martes, 11 de octubre de 2011

Las lágrimas de Ségolène

Hay historias de amor que acaban en lágrimas. La de Ségolène Royal con los franceses, también. Lágrimas de amargura, de profunda decepción, como las que brotaron de los ojos enrojecidos de la ex candidata socialista al Elíseo la noche sombría del domingo, cuando su mundo se le vino estrepitosamente abajo. Cinco años atrás lo había sido todo, la musa de Francia. Y, de repente, ya no era nada. Diecisiete millones de franceses votaron por ella en 2007 contra Nicolas Sarkozy. El domingo, sólo 175.000 simpatizantes de izquierdas –apenas el 7% de los votantes- se decantaron por ella en las primarias socialistas para designar al candidato a la presidencia de la República en 2012, colocándola en un penoso y humillante cuarto puesto. Se acabó la aventura.
“He dado mucho, la decepción es mucha…”, dijo Ségolène Royal, entre sollozos, a la salida de la Maison des Polytechniciens, en París, donde había instalado su cuartel general. Tras asumir con enorme dignidad su derrota en una breve declaración, se derrumbó. Ella, que parecía inaccesible al desaliento, cuya tenacidad y coraje admiraba incluso a sus adversarios, una mujer que siempre enfrentó los reveses a pie firme, el domingo hincó por primera vez la rodilla. No lo hizo en 2007, tras perder frente a Sarkozy. No lo hizo en 2008, cuando Martine Aubry le arrebató de las manos –por sólo 102 discutidos votos- la primera secretaría del PS. Pero esto no lo esperaba. Con una fe pétrea en el vínculo que le unía a los franceses, nunca imaginó semejante desafecto.

Los sondeos habían anunciado, con obstinada unanimidad, su fracaso. Pero Ségolène Royal no lo quiso ver. En su fuero interno no podía aceptarlo. Las encuestas estaban equivocadas, o peor, estaban manipuladas, argumentaba. Era probablemente la única en no darse cuenta de que se había quedado prácticamente sola, que la mayoría de sus apoyos de hace cinco años la habían abandonado –quedando sólo un puñado de irreductibles- y que los franceses habían decidido pasar a otra cosa. Había que verla. Había que ver, en la víspera del primer debate televisado entre los seis aspirantes socialistas, su desconcertante convicción en la victoria para medir la gravedad de su ceguera. Y para comprender ahora la devastadora magnitud de su decepción.

La derrota ha sido particularmente dolorosa par Ségolène Royal, relegada a un papel subalterno por François Hollande –padre de sus cuatro hijos y compañero infiel, con quien rompió en 2007- y por Martine Aubry, que hace tres años se sentó en el sillón que le estaba reservado en la calle de Solférino, sede central del Partido Socialista. Hasta Arnaud Montebourg, su otrora portavoz de campaña, encarnación hoy de la juventud y la renovación, se permitió avanzarla una decena de puntos. Ségolène, a quien todo el mundo se refiere por su nombre de pila, apenas logró sobrepasar a Manuel Valls –otro ex portavoz suyo- y al radical Jean-Michel Baylet, un absoluto figurante.

Sus adversarios de hoy y de ayer, de François Hollande a Arnaud Montebourg, de los lugartenientes de Martine Aubry a Laurent Fabius, incluidos algunos de los que no hace tanto le dedicaban los adjetivos más violentos, expresaron ayer su simpatía y solidaridad -también su conmiseración- hacia Ségolène Royal, de quien valoraron sus aportaciones políticas e ideológicas. “Como si fueran elogios fúnebres”, comentó con ironía uno de sus fieles, Jean-Louis Bianco.

Los seguidores de Ségolène, tan hundidos y decepcionados como ella, pueden hacer valer su peso en la votación de la segunda vuelta el próximo domingo. Pero muchos de ellos parecían el domingo inclinados a desertar las urnas. Entre el traidor Hollande y la tramposa Aubry, la tentación de la abstención es demasiado fuerte. Nadie parece esperar, en cambio, que Ségolène Royal, a sus 58 años, reanude una vez más la batalla.

