¿Puede un ex presidente
imputado por un delito tan grave como el de corrupción –que en caso de
ser condenado le impediría asumir un cargo público–, y potencialmente implicado
en otra media docena de casos judiciales, tomar las riendas del primer partido
de la oposición? Nicolas Sarkozy, un hombre absolutamente persuadido de su
excepcional valía, y sus seguidores más exaltados no tienen la más mínima duda,
convencidos como están de que su campeón saltará limpiamente todos los
obstáculos que la justicia le ponga por el camino. No se trata, sin embargo, de
una opinión unánimemente compartida en su partido, la Unión por un Movimiento
Popular (UMP), donde las expresiones de solidaridad hacia su antiguo líder no
pueden haber sido más magras. Sus rivales aguardan en silencio a que la
acumulación de 'affaires' le deje fuera de combate,
mientras una parte de los cargos electos de la derecha se pregunta –cada vez
más abiertamente– si el retorno de Sarkozy sería un buen negocio.
“Algunos no quieren su retorno, ésa es una realidad”,
admitía ayer con franqueza la eurodiputada Nadine Morano, probablemente la más
furiosa 'hooligan' del sarkozysmo. El hasta hace poco
presidente de la UMP, Jean-François Copé, forzado a dimitir a causa del
escándalo de las facturas falsas de la sociedad Bygmalion –un caso que puede
salpicar también a Sarkozy, puesto que se trataba aparentemente de ocultar un
gasto superior al legalmente permitido en la campaña electoral del 2012–, hizo
un comentario parecido en Twiter: “Algunos le declaran su amistad y, mientras
tanto, trabajan para evitar su regreso”, dijo amargamente.
Los tiempos de la unanimidad en la UMP se han acabado. Los
tiempos del líder indiscutido y adorado, también. La imputación del
ex presidente de la República –la segunda, puesto que ya fue procesado y
posteriormente exculpado en el caso Bettencourt– no puede caerle en peor
momento, puesto que le debilita a pocos meses del congreso extraordinario del
partido del próximo otoño. Decidido a intentar de nuevo el asalto al Elíseo en
el 2017, Sarkozy busca la manera de ser proclamado candidato a la presidencia
de la República sin pasar por el enojoso –y hoy por hoy, arriesgado– trámite de
las primarias. Y con este fin sopesa la oportunidad de presentarse a la
elección para presidente de la UMP, cargo que será votado el 29 de noviembre.
Una manera de reeditar el golpe del 2005, cuando se hizo con el control del
partido como paso previo a ser designado candidato al Elíseo en el 2007.
Pero esta vez las cosas son mucho más difíciles. Ya no tiene
como oponente a un 'outsider' como Dominique de Villepin,
más solo que la una, sino a pesos pesados como Alain Juppé y François Fillon,
que aspiran esta vez a encabezar la candidatura al Elíseo y que apoyarán al
frente de la UMP a cualquiera que les deje el camino libre. El ex ministro Bruno
Le Maire y –en menor medida– Hervé Mariton, candidatos declarados a la
jefatura, garantizan a priori esta neutralidad. Hervé Mariton lo subrayó ayer:
“Si queremos recuperarnos, necesitamos un partido robusto, necesitamos un presidente
que no concurra a las primarias”, afirmó. Los cuatro tuvieron reacciones más
que tibias, gélidas, a la hora de valorar la situación de Sarkozy.
Los electores de la derecha no parecen tampoco muy
entusiasmados con el regreso del expresidente, cuya popularidad ha caído
considerablemente en los últimos meses. Dos recientes sondeos de BVA constatan
que Juppé (con un apoyo del 72%) es preferido por los simpatizantes de la UMP a
Sarkozy (61%), y que una mayoría (79%) quiere una “renovación profunda” del
partido.
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