sábado, 5 de abril de 2014

La sonata de Matignon

“Los catalanes son más bien los prusianos de España, les gusta el orden”. La comparación, un tanto abusiva, la estableció hace un par de años Manuel Valls, harto de que le atribuyeran de forma automática e irreflexiva los supuestos rasgos ibéricos, mezcla de furia y de pasión. Un clavo quita otro clavo, una caricatura deshace otra caricatura. Sin embargo, la definición le caía a él mismo como anillo al dedo. Porque si hay un catalán prusiano, ése es el nuevo primer ministro francés. Ceño fruncido, mirada granítica, maxilares tensados, Valls es la férrea encarnación del orden y de la autoridad republicana.

Ha sido justamente su firmeza, su inflexible política en materia de seguridad e inmigración, así como sus insuperables dotes de comunicador y su desbordante ambición, lo que le ha convertido en sólo dos años en el miembro más popular del Gobierno socialista y le ha acabado conduciendo a Matignon. Las mismas cualidades que llevaron a Nicolas Sarkozy a intentar ficharle en el 2007. “Ven a trabajar conmigo. si no lo haces, cuando llegarás al poder tendrás 55 años...”, le dijo. Valls rechazó. Y ha acabado llegando un poco más pronto: tiene 51.

Hijo del pintor figurativo Xavier Valls (1923-2006) y de la suiza italiana Luisa Galfetti, el nuevo primer ministro francés nació en Barcelona el 13 de agosto de 1962 un poco por casualidad. Porque eran las vacaciones de verano y porque sus padres quisieron que viera la luz del Mediterráneo en su amado barrio de Horta.

La familia siempre ha mantenido un fuerte vínculo con la capital catalana. En la casa familiar de la calle Campoamor falleció el padre, hace poco más de siete años –de un cáncer fulminante–, y allí vive hoy su hermana menor, Giovanna. Pero En realidad, el matrimonio Valls residía ya en aquella época en París, adonde el pintor se trasladó siguiendo los pasos de su carrera artística (nada que ver con la leyenda del exiliado antifranquista que algunos medios pretenden alimentar). Nunca cultivaron la nostalgia.

Manuel Valls no reniega de sus raíces. Habla catalán, castellano e italiano. Y es un aficionado –ecléctico– al Barça, al flamenco y a los toros. Pero no le gusta que le definan a partir de sus orígenes. Porque él es y se siente, ante todo y sobre todo, francés, nacionalidad que adoptó por convicción en 1982. En el acto de traspaso de poderes con Jean-Marc Ayrault, el martes pasado, Manuel Valls se definió como “socialista, republicano y patriota”. Patriota francés, por supuesto.

A Valls le hubiera gustado que su padre, que siempre se opuso a su carrera política –y de quien siempre tiene un cuadro colgado en su despacho–, le viera hoy. El pequeño español a quien miraban por encima del hombro –“No hay que avergonzarse de tener un padre pintor”, le dijo una maestra en la escuela, suponiéndolo de brocha gorda– y que en 1981 no pudo votar a François Mitterrand por ser extranjero, ha llegado a lo más alto. O casi. Porque a lo que realmente aspira es a ser presidente de la República. “Si el alcalde de Neuilly lo ha sido –dijo en alusión a Sarkozy– ¿por qué no el alcalde de Evry (la ciudad de banlieue de la que fue alcalde durante once años)?”.

La política, Manuel Valls la lleva en la sangre desde que ingresara en el Partido Socialista (PS) con 17 años y se fraguara como sindicalista estudiantil en la Universidad de Tolbiac, donde estudió Historia. Allí encontró a sus dos amigos del alma, el publicista Stéphane Fouks y el criminólogo Alain Bauer. También a su primera esposa, Nathalie Soulié, con quien tuvo cuatro hijos –Benjamin, de 22 años, Ugo, de 20, y Alice y Joachim, ambos de 15–, antes de divorciarse años después.

Valls ha realizado una carrera de fondo desde que entrara en el PS seducido por las ideas de Michel Rocard, apóstol de la segunda izquierda, en 1980. Independiente, iconoclasta, antidogmático, situado a la derecha del espectro ideológico socialista, nunca ha tenido grandes apoyos en el seno del partido. Pero siempre ha sabido convertirse en un interlocutor imprescindible del líder del momento: Lionel Jospin en 1997, Ségolène Royal en el 2007, François Hollande en el 2012...