 
Valls y Baylet piden el voto para Hollande
Los últimos en la votación del domingo han sido los primeros en pronunciarse. El socialista Manuel Valls (6%) y el radical de izquierda Jean-Michel Baylet (1%), los dos aspirantes situados más a la derecha, llamaron ayer a sus seguidores a votar por François Hollande en la segunda vuelta de las primarias socialistas el próximo domingo, lo que refuerza la situación del vencedor de la primera vuelta. Su posicionamiento no es ninguna sorpresa, por cuanto Hollande defiende  un reformismo socialdemócrata moderado, lo que sus adversarios descalifican como “izquierda blanda”. El apoyo de los pequeños, aún siendo importante, es sin embargo insuficiente para garantizar la elección de Hollande, cuya ventaja sobre la primera secretaria del PS, Martine Aubry -39% a 31%- es escasa. Lo que hagan los seguidores de Ségolène Royal (7%) y, sobre todo, de Arnaud Montebourg (17%) resultará esencial. Todo indica que tanto Montebourg como Royal eludirán expresar toda consigna de voto. El presidente del Consejo General de Saône-et-Loire, la gran revelación de las primarias, ha anunciado la publicación de sendas cartas abiertas a Hollande y Aubry para que se pronuncien sobre una serie de propuestas. Los equipos electorales de los dos finalistas se preparan ya para intentar seducir a sus votantes, lo que puede conducir el debate a una encarnizada subasta para ver quién está más a la izquierda.

lunes, 10 de octubre de 2011

Mano a mano Hollande-Aubry

François Hollande y Martine Aubry, uno de los dos -y ningún otro- será el candidato del Partido Socialista francés que intentará desalojar del Elíseo a Nicolas Sarkozy en las elecciones presidenciales de 2012. Unos dos millones de franceses, una masa de votantes por encima de las previsiones más optimistas, acudieron ayer a las urnas en primera vuelta para elegir al presidenciable del PS, en un ejercicio democrático absolutamente inédito en Francia que sin duda tendrá importantes consecuencias políticas. Sea quien sea finalmente el elegido, lo cual se dirimirá el próximo domingo en segunda vuelta, el candidato o candidata contará con una legitimidad popular formidable.
Los resultados de anoche coincidieron en gran medida con las tendencias apuntadas ya por los sondeos. Convertido en favorito de la noche a la mañana tras la defección inesperada de Dominique Strauss-Kahn, François Hollande –ex líder del PS y nuevo abanderado del sector socialdemócrata reformista- hizo buenas las previsiones y fue el más votado de los seis aspirantes a la nominación. Con 39%, su ventaja sobre la segunda, Martine Aubry (31%), fue clara, pero insuficiente para intentar forzar una retirada de su rival. La jefa de filas del PS sufre un correctivo, pero leve.

Con esta diferencia, la segunda vuelta será encarnizada y la orientación que sigan dentro de una semana los votantes de los demás candidatos será determinante. A priori, la primera secretaria del PS parte con ventaja, pues Aubry debería poder beneficiarse del apoyo de los seguidores de Arnaud Montebourg y de Segolène Royal, alérgicos cada uno por razones diferentes a su antecesor al frente del partido. Hollande, pues, no lo tiene ganado. Lejos, muy lejos de ahí.

La gran sorpresa de la jornada –aunque insuficiente para desmentir los pronósticos-, fue el fulgurante ascenso de Montebourg, superior al detectado por las encuestas. El 17% de los votos es un resultado magnífico para la voz rebelde del PS, protagonista de una campaña modélica por su efectividad, llamado sin duda a reforzar su peso en el partido. “Nunca nada más será igual”, declaró anoche al valorar el éxito de las primarias, de las que él ha sido el principal impulsor.

La cruz de la moneda fue el desfondamiento de Ségolène Royal. La candidata socialista al Elíseo en 2007, con sólo un 7% de los votos –¡cuán lejos del 63% obtenido entre los militantes del PS hace cinco años!-, recibió un durísimo castigo que la deja en la práctica fuera de la primera línea. Royal acusó con los ojos brillantes pero gran dignidad el resultado, que calificó de “muy decepcionante”. “Sigo aquí, para proseguir el combate”, declaró. Pero lo cierto es que la “insumergible” se ha hundido.

