miércoles, 15 de mayo de 2013

La OCDE alerta de la desigualdad y la pobresa


La crisis ha acentuado –está acentuando– las desigualdades de renta entre ricos y pobres en los países más desarrollados del planeta, mientras aumentan los niveles de pobreza, sobre todo entre jóvenes y niños. Así lo constata la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en un informe hecho público hoy. Los datos comparan la evolución de la renta disponible entre el 2007 y el 2010, por lo que –subrayan los autores del estudio– se trata sólo del “principio” del problema. En la medida en que la crisis persiste –con algunos países en recesión– y que cada vez hay más parados que pierden la prestación de desempleo, la situación no puede sino empeorar.

“Las desigualdades de renta han crecido más en los tres primeros años de la crisis que en los 12 años anteriores”, remarca el informe de la OCDE, aunque esta progresión –añade– ha sido suavizada en la práctica por las políticas fiscales y las transferencias sociales. Con todo, una vez sumados estos factores correctores, el 10% de la población más rica en los 33 países de la OCDE ganó en el 2010 hasta 9,5 veces más que el 10% más pobre, cuando en el 2007 era 9 veces.

“Estos datos preocupantes subrayan la necesidad de proteger a los más vulnerables de la sociedad, especialmente cuando los gobiernos prosiguen la necesaria tarea de controlar el gasto público”, declaró el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría. Los recortes sociales –alerta el informe– “amenazan con profundizar la desigualdad y la pobreza en los próximos años”.

Los niveles de pobreza han aumentado ya a causa de la crisis. En el 2010, según el estudio, la pobreza –entendida como tal una renta inferior el 50% de la renta media disponible– afectaba ya al 11% de la población de la OCDE. Esta progresión ha sido particularmente acusada entre los niños (que ha pasado en tres años del 13% a 14%) y los jóvenes (del 12% al 14%), mientras que la incidencia de la pobreza entre la gente mayor –más protegida por los gobiernos– ha bajado del 15% al 12%.

España, donde la crisis ha sido particularmente grave y donde el paro alcanza unos niveles extremadamente elevados, aparece en el informe de la OCDE más bien mal colocada. España es, por ejemplo, uno de los países donde la renta global ha caído de forma más acusada (un 6%), donde las desigualdades han crecido más (2,5 puntos, frente a 1,3 de media) y donde la pobreza alcanza a más familias (un 15%), aunque por detrás en esta caso de Japón y Estados Unidos. Único consuelo, España aparece como uno de los países donde las transferencias fiscales y sociales son más altas.



martes, 14 de mayo de 2013

Diecinueve años para la tercera


París vivió ayer una jornada como no vivía desde hace diecinueve años, los mismos que el Paris Saint-Germain (PSG) ha tardado en conseguir su tercera victoria en la Liga de fútbol francesa. Sólo en otras dos ocasiones, en 1986 y 1994, había logrado hacerse con el título. Magro palmarés que explica el entusiasmo desbordante de los miles y miles de hinchas y seguidores parisinos que se concentraron ayer en la plaza de Trocadéro –con la torre Eiffel como telón de fondo– y en los puentes y las riberas del Sena, por donde el equipo azul y rojo paseó orgulloso su victoria. Algunos grupos de hinchas desbordaron a las fuerzas policiales, se encaramaron peligrosamente a andamios y provocaron incidentes. Los disturbios se saldaron con 30 heridos y una veintena de detenidos.

La resurrección del PSG, que hace tan sólo cinco años estuvo a un paso de descender a segunda división, tiene el color del dinero. De los petrodólares, para ser más exactos. El cambio de tendencia llegó en el 2011 con la entrada en el capital del club de Qatar Sport Investments (QSI), que se hizo con el 100% de la propiedad al año siguiente. En dos años, los qataríes han dado la vuelta a la tortilla y han devuelto al Paris Saint-Germain la ambición perdida.