Pero en medio de todas estas fechas hay una fundamental en la historia personal del primer ministro francés: en el 2004, la violinista Anne Gravoin, un antiguo amor de juventud, reapareció en su vida. El reencuentro con su novia, de 48 años y madre de una chica de 20 –Juliette– de un primer matrimonio, fue un auténtico flechazo para ambos. “Estoy enamorado”, llegó a decir el púdico Manuel Valls en un programa de televisión. La pareja, que se casó en el 2010, comparte un gran apartamento cerca de la plaza de la Bastilla, en París, donde coinciden cuando sus apretadas agendas profesionales se lo permiten.

Anne Gravoin, miembro del Travelling Quartet, colaboradora de músicos de renombre como Johnny Hallyday y empresaria –posee una productora de eventos musicales–, es una violinista galardonada y reconocida. Y se ha convertido en el principal sostén del primer ministro. Pero no será primera dama ni se trasladará a vivir a Matignon. Prefiere seguir haciendo vibrar su violín. 



jueves, 3 de abril de 2014

El eterno retorno de Ségolène Royal

Ségolène Royal entró ayer con paso firme en la sede del Ministerio de la Ecología, en el bulevar Saint-Germain. A otra persona podrían haberle temblado las piernas. No a ella. Otro 2 de abril, de hace 22 años, asumió la misma cartera en el Gobierno de Pierre Bérégovoy, bajo la presidencia de François Mitterrand. Ségolène Royal viene de lejos, de muy lejos. Y nunca ha dejado de mirar hacia adelante. Su regreso a la primera línea política es algo más que un hecho de justicia o una revancha frente al destino. Es, sobre todo, una muestra de la madera de la que está hecha esta incombustible mujer de 60 años, que es mucho más que la ex compañera sentimental del presidente francés, François Hollande, y la madre de sus cuatro hijos.

Hija de un teniente coronel de artillería, Ségolène Royal –nacida en Dakar (Senegal) el 22 de septiembre de 1953– se ha construido siempre en contra del destino de ama de casa biencasada que su padre le había dibujado. Decidida a asegurarse la independencia económica, a ser la mejor, estudió Ciencias Económicas en la Universidad de Nancy, y posteriormente cursó estudios en Sciences Po y la Escuela Nacional de Administración (ENA), cuna de las élites del Estado.

Fue en la ENA, en su misma promoción (Voltaire), donde a finales de los años 70 conoció a François Hollande, con quien acabaría fundando una familia, pero también un equipo político. Juntos ingresaron en el Partido Socialista (PS), juntos se incorporaron en 1982 como consejeros al gabinete de François Mitterrand en el Elíseo, juntos estrenaron su acta de diputado en 1988...

Hasta que en 1992, la discreta Ségolène, siempre por detrás de su hombre, empezó a volar sola. Mitterrand la prefirió a ella, y no a Hollande, para incorporarla al Gobierno en 1992 como ministra de Ecología (hasta que en 1993 la victoria de la derecha la dejó temporalmente fuera). En 1997, en cambio, el triunfo de Lionel Jospin bajo la presidencia de Jacques Chirac –tercera cohabitación– le abrió de nuevo las puertas del Gabinete, como responsable de Enseñanza Escolar, primero, y de Familia, después. Mientras, Hollande asumía, por delegación, la mucho más ingrata primera secretaría del PS.

Las elecciones presidenciales del 2007 -después del terrible fracaso de Jospin en el 2002, eliminado por Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta–, debía ser la oportunidad de Hollande para intentar el asalto al Elíseo. Pero Ségolène Royal, que se había ganado una notoriedad arrebatando la región de Poitou-Charentes a la derecha en el 2004 –lo que le valió el sobrenombre de 'Zapatera', eran otros tiempos– tenía sus propias ambiciones. Pudo haberlas puesto en sordina, pero no lo hizo. ¿Lo hubiera hecho de no haber descubierto la relación adúltera que su compañero mantenía con la periodista de Paris Match Valérie Trierweiler? Quién sabe.