Por detrás, Manuel Valls tuvo que conformarse con un modesto 6% -peaje a pagar cuando uno se coloca explícitamente en el ala derecha del partido- y el radical de izquierda Jean-Michel Baylet, con un penoso 1%, sale del envite humillado.

El aplastante éxito de los socialistas franceses fue ayer proporcional al riesgo que asumieron al convocar, por primera vez en Francia, unas elecciones primarias abiertas a todos los ciudadanos. De haber pinchado, de no haber alcanzado el listón simbólico del millón de votantes, su candidato o candidata al Elíseo en 2012 hubiera partido enormemente fragilizado, con un pesado lastre. Demasiado pesado para enfrentarse a un Nicolas Sarkozy que, pese a su precaria situación –con un nivel de popularidad en coma-, es un temible adversario en campaña electoral.

La dirección de la UMP intentó anoche restar mérito e importancia a las primarias socialistas. Pero algunos líderes de la derecha, ya en los últimos días, habían admitido implíticamente su éxito. El propio primer ministro, François Fillon, abogó por la celebración de primarias en la UMP para las grandes elecciones, salvo en la situación en que el presidente saliente –como es ahora el caso- sea del propio partido.

El gran nivel de participación conseguido supone un cambio histórico en la práctica política en Francia, donde hasta ahora la última palabra la tenían en todo caso los militantes de cada partido. Así fue, en el propio PS, en las primarias para las elecciones presidenciales de 2007. En aquel momento, con cerca de 219.000 militantes llamados a las urnas, el sentido de la votación basculó a favor de Ségolène Royal con la entrada extraordinaria de 68.000 nuevos adherentes en los meses previos, atraídos por la posibilidad de votar mediante una barata y rápida inscripción por internet.

Cabe imaginar el seísmo político que implica el peso de dos millones votantes sobre los 160.000 militantes reconocidos hoy oficialmente por el PS. Y no sólo para los socialistas, sino también para los demás. Como aventuraba anoche Olivier Ferrand, presidente del think-thank socialista Terra Nova: “Es el fin de los viejos partidos”.

Caleidoscopio socialista

Aprobado de forma unánime por la dirección y ratificado después por el 95% de los militantes, el programa del Partido Socialista francés para las elecciones presidenciales de 2012 ha demostrado estar hecho de un material altamente flexible y deformable. Cinco meses después de su aprobación, no sólo ha sido sobrepasado ya por las negativas previsiones de la economía francesa –cuyo nivel de crecimiento el año que viene quedará bastante por debajo del optimista 2,5% anual sobre el que el PS construyó sus propuestas-, sino que los seis aspirantes a ser elegidos candidato al Elíseo en las elecciones primarias han demostrado, en general, un notable grado de discrecionalidad. Duranta la campaña, y particularmente en los tres debates televisados en directo, cada cual ha expuesto diferencias de temperamento, pero también distintos acentos políticos.
Para haber aparecido durante semanas y semanas como el adalid del rigor económico –con la promesa de llevar el déficit público al 0% en 2017 y aumentar, eso sí, de forma más justa y equitativa, los impuestos-, François Hollande se descolgó en la recta final con la promesa de crear en cinco años 60.000 empleos –los que Nicolas Sarkozy ha suprimido- en la educación nacional, un guiño descarado a una de las bases electorales de los socialistas. La primera secretaria del PS, Martine Aubry, no ha sido benevolente con la iniciativa, lo mismo que con la otra bandera de su antecesor al frente del partido: la instauración de un “contrato-generación”, que promete exonerar de cargas sociales a las empresas que contraten a un joven manteniendo a la vez a un senior.

Martine Aubry, cargo obliga, ha sido la más ortodoxa, la más escrupulosamente respetuosa con el programa electoral socialista, que pasa por ser uno de los éxitos de su jefatura. La creación de contratos subvencionadosa los jóvenes –una vieja receta ya aplicada cuando era ministra de Lionel Jospin-, la refundación de la escuela y el abandono programado de la energía nuclear constituyen algunas de sus prioridades.

Siempre dispuesta a desconcertar a sus adversarios, Ségolène Royal ha recuperado algunas de las ideas lanzadas durante la campaña de 2007 –como el encuadramiento militar de los jóvenes delincuentes, ¡asumido ahora incluso por Sarkozy!- y ha puesto sobre la mesa algunas nuevas, tanto o más osadas, como la prohibición de los “despidos bursátiles”, esto es, los que no tengan una justificación económica, o el bloqueo de los precios de la gasolina y de cincuenta productos de primera necesidad.