Nada que ver con el trabajo paciente y perserverante del Barça con su cantera, el nuevo PSG, campeón de Liga y cuartofinalista en la Champions esta temporada, se ha construido a base de talonario y fichajes estelares: Thiago Silva, David Beckham y –sobre todo– el ex barcelonista Zlatan Ibrahimovic, quien con 27 goles en 32 partidos se ha convertido en el alma del equipo. “Esto es el comienzo de la nueva historia del PSG”, declaró a L’Équipe el presidente del club y de QSI, el qatarí Nasser Al Khelafi.

El director deportivo del club, Leonardo –quien la noche del doming mantuvo un altercado en los vestuarios con Ibrahimovic–, tuvo que ser hospitalizado ayer por un problema de tensión.

Para proseguir esta trayectoria, los dirigentes del PSG piensan ya en nuevos fichajes –el madridista Cristiano Ronaldo está en su punto de mira– y, sobre todo, en amarrar la continuidad de su entrenador, el italiano Carlo Ancelotti, que mantiene la duda sobre su futuro en la capital francesa. Al Khelafi aseguró ayer haber pedido personalmente al director general del Real Madrid, José Ángel Sánchez, de respetar el contrato del entrenador, a quien le queda todavía una temporada más. Pero Ancelotti, molesto con la forma en que fue tratado por la dirección cuando el PSG pasó un bache en diciembre. acaricia la idea de marcharse.



lunes, 6 de mayo de 2013

Todo contra Hollande


François Hollande tiene todo y a todos en contra. O casi. Es una rara unanimidad. Los empresarios, los obreros, los católicos, los maestros, los sindicalistas, los conservadores, los progresistas... Todos están descontentos y lo expresan cada vez con más ruido, cada vez más en la calle, Un año después de su victoria electoral sobre Nicolas Sarkozy, el 6 de mayo del 2012, la sociedad francesa ha dado la espalda al presidente francés, que cuenta con muy escasos apoyos y ha conseguido suscitar el disgusto y la decepción en todos los frentes, así a su derecha como a su izquierda. Sólo uno de cada cuatro franceses tiene todavía confianza en él. Ningún otro presidente en toda la historia de la V República había sido tan impopular tan sólo doce meses después de haber sido elegido.

Hollande asegura saber adónde va, pero el país lo ignora, lo que no hace sino acrecentar la angustia y la incertidumbre. La hoja de ruta aparece borrosa y los resultados, hasta ahora, son decepcionantes. Al borde de la recesión y con un paro descontrolado, con una clase política lastrada por los casos de corrupción, Francia bulle de agitación, las posturas se radicalizan y los extremos –particularmente la ultraderecha– prosperan a caballo de un populismo desbocado. Si hoy se repitieran las elecciones presidenciales, Marine Le Pen tendría grandes posibilidades de tumbar al candidato socialista en la primera vuelta... Como en el 2002.

“Hollande es ampliamente minoritario en todas las franjas de edad, en todos los medios sociales y en todos los electorados salvo el socialista”, constata el director del Centro de investigaciones políticas de Sciences Po (Cevipof), Pascal Perrineau, para quien esta vertiginosa caída de popularidad no tiene parangón.

Algunos juicios son enormemente severos con Hollande, como el del economista Nicolas Baverez, quien considera que el presidente está totalmente sobrepasado por los acontecimientos y desconectado de la realidad. “Jamás debería haber accedido a la presidencia de la República sin la locura combinada de un psicópata del sexo. Dominique Strauss-Kahn, y de un egocéntrico paralizado por la negación de su impopularidad, Nicolas Sarkozy”, escribía recientemente en Le Point.

Otros –pocos– son más benevolentes. Así, Jean-Marie Colombani, que fuera director de Le Monde, en cuya opinión la política de Hollande mira a largo plazo y no puede arrojar resultados inmediatos. Sus dificultades actuales son, a su juicio, “consecuencia directa de su coraje político”.