En cualquier caso, Ségolène Royal –convertida en la gran esperanza de la izquierda, gracias a su espíritu libre e independiente, a sus planteamientos iconoclastas– dejó en la cuneta a Hollande y derrotó en las primarias del PS a dos pesos del calibre de Dominique Strauss-Kahn y Laurent Fabius. Fué su último triunfo.

La candidata socialista, la musa de la nueva izquierda, logró 17 millones de votos, pero cayó derrotada frente a Nicolas Sarkozy. Royal decidió entonces romper con todo: se separó de Hollande y se dispuso a tomar el control del PS, ese partido que siempre la miró con desconfianza. La batalla, a finales del 2008, fue áspera, feroz, y acabó perdiéndola por un puñado de votos –en medio de graves acusaciones de fraude– frente a Martine Aubry.

Apartada pero no rendida, Ségolène Royal intentó optar de nuevo al Elíseo, pero en las primarias del 2011 acabó vencida y humillada con sólo el 7% de los votos. Fue su momento más amargo. Rematado por la traición sufrida en las legislativas del 2012 por un disidente socialista –apoyado por Valérie Trierweiler–, que le cerró las puertas de la Asamblea Nacional, donde aspiraba a ocupar la presidencia. Refugiada en su feudo de Poitou-Charentes, ha tenido que esperar a la marcha de su antigua rival sentimental para regresar al centro del escenario. Una vez más.



Hollande ata corto a Valls

François Hollande ha confiado la dirección del Gobierno francés a Manuel Valls. Su último recurso para intentar levantar cabeza tras la debacle socialista en las elecciones municipales. Pero en absoluto la solución que hubiera deseado. Demasiado libre, demasiado ambicioso. Así que ha decidido atarle corto. La composición del nuevo Gabinete, un equipo más reducido –16 ministros–, paritario entre hombres y mujeres, y equilibrado entre las diferentes almas del Partido Socialista (PS), muestra hasta qué punto el presidente francés quiere mantener el control: los 'hollandistas' ocupan algunos de los puestos clave, sin que Valls haya podido, en cambio, colocar a nadie suyo.

Michel Sapin, en Presupuesto y Finanzas; Jean-Yves Le Drian, en Defensa; François Rebsamen, en Trabajo; Stéphane Le Foll –que mantiene su cartera de Agricultura–, como nuevo portavoz del Gobierno... Todos ellos son 'hollandistas' de primera hora, amigos personales desde hace muchos años del presidente francés, de una lealtad a toda prueba.

Por el otro lado, el intento de Valls de colocar en Interior a alguien de su confianza, Jean-Jacques Urvoas –diputado y presidente de la Comisión de las Leyes–, chocó con el veto del presidente, que forzó una solución intermedia: Bernard Cazeneuve, hasta ahora ministro del Presupuesto, un hombre que si es de alguien es de Laurent Fabius. Propiamente 'vallsista', en el nuevo Gobierno, no hay pues nadie...

El nuevo Gobierno, en realidad, tiene poco de nuevo. Es más reducido –16 ministros, frente a los 38 del anterior–, lo cual ha precipitado la salida de algunas figuras, como Pierre Moscovici (Economía) o Vincent Peillon (Educación), y obligará a otras –como Fleur Pellerin, exministra delegada–, a regresar por la puerta pequeña como secretaria de Estado. Pero la mayoría de sus miembros, algunos con una nueva responsabilidad, ya se sentaban cada miércoles en el Salón Murat del palacio del Elíseo. Sólo hay dos cara nuevas: el ya citado François Rebsamen, reelegido alcalde de Dijon y como tal uno de los pocos que se ha salvado de la quema en las elecciones locales. Y, por encima de todo, Ségolène Royal. La malograda candidata socialista al Elíseo en el 2007 frente a Nicolas Sarkozy, acantonada en la presidencia de la región Poitou-Charentes, era la única figura de peso de la izquierda que había quedado al margen del nuevo poder socialista inaugurado por la elección de François Hollande como presidente de la República en el 2012. Ahora regresa por todo lo alto a la primera línea política como superministra de Ecología, Desarrollo Sostenible y Energía, una de las carteras que tendrá más peso en la segunda parte del quinquenato, en la que Hollande quiere impulsar la transición energética.