Dejando aparte el caso particular del presidente del satélite Partido Radical de Izquierda (PRG),  Jean-Michel Baylet –el único aspirante no socialista, que se ha permitido además criticar el programa del PS-, en los dos extremos del arco ideológico se han situado los dos candidatos de la nueva generación socialista: Arnaud Montebourg y Manuel Valls.

Montebourg es quien ha mostrado la mayor originalidad. Con un discurso decididamente de izquierdas y elevadas dosis de populismo, el padre de las elecciones primarias en el PS ha sabido cómo tocar la fibra de las clases populares, deseosas de escuchar que el poder político va a imponer su autoridad a los bancos –a través de la entrada del Estado en los consejos de administración con derecho de veto-, a enfrentar la competencia desleal de China instaurando el proteccionismo a nivel europeo, y a refundar  sistema democrático con la creación de la VI República. Convincente y seductor, Montebourg ha puesto sus cualidades políticas y telegénicas al servicio de su proyecto de “desglobalización”.

Frente a Montebourg, señalado violentamente con el dedo por éste por sus planteamientos “derechistas”, el barcelonés Manuel Valls –el único candidato naturalizado francés- ha asumido sin complejos su papel de representante de lo que él llama una “izquierda realista”. Sus propuestas –lucha prioritaria contra el déficit, derivación de las cargas sociales que pagan las empresas al IVA, refuerzao de la presencia policial en los barrios difíciles, instauración de cuotas de inmigrantes…- son las que más abiertamente chocan con las tradiciones ideológicas del PS.



domingo, 9 de octubre de 2011

Primarias a la francesa

La elección del candidato socialista al Elíseo está ya en manos de los franceses. Todos los ciudadanos mayores de edad que lo deseen pueden acudir hoy a votar en las sedes del Partido Socialista –con los únicos requisitos de firmar una adhesión genérica a los valores de la izquierda y pagar un euro, en concepto de gastos- por uno de los seis aspirantes a representar al PS en las elecciones presidenciales de 2012: François Hollande, Martine Aubry, Ségolène Royal, Arnaud Montebourg, Manuel Valls y Jean-Michel Baylet. La multiplicidad de candidaturas hace imposible el triunfo de uno de ellos en la primera vuelta –para lo que necesitaría reunir la mayoría absoluta de los votos-, por lo que deberá celebrarse una segunda votación el domingo próximo, día 16.
Ejercicio inédito en Francia, donde hasta ahora la última palabra ha estado reservada a los militantes, las elecciones primarias socialistas suponen un arriesgado envite. Una gran movilización puede dar alas al futuro presidenciable socialista cara a la confrontación de la próxima primavera con un Nicolas Sarkozy desgastado pero siempre temible. Pero una respuesta insuficiente –por debajo de un millón de votantes- puede fragilizarle.

El PS ha echado el resto en esta apuesta. Con cerca de 10.000 colegios electorales, 33 millones de boletines de voto impresos, decenas de miles de voluntarios movilizados y un presupuesto de 3,2 millones de euros, la bondad de la inversión está todavía por confirmar. Pero, de entrada, los socialistas han conseguido ya ocupar la escena política y despertar una gran expectación. La limpieza del escrutinio ha sido objeto de una especial vigilancia –bajo el control de una autoridad independiente- con el fin de evitar el bochorno del congreso de Reims de 2008, cuando los campos de Martine Aubry –elegida primera secretaria del partido por sólo 102 votos de diferencia- y de Ségolène Royal se acusaron mutuamente de fraude.

El resultado de la votación es bastente incierto. Dependerá mucho de la participación y del peso que los no militantes tengan finalmente en la elección. La militancia del PS –constituida básicamente por funcionarios y cargos electos territoriales- refleja poco la realidad de la sociedad francesa. Por otro lado, al tratarse de la primera vez que se celebran unas primarias abiertas, los institutos de opinión no tienen ninguna serie histórica para poder corregir y afinar sus estimaciones.