Con 3,2 millones de desempleados absolutos (un 10,7% de la población activa), que se elevan a cinco millones si se cuentan quienes trabajan menos horas de lo que desearían, el paro ha roto en Francia su techo histórico. Y es aquí donde reside el principal problema del país. Y la principal pesadilla de Hollande. El presidente francés, confiado en unas previsiones económicas que se revelaron pronto extremadamente optimistas, había prometido la recuperación económica y una inversión de la curva del paro este mismo año. La realidad, sin embargo, ha sido mucho más cruel y nada indica que tales promesas puedan cumplirse no ya en el 2013, sino ni siquiera en el 2014. La economía francesa está casi sin pulso y mucho hará si consigue evitar caer en la recesión.

Ante semejante situación, las viejas recetas ya no sirven. Con una deuda que alcanzará este año el 93,6% del PIB y un déficit previsto del 3,7% –por encima del 3% comprometido–, el Estado francés no tiene los medios para llevar a cabo una política de relanzamiento ni intervenir en la economía como en el pasado. Ni siquiera para salvar los altos hornos de Florange, una de las promesas rotas de Hollande que más cara le ha costado en términos de imagen entre los trabajadores.

La política del presidente –tímida para unos, excesiva para otros– busca relanzar la actividad a base de estimular la producción privada dando facilidades a las empresas. Varias medidas aprobadas por su Gobierno –el Pacto de Competitividad, la reforma laboral– van en este sentido. Los empresarios le aplaudirían si ello no se hubiera visto acompañado por un notable aumento de los impuestos. Determinado a sanear las finanzas del Estado, Hollande ha ajustado hasta ahora las cuentas públicas a base de aumentar la presión fiscal, pero los recortes del gasto van a empezar a producirse a partir del 2014 en casi todos los ámbitos. Las ayudas a la familia y las pensiones están ya en el punto de mira.

Para la izquierda radical y comunista –e incluso para una parte del Partido Socialista– esta política choca frontalmente con lo que debería ser una política de izquierdas. Y la contestación ha empezado a convertirse ya en una oposición beligerante.

De poco le ha servido a Hollande el guiño hecho al electorado progresista con la aprobación del matrimonio homosexual, otra de sus compromisos electorales. La reforma no sólo no ha tenido ninguna incidencia en su popularidad, sino que ha provocado además una profunda división en el país y ha favorecido la emergencia de un gran movimiento de protesta al margen de los partidos cuyos efectos políticos futuros son todavía un misterio.


El seísmo Cahuzac

La República ejemplar proclamada por Hollande sufrió un golpe terrible con la confesión del exministro del Presupuesto, Jérôme Cahuzac, de que había defraudado al fisco al ocultar una cuenta bancaria en Suiza. El efecto negativo ha trascendido, sin embargo, a los socialistas y ha alcanzado a toda la clase política.




La decepción europea


"La ausencia de una iniciativa fuerte por parte de Francia nos apena y nos duele. Habíamos puesto muchas esperanzas en François Hollande...”. La constatación –casi un lamento– realizada por el presidente de la Autoridad griega de los Mercados Financieros, Kostas Botopoulos, al semanario Le Nouvel Observateur lo dice todo. La queja podrían suscribirla igualmente los españoles, los portugueses o los italianos...

La elección de Hollande como presidente de la República, hace un año, suscitó grandes esperanzas en la Europa del Sur, la más castigada por la férrea política de austeridad impuesta al alimón por la canciller alemana, Angela Merkel, y el anterior inquilino del Elíseo, Nicolas Sarkozy. El nuevo presidente prometió acabar con el imperio de Merkozy –lo que ha cumplido– y forzar un viraje en la política europea. Lo cual no se ha producido.

Merkozy era un monstruo con dos cabezas. La primera, la más evidente y antipática, era la del diktat franco-alemán: los dos padres fundadores de la Europa unida, las dos grandes potencias continentales, imponiendo a todos los demás lo que había que hacer, cómo y cúando. La segunda cabeza, menos visible, escondía en realidad una relación desequilibrada en la que Francia adoptaba el papel de socio subalterno. Como ha ilustrado con preclara ironía el periodista François Lenglet, de France 2, Nicolas Sarkozy asumía en la pareja la función de “director adjunto de la Europa del Norte”, si no la de “ director de comunicación de la canciller, con función de traductor”.