El regreso de Ségolène Royal, excompañera sentimental del presidente francés –del que se separó en el 2007– y madre de sus cuatro hijos, era cosa hecha desde principios de año, cuando saltó el único obstáculo que impedía su regreso: la segunda mujer del presidente, Valérie Trierweiler, que había vetado personalmente a su antigua rival. La ruptura de la pareja presidencial el pasado mes de enero, tras conocerse la relación amorosa de Hollande con la actriz Julie Gayet, le despejó definitivamente el camino para acceder al Gobierno.

Del mismo modo que la sorprendente negativa de Europa Ecología-Los Verdes a seguir en el Gabinete, donde el nuevo primer ministro les había propuesto justamente el ministerio de Ecología, le ha abierto las puertas a lo grande. Royal figura como número tres del Gabinete, detrás de Manuel Valls y del ministro d Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, que mantiene el puesto.

La decisión de la dirección de Los Verdes de salir del Gobierno, a causa de sus desacuerdos con la línea política de Valls –quien sin embargo les había ofrecido mucho más de lo que tenían–, es lo más parecido a un suicidio político. Y ha abierto ya una profunda fractura en el partido, toda vez que la mayor parte de los parlamentarios ecologistas eran favorables a seguir en el Ejecutivo. Uno de ellos, François-Michel Lambert, no encontraba explicación a semejante decisión: “Esto no tiene que ver con la política, sino con la psiquiatría”, dijo.

Otra gran sorpresa es la continuidad en Justicia de Christiane Taubira –que había protagonizado serios desencuentros con Valls cuando éste estaba en Interior, sobre todo en la reforma penal– y, por encima de todo, el nombramiento de Arnaud Montebourg, hasta ahora responsable de la cartera de Regeneración Industrial, como ministro de Economía e Industria. Esta promoción tranquilizará sin duda al ala izquierda del PS como inquietará en Bruselas y Berlín, pues si por algo se ha destacado Montebourg, apóstol de la “desmundialización”, es por sus aceradas críticas a la Comisión Europea y a la política de austeridad presupuestaria dictada por Alemania. 



miércoles, 2 de abril de 2014

Valls choca con la izquierda

Manuel Valls ha empezado tropezando con la izquierda. Apenas designado primer ministro por el presidente francés, François Hollande, el catalán tiene que enfrentarse ya con un amago de revuelta protagonizado por el ala izquierda del Partido Socialista (PS), el descuelgue de sus aliados hasta ahora en el Gobierno –los ecologistas– y la franca confrontación del Frente de Izquierda –la alianza del Partido Comunista (PCF) y el Partido de Izquierda de Jean-Luc Mélenchon–, de quienes depende la mayoría gubernamental en el Senado. Situado ideológicamente a la derecha en el seno del PS, donde es calificado de “social-liberal” –cuando no de “sarkozysta de izquierdas”–, el perfil de Manuel Valls estaba llamado a provocar la irritación de quienes la misma noche del domingo, tras conocerse el cataclismo de la segunda vuelta de las elecciones municipales para el PS, salieron a reclamar a Hollande un giro a la izquierda.

“La respuesta que hacía falta no era un giro a la derecha”, se quejó ayer el ex ministro Henri Emmanuelli, una de las principales figuras del ala izquierda del partido, quien amenazó con no dar su voto de confianza al nuevo Gobierno. Otros miembros de esta corriente expresaron asimismo su descontento, como el diputado Emmanuel Maurel, que calificó la designación de Valls de “extraña y sorprendente”, o el parlamentario Jérôme Guedj, quien señaló que la línea política del nuevo jefe del Gobierno “es la que más se aleja de la que nosotros deseamos”. El exalcalde de París, Bertrand Delanoë –que en algún momento sonó como posible primer ministro–, se apresuró asimismo a expresar su deseo de permanecer al margen del nuevo Ejecutivo.

Minoritario en el PS y aún entre el electorado socialista –en las primarias para las presidenciales del 2012 sólo obtuvo el 6% de los votos–, Manuel Valls sabe que tiene pocos asideros entre sus camaradas. De ahí que en los últimos meses haya buscado la alianza de algunos de sus compañeros de Gobierno más a la izquierda, como Arnaud Montebourg o Benoît Hamon. Según como queden ambos situados en el nuevo Gabinete, Valls podría conseguir aligerar la presión interna.

