martes, 5 de febrero de 2013

Las parisinas ya pueden llevar pantalón


Mademoiselle Foucaud, empleada como operaria de una imprenta en París en 1830, no le gustó nada comprobar que por el mismo trabajo por el que ella recibía 2,5 francos al día, los hombres cobraban 4. Ante la negativa de su patrón a dejarle trabajar en el taller masculino, decidió despedirse. Se cortó el pelo, se vistió como un hombre, regresó a los pocos días y consiguió ser contratada como tal por el mismo empleador. La anécdota, publicada por el boletín Le Vieux Papier y rescatada por la historiadora Christine Bard en los archivos de la Prefectura de París, ilustra una de las principales razones –aunque no la única– por las que algunas parisinas, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, decidían cambiar los hábitos femeninos por los masculinos.

El problema de Mademoiselle Foucaud y de todas las mujeres que, como ella, pretendían vestirse como un hombre es que eso estaba terminantemente prohibido por una ordenanza contra el “travestismo de las mujeres” dictada por el prefecto de Policía del departamento del Sena, M. Dubois, el 16 brumario del Año IX de la Revolución, esto es, el 7 de noviembre de 1800. El futuro emperador Napoleón I, más conocido en la época simplemente como Bonaparte, llevaba un año en el poder como primer cónsul.

La controvertida ordenanza, que impedía a las parisinas vestir pantalones, nunca ha sido explícitamente anulada. Ahora, una respuesta oficial del Ministerio de los Derechos de las Mujeres enviada al Senado el pasado 31 de enero establece que la norma, en tanto que vulnera el principio de igualdad de derechos entre hombres y mujeres consagrado en la Constitución, debe considerarse “implícitamente abrogada” y carece de todo efecto jurídico.

La ordenanza del prefecto Dubois obligaba a las mujeres que pretendieran vestirse como un hombre a pedir una autorizacion gubernativa, bajo amenaza de arresto. En principio, sólo motivos de salud –no especificados– podían dar lugar a obtener el permiso. Posteriormente, en 1892 y 1909 se extendió la autorización del uso del pantalón en aquellos casos en que “la mujer sujeta con la mano un manillar de bicicleta o las riendas de un caballo”. No se sabe cuántas solicitudes se presentaron. La más antigua que Christine Bard ha podido encontrar data del año 1806 y lleva el número 167. En cambio, seis décadas después, en 1862, la autorización concedida a Adèle Sidonie Loüis, artista y música de 36 años, lleva sólo el número 74...

Numerosas han sido las iniciativas para pedir la anulación de la ordenanza napoleónica. Ya lo hicieron en 1886 un grupo de feministas y en 1969 un concejal de París. Más recientemente, en 2004, dos diputados del Partido Socialista (PS) y de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) pidieron lo mismo. Como en el 2010 el Partido Radical de Izquierda y el Consejo Municipal de la capital. En el 2012, en vísperas de la elección presidencial, el tema volvió a ser puesto sobre la mesa por la asociación feminista Ni putas ni sumisas... Todo ello sin ningún efecto. Para el Gobierno, que la da por letra muerta, es ya sólo una “pieza de archivo”. Que ahí sigue, sin embargo.


La falda como símbolo

Para las francesas del siglo XXI, el pantalón es una prenda banal. Y los debates sobre la vigencia o abrogación de la ordenanza napoleónica que los prohibía a las mujeres tan sólo una curiosidad. Hace décadas que las mujeres francesas adquirieron –se tomaron– el derecho a vestirse libremente y a utilizar ropa antaño reservada a los hombres. En el año 2013, curiosamente, no es el pantalón lo que suscita problemas, sino la falda. Las chicas jóvenes que viven en los barrios de inmigración de las banlieues –donde cohabitan los prejuicios machistas más rancios con el oscurantismo religioso de nuevo cuño– son insultadas, acosadas o agredidas si osan adoptar una vestimenta demasiado femenina. Hoy, las feministas reivindican la falda como una prenda de resistencia frente a la necedad y la reacción.







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