En doce meses, Hollande ha cortado la primera cabeza, pero no la segunda. Con el presidente socialista, Francia sigue adoptando el mismo papel subalterno, pero en peor. Porque su capacidad de influencia sobre Berlín ha disminuido considerablemente. La estrategia de la “tensión amistosa” puesta en práctica por Hollande acaso contente al ala izquierdista y vagamente euroescéptica de su partido, pero ha dejado a Angela Merkel como única dueña y señora del escenario.

El único y –como el tiempo ha demostrado– pírrico triunfo del presidente francés fue el alumbramiento del Pacto por el Crecimiento, que había puesto como condición para ratificar el tratado de disciplina presupuestaria pactado por Sarkozy. Celebrado por todo el mundo como un gran avance, lo cierto es que el acuerdo –ya bastante engañoso, por cuanto incluía programas comunitarios ya previstos– ha quedado en papel mojado. Sobre todo después del recorte presupuestario impuesto en la UE por alemanes y británicos, ante la impotencia de los franceses.

Hollande “hace un análisis muy pesimista de la relación de fuerza con Alemania, se bate enseguida en retirada”, constataba recientemente en Le Monde el eurodiputado franco-alemán Daniel Cohn-Bendit, quien echa en falta en el presidente francés una actitud como la del primer ministro británico, David Cameron, pero en clave europeísta: “Si se atreviera, podría conseguir más cosas de Angela Merkel”, concluía.

El problema, para Francia pero sobre todo para Europa entera, es que si Hollande no se atreve a más es porque sabe que no es capaz de tomar la mano que le tiende Berlín. Para avanzar en la solidaridad europea que el presidente francés reclama, Alemania pone una condición fundamental: avanzar previamente, y de forma decidida en una construcción federal de Europa, con importantes cesiones de soberanía. Y a eso, Hollande –¡que se formó políticamente junto a Jacques Delors!– no se atreve a jugar.


Mali: éxiito militar, incertitud política

Entre las pocas acciones de Hollande rubricadas con el aplauso general está la intervención en Mali para acabar con la ofensiva de los grupos terroristas que amenazaban con tomar el poder y crear un nuevo Afganistán a las puertas de Europa. Pero el éxito militar no ha tenido continuidad, por ahora, en el terreno político, donde la situación está estancada.






jueves, 2 de mayo de 2013

Compromiso para salvar Europa


La Europa del Sur, en la que Francia parece cada vez más anclada, quiere arrancar un compromiso urgente a la Europa del Norte para salvar la casa común, cuya estabilidad está seriamente amenazada por la recesión económica y el paro de masas. Y con ella, el sueño europeo. París y Roma, hoy en la misma onda, están decididas a hacer valer el peso del eje transalpino –con el apoyo de Madrid– para tratar de convencer a Berlín de que es urgente una inflexión en la política de austeridad.

El presidente francés, François Hollande, y el primer ministro italiano, Enrico Letta, que mantuvieron ayer su primera reunión en el Elíseo, expresaron una total sintonía al respecto. Sin citarla personalmente, sin cuestionar su política de rigor presupuestario, con buenas palabras y tendiéndole la mano, pero con firmeza, ambos instaron a la canciller alemana, Angela Merkel, a buscar rápidamente de forma conjunta una salida para evitar una catástrofe económica y política. “No puede haber una Europa en que uno de sus miembros, o dos o tres, se salven y el resto se hunda”, advirtió Enrico Letta.