El problema más grave se ha suscitado con los ecologistas. Después de que los dos únicos ministros de Europa Ecología-Los Verdes, Cécile Duflot (Vivienda) y Pascal Canfin (Desarrollo), anunciaran el mismo lunes que abandonaban el Gobierno en desacuerdo con su nombramiento, el buró de EE-LV decidió a última hora no incorporarse al nuevo gabinete. Valls se reunió por la mañana en la sede del Ministerio del Interior –antes aún del traspaso de poderes– con la secretaria nacional de EE-LV, Emmanuelle Cosse, y los líderes parlamentarios de los ecologistas, François de Rugy y Jean-Vincent Placé, para tratar de retenerlos.

La mayor parte de los parlamentarios Verdes estaba por seguir en el Ejecutivo. Pero el burço decidió en sentido contrario y amenazó con la expulsión a quienes se dejena quienes se dejen tentar por una cartera. Los ecologistas, que hasta ahora habían tenido grandes dificultades para imponer su programa medioambiental, no comulgan con Valls.

El tercer frente es, en fin, el Frente de Izquierdas, que ha avanzado ya que no dará su voto de confianza al nuevo Gobierno y ha convocado para el 12 de abril una primera manifestación contra el Ejecutivo de Manuel Valls. “Hollande no ha comprendido absolutamente nada”, zanjó Jean-Luc Mélenchon. Y el secretario nacional del PCF, Pierre Laurent, remachó irónico: “El presidente de la República sólo oye por la oreja derecha”.

Hollande ha desoído, en efecto, todas las peticiones de un giro a la izquierda. Y no sólo por nombrar a Valls al frente del Gobierno –una decisión que sabía conflictiva y que trató de evitar, antes de rendirse a ella–, sino porque su intención, como reiteró en su alocución televisiva a los franceses el lunes, es mantener el rumbo de su política económica. Con algunos gestos dirigidos a apaciguar a su electorado, como la rebaja de impuestos a las familias y de las cotizaciones sociales a los asalariados, pero sin modificar una coma de su hoja de ruta: refuerzo de la competitividad de las empresas –vía una disminución de las cargas sociales– y saneamiento de las finanzas públicas, con una reducción del gasto público de al menos 50.000 millones de euros entre los años 2015 y 2017. Los nuevos regalos anunciados encarecerán la cuenta.

Manuel Valls, en el acto de traspaso de poderes con el jefe de Gobierno saliente, Jean-Marc Ayrault, insistió en estos objetivos. El nuevo primer ministro se comprometió a “prolongar y ampliar” el trabajo realizado hasta ahora en este terreno, y a ir “más rápido y más lejos”, aunque respondiendo a la vez a la “demanda de justicia social” expresada por los electores. El camino para avanzar es estrecho. Y por si alguien lo había olvidado, el presidente del Eurogrupo, el neerlandés Jeroen Dijsselbloem, recordó ayer que Francia debe “mantener los objetivos presupuestarios y trabajar en las reformas”.

Ayrault no se había apartado de este camino. Pero alguien tenía que pagar por la derrota de las municipales. “He conducido la política del Gobierno conforme a las orientaciones del presidente”, subrayó a modo de reproche antes de coger un TGV hacia su ciudad, Nantes.


Ideas para la polémica

“Ponme algunos blancs, algunos whites, algunos blancos...”, dice a su consejero Christian Gravel, para añadir variedad al mercado municipal de Evry, ante la televisión en el 2009.

“Sí, el IVA social es una medida de izquierda”, dice después de proponer subir el IVA. Octubre del 2011 en el diario Les Échos.

“Mi objetivo principal es promover una modernización radical de la ideología del Partido Socialista, para el que podríamos encontrar un nombre mejor”.

“Sí, deberemos desbloquear la jornada laboral de 35 horas” (durante las primarias socialistas del 2011 frente a Martine Aubry, que impulsó esa ley)

“Los roms tienen vocación de volver a su país y de integrarse allí. Estas poblaciones tienen modos de vida diferentes a los nuestros.


