sábado, 7 de junio de 2014

“Nos invitaron a hacer testamento”

El código para acceder al edificio señorial donde reside Hubert Faure, en el oeste de París, incluye cuatro cifras: 1944. Sin duda, un homenaje de sus vecinos. Porque hace setenta años, el entonces teniente Faure, alistado en el cuerpo de los comandos de marina británicos –los boinas verdes–, desembarcó en Normandía junto a otros 130.000 soldados norteamericanos, británicos y canadienses con el objetivo de poner fin a la ocupación alemana de Francia y acabar con el nazismo.

Hubert Faure (Neuvic-en-Dordogne, 1914), que cumplió cien años el pasado 28 de mayo, fue uno de los 177 integrantes del llamado Comando Kieffer –por el nombre de su fundador, el comandante Philippe Kieffer–, únicos representantes de la Francia Libre que participaron en el Día D. Ayer acudió, entre un millar de otros veteranos, a la conmemoración internacional celebrada en la playa de Ouistreham –donde él desembarcó– para recibir el homenaje de los dirigentes de los antiguos países beligerantes.

“Recuerdo perfectamente nuestra partida al atardecer del 5 de junio. Salimos de un pequeño puerto de pescadores de la isla de Wight. Ibamos en dos barcazas de transporte, yo estaba en la LCI 527. Estaba todo lleno de barcos, desde donde nos saludaban y vitoreaban al ver nuestras boinas verdes –rememora con la mirada viva de quien ha visto la muerte de cerca–. La travesía fue espectacular. Cuando nos acercamos a la costa francesa, el bombardeo de los acorazados era tan intenso que pensábamos que no encontraríamos ninguna resistencia”.

No hay lugar para el sentimiento en el relato de Hubert Faure. Ni para la emoción. No hay lugar para el miedo, la tristeza o el horror. Es un relato de acción. La acción: una especie de refugio donde huir de lo insoportable.

El teniente Faure fue de los pocos militares franceses que se unieron al general De Gaulle en Londres, proscrito por el régimen del mariscal Pétain. La rendición francesa frente a los alemanes en junio de 1940 le pilló en el valle del río Mosa, en el este de Francia, donde fue hecho prisionero. Sólo estuvo un mes preso, en Nancy, primero, y en Tulle, después: se evadió a la primera oportunidad y cruzó la línea de demarcación entre la zona ocupada y la Francia de Vichy para refugiarse en Dordogne, su región natal, donde se integró en la Organización de Resistencia del Ejército (ORA). La invasión alemana de la llamada Zona Libre, en noviembre de 1942, en respuesta al desembarco aliado en el norte de África, le forzó a huir de nuevo.

Faure y otros oficiales franceses se dirigieron hacia España, con el objetivo de ganar Portugal y, desde allí, alcanzar el Reino Unido. Las autoridades franquistas les interceptaron y les mantuvieron inicialmente internados en un hotel de Pamplona sin poder salir. “Cada dos días venía un policía español y nos sacaba a pasear”, recuerda. Después fueron trasladados a un campo de prisioneros en el balneario de Molinar de Carranza. Faure consiguió evadirse otra vez y si finalmente llegó a Portugal fue gracias a la ayuda de una granjera cerca de Villalpando (Zamora), que le protegió de un falangista amigo de la familia: “Le dijo que en su casa nadie pedía los papeles a un invitado”.

Una vez en Londres, Faure se apuntó voluntario a los comandos especiales. “El entrenamiento fue muy duro –rememora–, cada mañana teníamos que caminar 15 kilómetros, con el arma y un equipo de 30 kilos a la espalda, en menos de una hora”. El 25 de mayo de 1944, finalmente, alcanzaron la base de Titchfield, cerca de Southampton, donde quedaron internados en preparación del Día D. “Al llegar estaba aún todo abierto y esa noche salimos a tomar unas cervezas; cuando nos despertamos al día siguiente, estábamos rodeados por tres cordones de alambradas”.

Ese día, el comandante Kieffer les anunció que iban a participar en una importante operación –sin dar más detalles– y les advirtió que probablemente habría un 50% de bajas... “Nos invitó a hacer testamento, si queríamos, y nos dio la oportunidad de renunciar. Nadie lo hizo”, explica.

Organizados en dos grupos, los 177 hombres del Comando Kieffer debían desembarcar en Ouistreham –Sword beach–, atravesar 200 metros de playa y atacar el Casino de Riva Bella, con la misión de neutralizar los dos cañones y los nidos de ametralladoras apostados allí por los alemanes. “Desembarcamos a las 7.21. Nos disparaban desde todas partes, así que tuvimos que saltar al agua y nadar. Un obús cayó a nuestro lado, pero el agua amortiguó su efecto. Una vez en la playa generábamos pantallas de humo y aprovechábamos entonces esos segundos para avanzar –explica–. Yo perdí ese día a la mitad de mi sección”. Al finalizar la jornada, el grupo había perdido a 39 hombres, entre muertos (8) y heridos (31), Kieffer entre ellos.

Hubert Faure salió vivo, e indemne, de la cruenta batalla que se desarrolló en Normandía en las semanas siguientes. Sin embargo, un grave accidente de circulación cuando se encontraba en Bélgica, para preparar el desembarco de Walcheren, que daría paso en noviembre de 1944 a la batalla del estuario de L’Escault por el control del puerto de Amberes, le provocó una fractura de la columna vertebral que le obligó a guardar tres meses de convalecencia y le dejó secuelas.

Acabada la guerra, cambió el uniforme por el traje y la corbata. Ingeniero, se dedicó a construir puentes y embalses por el mundo. Pero esa es otra historia...


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