“Si los ciudadanos tienen la impresión de que Europa es una mala madre que les da la espalda, eso nos conducirá a un desastre democrático”, remarcó el primer ministro italiano, alertando del aumento de los movimientos populistas y antieuropeos, como demuestra lo sucedido en Italia. El presidente francés, que hace semanas señaló por su parte que Europa se encaminaba a una “explosión”, se sumó a las advertencias del mandatario italiano. “Lo que está en juego no es sólo la idea europea, sino también la estabilidad política en nuestros respectivos países”, afirmó Hollande, quien dijo que los europeos se enfrentan al dilema de “si Europa tendrá todavía un destino común o son los egoísmos nacionales los que prevalecerán”. “Por eso es necesario un compromiso. Tenemos la responsabilidad de ofrecer una perspectiva, de dar una esperanza”, añadió.

Hollande y Letta, sin cuestionar los principios –irrenunciables para a Alemania– del rigor presupuestario y la consolidación fiscal, abogaron por una cierta flexibilización en el ritmo de reduccion de los déficits públicos –“La trayectoria presupuestaria debe ser adaptada a la realidad del crecimiento”, dijo el presidente francés–, y aceptaron asimismo la necesidad de abordar las reformas necesarias para mejorar la competitividad, una cuestión fundamental para Berlín. Pero reclamaron que, “con la misma determinación” que se ha abordado el saneamiento de las cuentas públicas y la estabilidad del euro, se ponga en marcha una política para favorecer el crecimiento económico y el fomento del empleo, sobre todo juvenil.

Letta como Hollande insistieron en la necesidad de aplicar el Pacto por el Crecimiento suscrito el año pasado y de poner en marcha sin más dilación la acordada unión bancaria, que debería permitir relajar las tensiones alcistas que sufren algunos países en los intereses de su deuda y que el crédito llegue las empresas. “La unión bancaria hemos de hacerla sin perder tiempo”, dijo el primer ministro italiano. Ambos mandatarios se mostraron poco dispuestos a esperar el desenlace de las elecciones alemanas del próximo otoño y subrayaron que es urgente tomar medidas al respecto en el Consejo Europeo del próximo mes de junio.

Hollande aprovechó la conferencia de prensa para templar los ánimos entre París y Berlín, bastante alterados por la beligerancia demostrada por el Partido Socialista francés en un texto contrario a la política de austeridad. El presidente francés, que hizo retirar del texto las alusiones personales a Merkel, hizo una nueva profesión de fe en la pareja franco-alemana: “Francia y Alemania deben trabajar juntas, sean cuales sean las coyunturas, los dirigentes o las sensibilidades”.


Un francófono criado en Estrasburgo

François Hollande se puso ayer un auricular para escuchar las intervenciones de Enrico Letta en italiano durante la conferencia de prensa que ambos mandatarios ofrecieron en el Elíseo. Al primer ministro italiano no le hizo falta. Letta, que pasó una parte de su infancia en Estrasburgo, demostró un dominio perfecto de la lengua francesa, para satisfacción de la aurícula chauvinista que late en el corazón de los franceses. El presidente de la República no perdió la oportunidad de subrayarlo y de hacer un guiño al jefe del Gobierno italiano al traer al Elíseo a la que fuera su profesora, tiempo ha, en la capital alsaciana.


Le Pen promete a los franceses sacar al país de las “tinieblas de Europa”


La ultraderecha francesa ha encontrado en la férrea política de austeridad impuesta en Europa el mejor argumento para tratar de seducir políticamente a las víctimas de la crisis económica. Fiel a su línea política histórica, que hace de la Unión Europea y de Bruselas el epicentro de todos los males, la presidenta del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, aprovechó su tradicional discurso del Primero de Mayo en honor de Juana de Arco para lanzar una nueva soflama antieuropea. Le Pen se presentó como la “luz de la esperanza” para sacar a Francia de las “tinieblas europeas” en las que está “encerrada”.

“Francia se hunde en una política absurda de austeridad sin fin, porque se trata de salvar un sistema a cualquier precio, porque se trata de decir siempre sí a Bruselas, a Berlín naturalmente, en todas circunstancias a los magnates de las altas finanzas, a sus serviles lacayos del Banco Central (Europeo) de Frankfurt o de la Comisión Europea”, clamó ante varios miles de seguidores del FN concentrados frente al edificio de la Ópera de París. Decidida a hacer de Europa su campo de batalla, Le Pen reclama la celebración de un referéndum en Francia para salir de la UE.