Ségolène Royal llama a la puerta

Fue la musa de la izquierda en el 2007, la rival de Nicolas Sarkozy en unas elecciones presidenciales que despertaron como pocas la ilusión y las esperanzas de cambio de los electores. La entonces candidata socialista perdió, pero obtuvo 17 millones de votos. Todo un bagaje. Siete años después, apartada en la presidencia de la región de Poitou-Charentes, la ex compañera sentimental de François Hollande –y madre de sus cuatro hijos– estaría a punto de regresar a la política nacional como ministra. Su entrada en el Gobierno de Manuel Valls, quien fuera su lugarteniente, se da por hecha en algún ministerio importante, como Educación. Tanto más cuanto que el principal impedimento, Valérie Trierweiler, ha desaparecido. El nuevo primer ministro y el presidente francés ultimaban anoche la lista del nuevo Gabinete, donde se da por segura la continuidad de Laurent Fabius (Exteriores) y Jean-Yves Le Drian (Defensa). El hollandista François Rebsamen podría ir al Ministerio del Interior.



martes, 1 de abril de 2014

Un francés de Barcelona

Uno es de donde ha nacido, pero sobre todo de donde se ha hecho. Y de donde uno quiere ser. Manuel Valls, el nuevo jefe del Gobierno francés, es catalán y español de nacimiento –en su caso, algo absolutamente compatible–, pero es fundamentalmente francés, nacionalidad que adoptó en 1982, a los veinte años, por convicción. Su formación, sus maneras, su visión del mundo, son totalmente francesas, por más que a este lado de los Pirineos les guste buscar en él los rasgos del carácter ibérico: la pasión, la furia...
El azar de la política ha querido que su nombramiento como primer ministro se haya producido apenas veinticuatro horas después de que otra española –en este caso, gaditana–, Anne Hidalgo, se convirtiera en la primera mujer elegida alcaldesa de París.

Si el padre de Anne Hidalgo, electricista, emigró a Francia en busca de trabajo, el del nuevo primer ministro –el pintor figurativo Xavier Valls (1923-2006)– lo hizo imantado por la fuerza artística y cultural de París. Los franceses de aquella época sólo veían a los españoles como pobres de solemnidad, así que Manuel Valls tuvo que oirse decir en la escuela: “No hay que tener vergüenza de tener un padre pintor”. De brocha gorda, se entiende.

Xavier Valls y su mujer, Luisa Galfetti, vivían ya en París cuando nació su hijo Manuel, el 13 de agosto de 1962. Pero ambos quisieron que viera la luz en Barcelona, la ciudad de su padre, y en su barrio: Horta. A lo largo de los años, el hoy primer ministro se ha preocupado por mantener su vínculo con la capital catalana, donde murió su padre y donde vive su hermana, Giovanna.

Manuel Valls tenía sólo 17 años cuando ingresó como militante en el Partido Socialista (PS), donde se identificó con los postulados de renovación socialdemócrata del que sería primer ministro Michel Rocard, líder de la llamada segunda izquierda. Valls puede haber cambiado de alianzas a lo largo de los años, pero nunca ha traicionado sus ideas. En 1985, por ejemplo, abandonó la Liga de los Derechos del Hombre (LDH) después de que esta organización se opusiera a la extradición de miembros de ETA a España. Valls creía que había que combatir el terrorismo mucho antes de asumir el mando en la plaza de Beauvau. Sus ideas en materia de seguridad e inmigración, que tanta urticaria provocan en algunos sectores del PS, condujeron en el 2007 a Nicolas Sarkozy a intentar ficharle...

Su primer contacto con el poder se produjo en 1997, cuando el recién elegido primer ministro,Lionel Jospin, se lo llevó como portavoz a Matignon. Y su carrera política se vio definitivamente lanzada en el 2001, cuando fue elegido alcalde de Evry, una ciudad de 50.000 habitantes de la banlieue sur de París, donde reinó ininterrumpidamente hasta el 2012, cuando se retiró para incorporarse al Gobierno tras la victoria de François Hollande.

Anclado claramente a la derecha en el espectro ideológico del PS, Manuel Valls siempre ha sido una rara avis, un francotirador sin apenas tropas o seguidores. Pero, ambicioso y hábil, siempre ha sabido encontrar los aliados adecuados en el momento oportuno. Cara a las elecciones presidenciales del 2007, Valls se alineó con Ségolène Royal, de la que llegó a ser su portavoz de campaña y, después, en 2008, su principal lugarteniente en el intento de tomar el mando del partido. Cara al 2012, y una vez electrocutado su candidato inicial –Dominique Strauss-Kahn–, Manuel Valls se presentó a las elecciones primarias del PS, donde obtuvo solamente el 6% de los votos.