Los sondeos publicados hasta ahora han sido por ello violentamente criticados por una de las aspirantes, la que fuera candidata socialista al Elíseo en 2007 frente a Sarkozy, Ségolène Royal, quien los ha acusado de negar la democracia y pretender suplantar el voto libre de los ciudadanos. Bien es cierto que hoy las encuestas la colocan en un penoso tercer puesto. Hace cinco años, cuando desbordó al aparato del PS y derrotó sin piedad a dos históricos elefantes del partido, Dominique Strauss-Kahn y Laurent Fabius, los sondeos la auparon sin que ella protestara lo más mínimo.

¿Puede Royal, con un 11% de intención de voto, dar otra vez la campanada? No puede descartarse de un plumazo, pero parece harto improbable. Aún contando con fervientes seguidores, su imagen pública se ha ido erosionando con el tiempo, de forma proporcional a la pérdida de apoyos y aliados en el seno del PS.

En cambio, quien emerge hoy como favorito es un viejo aparatchik del PS, François Hollande. Primer secretario del partido en 2007, Hollande cedió entonces el paso a la que todavía era su compañera sentimental y madre de sus cuatro hijos. Hoy, separado de Segolène Royal –emparejado de nuevo- y despojado de todo cargo interno, ha conseguido ocupar el vacío político dejado por la muerte política súbita de Strauss-Kahn, fulminado por su arresto en Nueva York acusado de violación. Hollande, con un 43% de intención de voto, ha heredado también su condición de favorito, que la larga campaña interna y los tres debates televisados en directo no han hecho sino confortar.

Frente a Hollande, la actual jefa de filas del PS no ha logrado despegar. Con un respaldo teórico del 28%, Martine Aubry –que no ha logrado sacarse de encima el estigma de ser una candidata de recambio-, la primera secretaria de los socialistas debería pasar sin problemas a la segunda vuelta, toda vez que cuenta con el respaldo activo del aparato, de los principales barones y del ala izquierda del partido.

Pero si no es descartable una sorpresa de parte de Ségolène Royal, tampoco lo es de la parte de Arnaud Montebourg –con otro 11% de intención de voto-, el único que ha dado un salto adelante en las últimas semanas. Joven, seductor, con un discurso radical, el alma izquierdista de los socialistas puede sentirse tentada por sus propuestas contra los bancos y por un proteccionismo europeo. Frente a estos cuatro, el barcelonés Manuel Valls -6% de respaldo-, anclado en el ala derecha del PS y el presidente del Partido Radical de Izquierda (PRG), Jean-Michel Baylet –con un testimonial 1%-, no tienen nada que hacer.


El voto del adversario

¿Intentará la UMP, el partido de Sarkozy, infiltrarse en la votación de las primarias para influir en el resultado final? El riesgo no está excluido y, de hecho, hay militantes del partido dispuestos a hacerlo. El secretario general de la UMP, Jean-François Copé, ha “desaconsejado fuertemente” acudir a las urnas socialistas a los militantes de la derecha, pero algunas figuras del partido, como el ministro Patrick Ollier, han admitido que animarán a ir a votar por Arnaud Montebourg, el más izquierdista…


LOS ASPIRANTES


FRANÇOIS HOLLANDE
Rouen (12/08/1954)
Diputado y presidente del Consejo General de Corrèze
El ex primer secretario del PS (1997-2008) ha ocupado, con su discurso socialdemócrata y reformista, el espacio dejado por la caída política de Dominique Strauss-Kahn. Todos los sondeos le dan como favorito.

MARTINE AUBRY
París (08/08/1950)
Primera secretaria del PS y alcaldesa de Lille
La jefa de filas de los socialistas, apoyada por los principales barones del partido y por su ala izquierda, aparece como la voz de la ortodoxia. Candidata de recambio tras la retirada de Strauss-Kahn, no ha acabado de despegar.

SÉGOLÈNE ROYAL
Dakar, Senegal (22/09/1953)
Presidenta del Consejo Regional de Poitou-Charentes
La candidata socialista en 2007, derrotada por Nicolas Sarkozy, vuelve a la carga con la promesa de haber madurado. Su discurso, inclinado al centro pero con guiños al ala izquierda, tiene hoy menos seguidores que entonces.