La satanización de Europa –asociada a la exaltación del orgullo patrio– y la reiterada culpabilización de la inmigración extranjera y del islam como foco de desestabilización de la identidad nacional, encuentran cada vez más eco en las clases populares, castigadas por una crisis a la que no se le ve el final y un paro que ha superado la barrera histórica de 3,2 millones de personas.

El Frente Nacional está totalmente movilizado ya en la organización de la campaña de las elecciones europeas y municipales del 2014, en las que piensa dar la campanada. Los sondeos, ni que sea virtuales, que van apareciendo indican una clara tendencia al alza. Una encuesta realizada por el instituto CSA para el canal informativo BFMTV, y difundida el pasado lunes, apunta que si las últimas elecciones presidenciales se repitieran hoy, los ganadores de la primera vuelta serían Nicolas Sarkozy (que con un 34% de los votos saldría en cabeza) y Marine Le Pen (23%), que pasaría a la segunda vuelta y eliminaría a François Hollande (19%) como hizo su padre, Jean-Marie, en el 2002 con Lionel Jospin.

La líder del FN proclamó ayer la necesidad de que Francia cuente con un “verdadero jefe”, en lugar de “los Breznev que nos gobiernan”. ¿Pensaría en Stalin?


martes, 30 de abril de 2013

Tensión franco-alemana


Las relaciones entre Francia y Alemania, considerablemente degradadas en los últimos meses a causa del desencuentro político y personal entre François Hollande y Angela Merkel, acaban de ser sometidas a una dura prueba con la actitud beligerante adoptada en los últimos días por el Partido Socialista francés hacia la canciller alemana. En una delicada situación a causa de los malos resultados económicos –el paro, con 3,2 millones de personas, ha alcanzado un récord histórico–y crecientemente acosados por su izquierda, los socialistas franceses parecen haber encontrado en Merkel el adversario ideal y, a riesgo de tensar aún más las relaciones entre París y Berlín, han lanzado un ataque en toda regla.

El gesto probablemente más hostil es un proyecto de resolución preparado por la dirección del PS –bajo la batuta del secretario nacional del partido para asuntos europeos, Jean-Christophe Cambadélis– en el que además de cuestionar la política económica dictada por Berlín, se atacaba personalmente a Angela Merkel, calificándola de “canciller de la austeridad” y acusándola de “intransigencia egoísta”. Las alusiones personales fueron finalmente retiradas, pero el mal ya estaba hecho. Sobre todo porque ha sido amplificado por una cascada de declaraciones realizadas por algunas de las figuras del ala izquierda del PS –del ministro de Consumo, Benoît Hamon, al presidente de la Asamblea Nacional, Claude Bartolone–, que han planteado la necesidad de ir a la “confrontación” con Berlín.

La ofensiva ha sido contrarrestada desde dentro por la palabras conciliadoras con Alemania expresadas por el primer ministro, Jean-Marc Ayrault, o la reacción exasperada de ministros como Michel Sapin o Manuel Valls, críticos con la deriva de sus compañeros de filas. El ministro del Interior, el más duro, llegó a tildar sus declaraciones de “irresponsables, démagogicas y nocivas”.

Pero en medio de este batiburrillo lo más audible es el silencio de Hollande, cuyo papel es equívoco. La ofensiva antialemana del PS ¿es un desafío lanzado al presidente francés por su ala izquierda? ¿o es un movimiento propiciado por el mismísimo jefe del Estado? ¿No fue, a fin de cuentas, Hollande quien defendió hace poco la dinámica de “tensión amistosa” con Alemania?