En la segunda vuelta, aportó su apoyo a Hollande, que pronto lo incorporó a su equipo y le nombró director de comunicación de su campaña. El vínculo entre los dos hombres no hizo más que estrecharse, ayudado por la amistad paralela que su mujer, la violinista Anne Gravoin, con quien está casado en segundas nupcias –Valls tiene cuatro hijos de un matrimonio anterior–, entabló con Valérie Trierweiler...

Tras la victoria de mayo del 2012, Valls se aupó de forma natural al Ministerio del Interior, convirtiéndose en el miembro más popular del Ejecutivo. Ambicioso, su objetivo es ser algún día presidente de la República. Nunca lo ha escondido.



El último recurso de Hollande

Era su mejor hombre, su mejor arma. Y François Hollande se ha resuelto finalmente a utilizarla. Duramente sancionado por los franceses en las elecciones municipales, donde los socialistas han sido literalmente barridos por la derecha, el presidente francés se dirigió anoche al país por televisión para asegurar que había entendido el mensaje y anunciar el nombramiento de Manuel Valls, de 51 años, como nuevo primer ministro. El hasta ahora ministro del Interior, con diferencia el miembro más popular del Gabinete, es el primer español en ser designado jefe del Gobierno en Francia. El domingo fue otra española, Anne Hidalgo, la primera en ser elegida alcaldesa de París. Un catalán y una andaluza promovidos a los máximos centros de poder de la República... algo jamás visto que los analistas destacaban ayer como una muestra del modelo republicano de integración y promoción social.

El nombramiento de Valls, exponente del ala derecha del Partido Socialista (PS), es una apuesta arriesgada. De hecho, no era la primera elección de François Hollande. El presidente, consciente de que el PS se arriesga a recibir un nuevo revolcón electoral en las europeas del mes de mayo, valoró inicialmente la posibilidad de mantener en Matignon a Jean-Marc Ayrault, un hombre de su entera confianza y probada lealtad. Pero la amplitud de la derrota en la segunda vuelta de las municipales lo hizo imposible. Ayer aún, Hollande intentó una salida intermedia –su especialidad– y le propuso el cargo a su amigo Yves Le Drian, ministro de Defensa, que declinó la oferta. La opción de Valls acabó imponiéndosele casi a su pesar...

Natural de Barcelona, el catalán es una figura controvertida y potencialmente conflictiva. no sólo –que también– porque su ambición política puede acabar chocando inevitablemente con la del presidente, sino sobre todo porque es el representante de una línea política que levanta ampollas en el PS –¡del que llegó a proponer cambiar el nombre y suprimir el adjetivo “socialista”!–, los ecologistas y la izquierda en general. El líder del Partido de Izquierda, Jean-Luc Mélenchon, se dijo “muy triste por (su) país” por el nombramiento de Valls...

La primera consecuencia pudo verse ayer mismo. Los dos ministros de Europa Ecología-Los Verdes, Cécile Duflot (Vivienda) y Pascal Canfin (Desarrollo), anunciaron su decisión “personal” de abandonar el Gobierno en protesta por la designación de Valls, a quien no soportan. Duflot, que se enfrentó duramente con él a causa del caso Leonarda –la niña gitana rom expulsada de Francia con su familia–, y Valls ya ni siquiera se hablaban. Si los ecologistas continúan o no, en tanto que partido, en el Ejecutivo se verá en las próximas horas.

En su alocución televisiva, de ocho minutos, Hollande habló de abrir una “nueva etapa”, pero a la vez se mostró determinado a mantener el rumbo. “La recuperación de Francia es indispensable”, afirmó. El presidente fijó los tres objetivos prioritarios del nuevo Ejecutivo, que calificó de “Gobierno de combate”: la recuperación económica, que centró en su llamado Pacto de Responsabilidad –que prevé rebajar las cargas sociales de las empresas para favorecer su competitividad–; la transición energética, y la justicia social, a través de un nuevo Pacto de Solidaridad que salvaguarde la educación, la Seguridad Social –particularmente la salud– y el poder adquisitivo.