ARNAUD MONTEBOURG
Clamecy (30/10/1962)
Diputado y presidente del Consejo General de Saône-et-Loire
Joven y radical, se ha erigido en la estrella emergente de las primarias, hasta el punto de igualar a Royal en los sondeos. Defiende la intervención del Estado en los bancos y la instauración de un proteccionismo europeo.

MANUEL VALLS
Barcelona (13/08/1962)
Diputado y alcalde de Evry
Compañero de generación de Montebourg, el barcelonés ha hecho un discurso totalmente contrario, anclado en el ala derecha del PS. Se autodefine como el “candidato de la verdad”, frente a las ensoñaciones izquierdistas.

JEAN-MICHEL BAYLET
Toulouse (17/11/1946)
Senador y presidente del Partido Radical de Izquierda (PRG)
El único aspirante no socialista es también el más veterano. Con un discurso de centro-izquierda, en el que no duda en criticar algunos aspectos del programa socialista, su candidatura es meramente testimonial.

viernes, 7 de octubre de 2011

El islam gana terreno en las 'banlieues'

El espacio vacío dejado por la República, lo está ocupando el islam. En los barrios difíciles de los suburbios franceses, la religión está erigiéndose en la práctica en el elemento principal de cohesión social, en detrimento de los valores laicos. Ésta es una de las principales conclusiones de un estudio sociológico realizado en las dos ciudades, Clichy-sous-Bois y Montfermeil, que fueron el foco de la revuelta de las banlieues en el otoño de 2005. Elaborado por encargo del Instituto Montaigne, el trabajo ha sido realizado durante más de un año por un equipo de cinco investigadores dirigidos por el sociólogo y politólogo Gilles Kepel, autor en 1985 de un célebre trabajo sobre el nacimiento del islam en Francia.
En Clichy-sous-Bois y Montfermeil, donde prendió la protesta hace seis años –a raíz de la muerte accidental de dos muchachos perseguidos por la policía-, los investigadores han constatado la presencia de unos síntomas de islamización más acusados que lo que otros estudios y sondeos ofrecen para el conjunto de los suburbios de Francia.

Las personas encuestadas –dos terceras partes de las cuales son de confesión musulmana- expresan en general, según el estudio, una piedad religiosa “exacerbada por el aislamiento geográfico y la adversidad social”. Uno de los síntomas más llamativos de esta deriva es la “explosión del mercado halal” y la paralela deserción de los niños de las cantinas escolares –un espacio de integración social, subrayan- por este motivo. Si los primeros inmigrantes llegados a Francia sólo pedían que no dieran de comer cerdo a sus hijos, éstos –llegados a la edad adulta- han aumentado sus exigencias. Otro síntoma: la mayoría expresa su oposición a un matrimonio con un no musulmán.

El propio relato que los habitantes de Clichy y Montfermeil hacen hoy de los sucesos de 2005 ha sido teñido con elementos de tipo religioso que en aquel momento no eran en absoluto evidentes. Así, es dado como desencadenante de las protestas el lanzamiento de una granada lacrimógena en la mezquita de Clichy, en plena plegaria, por los antidisturbios de la policía. La historia, reescrita.

Uno de los factores particulares que apunta el estudio para explicar esta deriva es el activo trabajo de proselitismo del movimiento tabligh, que empezó a instalarse en los barrios en los años ochenta y que se ganó una legitimidad al conseguir la erradicación de las drogas duras y promover la regeneración moral de los jóvenes a través de una práctica rigorista del islam. Los predicadores lograron lo que la policía –de la que existe más demanda, pero con la que se constata un “divorcio”- no consiguió.

Son justamente la debilidad, las deficiencias, de la República las que favorecen este crecimiento de la religión en la vida pública y social. Y no sólo en materia de seguridad. El primer problema se produce en la escuela. Con un elevado nivel de fracaso escolar –en Francia, cada año abandonan el sistema 150.000 jóvenes sin diploma, la mayoría en las banlieues-, los habitantes de los barrios viven ahí su primera frustración y alimentan sus primeros resentimientos. Percibida como la llave de la ascensión social, el hecho de que la mayoría de los alumnos sean orientados hacia líneas de formación profesional menos valoradas es recibido como una discriminación. “La figura del consejero de orientación es más odiada que la del policía”, constata el estudio.