Berlín reaccionó con mesura –el portavoz de Merkel, Steffen Seibert, se limitó a reiterar que la relación franco-alemana es a sus ojos “esencial”–, pero dando algunas muestras de incomprensión. Así, el presidente del grupo de amistad franco-alemana y vicepresidente del grupo parlamentario de la CDU-CSU, Andreas Schockenhoff, calificó los ataques del PS de “inapropiados”. Hasta el presidente del grupo aeronáutico EADS, el alemán Thomas Enders, se sintió obligado a intervenir en el debate y pedir a ambos países que cooperen.

Las palabras más duras surgieron de la derecha francesa, que reprochó ásperamente a Hollande que ponga en peligro a la pareja franco-alemana. La controversia permitió incluso que viejos enemigos como Jean-François Copé y François Fillon se unieran por un día para atacar al presidente, a quien responsabilizan de la “degradación” de las relaciones entre París y Berlín, y deplorar “el clima de germanofobia que está ganando al PS y su aliado de extrema izquierda”. El ex primer ministro Alain Juppé, por su parte, calificó de “detestable” el “resurgimiento en Francia del sentimiento antiálemán”. 


Reducción de los ejércitos en 24.000 efectivos

François Hollande va a proseguir –déficit y deuda obligan– el camino abierto por su antecesor, Nicolas Sarkozy, de reducción de los efectivos del ejército francés. El Libro Blanco de la Defensa, que marca los principales ejes de la política en la materia para los próximos años prevé en este sentido mantener lo previsto en la etapa anterior –esto es, una disminución de 10.000 empleos de aquí al 2014, dentro de los 54.000 previstos– y añadir una reducción de 24.000 más entre 2015 y 2019. Actualmente, el ejército francés dispone de 280.000 efectivos, entre personal militar y civil. El marco presupuestario se mantendrá estable, con un gasto previsto de 179.200 millones de euros constantes en este periodo, lo que mantiene el esfuerzo en el 1,5% del PIB (sin pensiones). El capítulo de la disuasión nuclear se mantiene sin recortes y se consolida el papel de Francia en la OTAN. La capacidad de intervención militar en el exterior, sin embargo se reducirá de 30.000 a entre 10.000 y 20.000 soldados.



domingo, 28 de abril de 2013

Francia teme un estallido


Francia tiene miedo. Tiene miedo de todo. Del mundo exterior, de la globalización, de la pérdida de referentes, del cambio de valores, del paro, del empobrecimiento, de la inmigración, del islam... Y tiene miedo de sí misma. De una explosión, de un estallido social como los ha habido otras veces en su Historia. La profundidad de la crisis económica –por más que haya sido hasta ahora menos brutal que en otros países europeos– ha agravado las fracturas sociales y la crispación, mientras se ha derrumbado la confianza en la clase política y las instituciones, minadas por su impotencia para cambiar las cosas y gangrenadas por los casos de corrupción. En este contexto, los discursos populistas –y en particular el del Frente Nacional (FN)– van ganando terreno, los movimientos de contestación adquieren una amplitud inédita –como ha sucedido con la protesta contra el matrimonio homosexual, liderado por la activista católica Frigide Barjot al margen de los partidos–, y empieza a haber algunos brotes de violencia. Los más recientes, protagonizados por grupúsculos de extrema derecha.

Nada sorprendente si se tiene en cuenta que el propio lenguaje político está preñado últimamente de una gran virulencia. Se habla de “sangre” y de “guerra civil” con una facilidad pasmosa, mientras desde los extremos –donde se sitúa también la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon– se lanzan anatemas y descalificaciones con un inusitado grado de violencia verbal.

El ambiente empieza a ser tan tóxico, tan malsano, que algunos observadores no han dudado en comparar la situación actual con la que había en Francia en los años treinta e incluso en vísperas de la Revolución de 1789. El veterano analista político Alain Duhamel fue uno de los primeros en advertirlo en un artículo publicado en Libération bajo el título “El agrio perfume de los años treinta”, donde alertaba de la radicalización del debate político en un contexto de “aumento del paro con su cortejo de sufrimientos personales, patologías sociales, ansiedad colectiva, resentimiento hacia los gobernantes y amarga decepción”. El semanario Le Nouvel Observateur le siguió los pasos titulando en portada “¿Los años treinta están de regreso?”. El cóctel de crisis, paro, corrupción, xenofobia y pujanza de la extrema derecha parece recordarlos, aunque pocos sean quienes crean verdaderamente que la comparación es posible.

