Hollande en su discurso de Año Nuevo a los militares el pasado 9 de enero hablando de las perspectivas de reducción del gasto público. El presidente francés aseguró, al mismo tiempo, que su objetivo es que “Francia mantenga la capacidad de pesar en la gestión y resolución de crisis que pongan en riesgo la seguridad nacional o nuestros intereses estratégicos”. Algo que se parece a la cuadratura del círculo, si se tiene en cuenta que al ejército le faltan ya de entrada 4.000 millones para cumplir con el programa del 2008.

Toda la cuestión es por dónde caerá la tijera. Hollande ya ha dejado claro por dónde no lo hará: la dotación de la fuerza de disuasión nuclear –integrada por cuatro submarinos nucleares y 40 cazabombarderos Mirage y Rafale armados con misiles–, que con 3.400 millones se lleva el 10% del presupuesto militar, está asegurada. “La disuasión nuclear da a Francia el peso político necesario para hablar como Francia debe hablar”, afirmó el ministro de Defensa, Jean-Yves le Drian.

Los condicionantes económicos obligarán, pues, a elegir sobre el tipo de ejército que Francia quiere para la próxima década. Este es precisamente el objeto del Libro Blanco de la Defensa para el periodo 2014-1019 que está en trámite de elaboración y que debía estar listo a finales de este mes. Pero los recientes acontecimientos en África están obligando a revisar algunos aspectos.

La guerra de Mali, según los expertos militares, ha demostrado ya dos cosas: la importancia para Francia de mantener una red de bases militares en África –que el anterior Libro Blanco preveía reducir a sólo dos– y la necesidad de no menospreciar el papel de las fuerzas terrestres, que los profetas de la guerra aérea, amparados en el éxito cosechado en Libia, daban poco menos que por residuales. El ejército de Tierra, que ha sido el hermano pobre de la familia, pretende ahora hacer escuchar su voz. Y alertar de que sus efectivos –apenas 100.000 hombres, pese a que los datos oficiales (del 2011) hablen todavía de 125.000 militares activos– no admiten nuevas reducciones. Como ha subrayado Jean-Dominique Merchet, autor del blog de referencia Secret Défense: “El ejército francés ha llegado a su mínimo histórico desde Luis XIV”.


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