Mal formados, estigmatizados por su origen, su confesión y su vecindario, alejados geográficamente de los focos más dinámicos del mercado de trabajo, el elevadísimo nivel de paro de los jóvenes de las banlieues -43%- bloquea toda posibilidad de integración. El resentimiento, sin embargo, es aún mayor entre aquellos titulados que no encuentran trabajo y que “devuelven el estigma que sufren en un rechazo radical de Francia y sus valores”, acompañado muchas veces por una “afirmación de los valores islámicos”.
 

El tocho no basta

Los barrios fronterizos de Clichy-sous-Bois y Montfermeil se parecen hoy poco a los del año 2005. El Estado francés ha pasado por allí y ha sustituido las viejas torres de los años sesenta por nuevos edificios residenciales, además de construir una nueva comisaría. Un total de 600 millones de euros han sido invertidos en este rincón de la banlieue este de París, del total de 40.000 millones movilizados por el Programa de Renovación Urbana de 2003. Mucho dinero se ha volcado en los suburbios, sin que los resultados estén a la altura. “La renovación urbanística por sí misma no es suficiente para segurar la cohesión y el desarrollo”, constata el estudio. Los esfuerzos públicos de los últimos treinta años han chocado con esta realidad: el tocho no basta.

La compañera de Hollande, fuera de pantalla

Hasta ahora se había resistido, pero finalmente la periodista Valérie Trierweiler, compañera sentimental del candidato socialista al Elíseo François Hollande, ha decidido suspender el programa político que conducía en el canal de televisión privado Direct 8. La propia interesada lo anunció el pasado martes a través de Twiter con un escueto  comentario, sin esperar al resultado de las primarias del Partido Socialista para elegir a su candidato a presidente de la República en las elecciones de 2012, que se celebran el 9 y 16 de octubre, en las que Hollande es el favorito.
El director de programas de Direct 8, Guy Lagache, confirmó la suspensión del programa de Trierweiler, 2012 Retratos de campaña, y su pase a otro programa todavía por definir pero de carácter no político. La periodista trabaja asimismo desde hace años como cronista del semanario Paris Match. Valérie Trierweiler, de 46 años, y François Hollande, de 57, son pareja oficial desde que el ex primer secretario del PS se separó de su compañera y madre de sus cuatro hijos Ségolene Royal, tras las elecciones presidenciales del 2007, aunque su relación venía de antes.

El caso de Valérie Trierweiler no es el primero. La proximidad entre periodistas y políticos en Francia ha provocado más de un conflicto de intereses de este tipo. En las mismas primarias socialistas, sin ir más lejos, hay otro caso, el de Arnaud Montebourg, cuya novia –la periodista de televisión Audrey Pulvar- se vio obligada también, por deontología profesional, a dejar en suspenso su programa político en el canal i-Télé. Pulvar aceptó al principio con resignación, pero después publicó una crítica tribuna en el diario Libération, en la que denunciaba el sexismo que suponía dar por hecho que las mujeres periodistas no podían sino defender las tesis políticas de sus compañeros.

La primera, e histórica, defección de las pantallas fue la de Anne Sinclair en 1991, en la época la periodista televisiva más famosa de Francia, quien dejó de conducir un popular programa de debate político en TF1 –y a la larga abandonar su profesión- después de que su marido, Dominique Strauss-Kahn, fuera nombrado ministro de Economía.

Después siguieron otros tres casos. El de Béatrice Schönberg, conductora estrella de los telediarios de fin de semana de France 2, que tuvo también que dejar el telediario –en 2006 temporalmente y en 2007 definitivamente- por haber contraido matrimonio con el entonces ministro de Empleo y Cohesión Social, y después de Economía, Jean-Louis Borloo. El de Christine Ockrent, que en 2007 se despidió de su programa de debate político en France 3 tras el nombramiento de su marido, Bernard Kouchner, como ministro de Exteriores. Y el de Marie Drucker, obligada también en 2007 a no presentar más el telediario nocturno de France 3 por ser novia del entonces ministro de Ultramar, François Baroin.