Puestos a buscar referentes, hay quien se va al siglo XVIII. “Estamos en 1788 –afirmaba gráficamente en Le Point el historiador Patrice Gueniffey–. Hay una acumulación de varias crisis: monetaria (un euro demasiado fuerte), una deuda pública exorbitante, una crisis económica desde el 2008 y una crisis política, de liderazgo, de las instituciones incluso. Es exactamente lo mismo que en vísperas de la Revolución”.

Si tales paralelismos pueden parecer anacrónicos, no es menos cierto que reflejan un estado de ánimo. El ex primer ministro François Fillon advirtió hace pocos días que, o se produce un cambio de rumbo político, o Francia corre el riesgo de una “explosión social”. Un temor que, según un sondeo del instituto Ifop aparecido ayer mismo, comparte el 70% de los franceses y especialmente los obreros (un 81%)

El sostenido y constante aumento del paro –que ha alcanzado el récord histórico de 3,2 millones de personas– es el principal foco de tensión social. Aunque alejado del nivel abisal que tiene en España, lo cierto es que el desempleo no tiene perspectivas de reducirse en los próximos meses, pese a las promesas del presidente François Hollande de invertir la curva a finales de año. Hasta ahora el sistema de protección social francés –donde aún no ha ha habido verdaderos recortes– ha aguantado el tirón, pero ¿hasta cuándo será así? Francia carece de los amortiguadores –solidaridad familiar, economía sumergida– que tiene España...

La crisis ha agravado los niveles de pobreza y agudizado las desigualdades sociales, como ha confirmado un informe del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (Insee), según el cual a finales del 2010 el 14,1% de la población francesa (8,6 millones de personas) vivían bajo el umbral de la pobreza. Para alimentar el resentimiento y el descreimiento de las clases populares no hacía falta más que se descubriera que el exministro del Presupuesto, Jérôme de Cahuzac, tenía una cuenta bancaria no declarada en Suiza...

La crispación y la angustia atraviesan a la sociedad francesa, según pone de manifiesto otro reciente estudio de opinión del instituto Ipsos (ver gráfico adjunto). Los franceses sienten como ineluctable el declive de su país, recelan del mundo exterior y reclaman una mayor protección, desconfían de los políticos, a quienes califican de corruptos, y desearían un jefe con autoridad... y ven con suspicacia a los inmigrantes, los extranjeros y los musulmanes. “En la sociedad francesa la tentación de repliegue es extremadamente fuerte”, subraya al respecto el director general delegado de Ipsos, Brice Teinturier.

No podría haber mejor caldo de cultivo para el crecimiento de los movimientos populistas, especialistas en ofrecer remedios sencillos para problemas extremadamente complejos y en designar sin contraste a los culpables ideales de la crisis, desde Europa a los poderes financieros, pasando –en el caso de la ultraderecha– por los inmigrantes. El Frente Nacional de Marine le Pen, aparentemente apagado detrás del brillo mediático de Frigide Barjot, va creciendo e instalándose poco a poco en el paisaje político. Síntoma de esta corriente de fondo, en la elección parcial celebrada el pasado 24 de marzo, el FN eliminó al Partido Socialista en la primera vuelta y en la segunda se quedó sólo tres puntos por detrás (48,4% a 51,4%) de la UMP.


El Mayo de Hollande

El presidente François Hollande va a verse atenazado este mes de mayo por una pinza política. El día 5, el Frente de Izquierda –coalición de la izquierda radical y los comunistas– ha convocado una gran marcha contra la política económica del Gobierno y por la VI República. El día 26 será el turno de una manifestación de la derecha y el movimiento contra el matrimonio gay. Aprobada ya la reforma, la UMP busca convertirla en un acto contra Hollande.