La principal novedad, el único gesto enviado a los electores de izquierda –“No olvido quién me ha elegido”, dijo–, fue el anuncio de una rebaja de impuestos a las familias y de las cotizaciones sociales a los asalariados... Claro que ello comportará necesariamente un recorte proporcional del gasto público en otros capítulos, puesto que Hollande sigue comprometido con el objetivo de reducir el déficit de acuerdo con el ritmo pactado con Bruselas. Con este fin, el presidente anunció en enero unos recortes de 50.000 millones de euros en tres años que aún no ha concretado. De momento, no va por buen camino: el déficit, según se supo ayer, alcanzó en el 2013 el 4,3%, por encima del 4,1% previsto.






Tregua forzosa en la derecha francesa

En vísperas de las elecciones municipales francesas, Jean-François Copé, el impopular y contestado presidente de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), era un hombre políticamente acosado. Sus rivales en el interior del partido, que no son pocos –la mayoría, agrupados en torno al exprimer ministro François Fillon–, se frotaban las manos en silencio ante la apertura de una información judicial, por parte de la fiscalía, sobre el supuesto desvío de fondos internos de la UMP en beneficio de la empresa de unos amigos suyos... Copé se dijo víctima de una campaña “inmunda” para desestabilizarle y señaló como responsable al semanario Le Point, cuyo editorialista, Franz-Olivier Giesbert, no le ha ahorrado las críticas más sangrantes. Pero en realidad pensabe en sus enemigos internos.

A la vista de la feroz guerra fratricida que ambos bandos protagonizaron en diciembre del 2012 durante la elección a la presidencia del partido –que Copé se llevó de forma precaria y entre duras acusaciones de fraude–, es fácil imaginar lo que habría pasado a partir del domingo por la noche si la derecha hubiera fracasado en la segunda vuelta de las municipales. Pero es justamente lo inverso lo que se ha producido.

Exultante, el domingo por la noche, Jean-François Copé celebró que la UMP volvía a ser “el primer partido de Francia”, algo que sin dudar atribuyó al trabajo de “reconstrucción” interna realizado por la dirección bajo su mando y a la “línea estratégica” adoptada. Naturalmente, Copé se ha beneficiado directamente del enorme voto de castigo de los franceses al presidente François Hollande –víctima de una abstención masiva de los electores socialistas–, pero como cabía esperar esta circunstancia fue silenciada por el presidente de la UMP. “Yo había fijado como objetivo obtener más del 50% de las ciudades de más de 9.000 habitantes y hemos conseguido el 62%, es un resultado histórico”, declaró ayer exultante en radio RTL.

Histórico lo es, en efecto. La UMP es hoy el gran partido municipal de Francia, título que ha arrebatado al Partido Socialista (PS) inflingiéndole una derrota inédita. La derecha y sus aliados han conseguido en estas elecciones municipales sustraer a la izquierda el gobierno municipal de más de 150 ciudades, entre ellas una decena de urbes de más de 100.000 habitantes: Toulose, Saint-Etienne, Angers, Reims, Caen, Tours, Limoges... Este último caso es especialmente duro, pues la ciudad estaba en manos de la izquierda desde 1912...

Los adversarios de Copé en la UMP no se engañan sobre las causas reales de tan espectacular triunfo. Y algunas voces han empezado ya a salir para advertir de que caer en el triunfalismo es la manera más segura de fracasar. En voz baja, quienes sueñan con desalojarle del liderazgo de la derecha admiten que, hoy por hoy, es más difícil atacarle.

El nuevo mapa del poder local es esencialmente azul, Y ello traerá consecuencias en cascada. De entrada, en los numerosos organismos que agrupan a los municipios de las grandes urbes. Los socialistas, por ejemplo, han ganado en la capital en Lyon y Lille, pero podrían perder el control de las respectivas conurbaciones.

A medio plazo, la debacle del domingo podría poner en peligro la mayoría absoluta de la izquierda en el Senado, donde dispone de 178 sobre 348 escaños, sólo tres por encima de lo necesario. Ahora bien, el próximo mes de septiembre está previsto renovare algo más de la mitad de la cámara alta cuyo sistema de elección es indirecto: los senadores son elegidos por un colegio electoral integrado por diputados y consejeros locales y regionales.