El modelo francés, en peligro

Una impresión de fin de reinado -¿de fin de época?- embarga a los franceses a seis meses de las elecciones presidenciales de 2012. La expresión, reproducida con obstinada regularidad en letras de molde estas últimas semanas, alude al ambiente enrarecido –suma de la crisis económica y la acumulación de escándalos- que está enturbiando la recta final del mandato de Nicolas Sarkozy. Pero no acaba aquí. Más allá de la posibilidad de un cambio político, crece en Francia la sensación de que una era se acaba y de que el modelo francés, sustentado desde la posguerra en un Estado omnipresente y paternalista, va camino de sucumbir lastrado por una deuda pública insostenible y una economía que no consigue arrancar.
La ilusión, el entusiasmo, la esperanza que se vivía en Francia durante los meses previos a las elecciones presidenciales del 2007 –así entre los seguidores de Nicolas Sarkozy como entre los de Ségolène Royal- no se ven hoy por ningún lado. “Sarkozy no puede ganar, pero los socialistas pueden perder”, comentaba días atrás un miembro del equipo del secretario general de la UMP, Jean-François Copé, al caracterizar la situación actual. A diferencia de hace cinco años, se votará sin alegría.

El electorado de derechas, decepcionado, ha dado en buena medida la espalda al presidente francés, a quien todos los sondeos –el último, de ayer mismo- vaticinan una derrota electoral como la de Valéry Giscard d’Estaing en 1981. En el campo de la izquierda, la inminencia de un cambio está lejos de generar ilusión. Que François Hollande, con un discurso de rigor económico, aparezca como el favorito de las primarias del PS para designar su candidato al Elíseo es un síntoma del estado de la opinión. Todo el mundo sabe que, gane quien gane, habrá que apretarse el cinturón.

Hasta ahora libre de los vaivenes de los mercados financieros que han vapuleado a los países periféricos de la Unión Europea –España entre ellos-, Francia le ha visto finalmente las orejas al lobo con los ataques que han sufrido desde agosto pasado los tres grandes bancos del país –BNP Paribas, Société Générale y Crédit Agricole-, que les han hecho perder en lo que va de año entre el 42% y el 55% de su valor en bolsa.

Gigante con pies de barro, Francia sabe que puede ser el próximo objetivo de los especuladores de la deuda soberana. Con un déficit público de los más altos entre los grandes de la UE (5,7% previsto a finales de este año) y una deuda abisal de 1,7 billones de euros (el 86,2% del PIB) –cuyos intereses se llevan todo lo que se ingresa por el impuesto de la renta-, el Estado francés se sabe vulnerable. De ahí que Sarkozy haya convertido el mantenimiento de la nota AAA en una causa nacional.

Pese a la gravedad de la situación, lo cierto es que los recortes decididos hasta ahora han sido muy moderados. Nada que ver con lo que ha pasado en España o en el Reino Unido. En Francia, la medida más radical es la supresión el año que viene de 30.400 empleos públicos –la mayoría, 14.000, en el sector de la enseñanza-, resultado de aplicar la norma, decidida ya en 2007, de reemplazar sólo a la mitad de los funcionarios que se jubilen. El mayor esfuerzo, pese a las promesas iniciales de Sarkozy, es de tipo fiscal: el proyecto de presupuestos del Estado para 2012 prevé recaudar 11.200 millones adicionales, a través de la reducción de un 10% de las desgravaciones fiscales existentes, el aumento del IVA sobre las sodas y el impuesto especial sobre los ricos, que gravará con un 3% adicional las rentas superiores a 500.000 euros anuales. Sólo los maestros han salido a la calle a protestar...

Para que todo ello cuadre, sin embargo, será necesario que la economía crezca el año que viene un 1,75%, una cifra modesta pero que hoy se ve bastante lejana. La economía –con un estancamiento del 0% en el segundo trimestre- no acaba de tirar, el paro –del 9,6%- sigue enquistado y la perspectiva futura augura nuevos sacrificios. El modelo francés, apludido incluso por The Economist en el inicio de la crisis por sus cualidades amortiguadoras, no parece que vaya a resistir mucho más tiempo. Sustentado en un Estado hipertrofiado –con 5,1 millones de funcionarios, lo que representa uno de cada cinco asalariados franceses, y un gasto público del 54% de PIB-, quien más quien menos asume que es insostenible en su estado actual. La única incógnita es dónde se recortará y qué tamaño tendrán las tijeras.