domingo, 25 de mayo de 2014

Europa sin horizonte

Europa será alemana, a falta de ser suficientemente francesa. Y se construirá a espasmos, a falta de un horizonte. Las elecciones al Parlamento Europeo, que culminan hoy, consolidarán la hegemonía política de Berlín. No hay más que ver, para comprobarlo, la desenvoltura con la que se conduce la canciller alemana, Angela Merkel, al marcar el camino para la elección-designación del futuro presidente de la Comisión Europea, que podrá ser –o no– el candidato del partido más votado, pero a quien ya se le está marcando cómo y con quien deberá gobernar. La gran coalición entre conservadores y socialdemócratas que rige Alemania va a trasladarse también a Bruselas, bajo la mirada atenta de la cancillería.

Estas elecciones van a poner a prueba la nueva arquitectura institucional de la Unión Europea y el reforzado papel del Europarlamento, a quien corresponde la última palabra en el nombramiento del presidente de la Comisión. ¿Será respetado por los Estados el espíritu –que no la letra, bastante ambigua– del tratado de Lisboa? ¿O todo seguirá cociéndose de madrugada en las opacas reuniones del Consejo Europeo? Dicho de otro modo, ¿prevalecerá el objetivo de reforzar la legitimidad democrática de la Unión o seguirá siendo básicamente un asunto entre Gobiernos?

El resultado de las elecciones debería también determinar la línea que debería seguir la política económica para sacar a Europa de la crisis, recobrar el crecimiento económico –más átono aquí que en ninguna otra parte del mundo– y disminuir el paro, que en los países del sur alcanza cotas espeluznante. La izquierda aboga por poner fin a la rígida política de austeridad impuesta hasta ahora y fomentar la actividad económica con inversiones, mientras la derecha mantiene la idea de que sólo el saneamiento de las finanzas públicas y la adopción de reformas estructurales pueden cimentar un crecimiento sólido y duradero a largo plazo.

Sin embargo, es difícil imaginar que el advenimiento de un cambio. Los grandes siguen manejando los hilos y los equilibrios de fuerzas en el seno de la UE van a seguir siendo los mismos. La crisis del euro colocó a Alemania al frente del timón –al principio, a regañadientes– porque era el único país con la suficiente potencia y solidez económica para ofrece garantías de estabilidad y apaciguar a los mercados financieros que amenazaban con hacer explotar la zona euro. Y en el timón sigue, sin que su socio histórico, Francia, su cómplice imprescindible en la construcción europea, demuestre el suficiente peso económico –y político– para corregir este desequilibrio.

Nicolas Sarkozy enmascaró su debilidad bajo el paraguas de Merkozy. François Hollande ni siquiera ha conseguido eso. Llegado al Elíseo con la promesa de dar un golpe de timón en Europa, el presidente francés ha tenido que plegarse a la evidencia de que París no tiene ya la fuerza –ni el coraje– para señalar el camino y marcar el ritmo. En su competencia económica con Alemania, Francia ha perdido pie y en una década se ha colocado en una posición subalterna. A nivel político, el rotundo no de los ciudadanos en el referéndum de la Constitución Europea en el 2005, ha maniatado a los dirigentes franceses, coartados por una visión defensiva de Europa.

Hablando de la crisis del euro, hace dos años, Jacques Delors advirtió: “Frente a una crisis, es necesario el bombero, pero también el arquitecto”. Merkel y Sarkozy, primero, Merkel y Hollande, después, respondieron como bomberos. Y, en este sentido, la constitución de la Unión Bancaria –un paso que profundiza la integración de la zona euro– es sobre todo fruto de la necesidad.

Ahora bien, si algo se echa en falta, es una visión, una idea, un proyecto de futuro que le dé a Europa el alma de la que carece. No parece tenerla Angela Merkel, una mujer de la antigua RDA encerrada en una visión demasiado estrecha y economicista. No la tienen tampoco, desde luego, los líderes franceses. No hay más que leer las tribunas publicadas en las últimas semanas por François Hollande (el 9 de mayo) y Nicolas Sarkozy (el 22) para comprobar hasta qué punto carecen de ideas y las propuestas que ponen sobre la mesa son siempre, indefectiblemente, alicortas.

El excanciller Helmut Schmidt, artífice junto al francés Valéry Giscard d’Estaing de los mayores avances de la Unión Europea, emitió un juicio muy duro al respecto. Aludiendo a los primeros europeístas, dijo: “Algunas personalidades, hoy desaparecidas, veían lejos. Ni Merkel ni Hollande se les pueden comparar. Su horizonte de pensamiento no sobrepasa la próxima elección”.


Francia: pulso entre la derecha y la extrema derecha

François Hollande sólo tiene una opción: elegir la mejilla en la que prefiere recibir la bofetada del electorado francés. Los socialistas, que ya recibieron un severo correctivo en las elecciones municipales del pasado mes de marzo, se disponen a sufrir otro. Nadie espera ninguna sorpresa. Todos los sondeos vaticinan que el Partido Socialista (PS) quedará en tercer lugar, con entre el 16% y el 17% de los votos. Un resultado parecido al del 2009, sólo que esta vez los ecologistas –que entonces le igualaron– se han desfondado y no puede atribuírseles la responsabilidad de la derrota. Como atrevido sería cargársela a Manuel Valls, que no lleva ni dos meses como primer ministro.

En estas circunstancias todo se centra en el pulso por la victoria que mantienen el principal partido de la derecha, la Unión por un Movimiento Popular (UMP), y el ultraderechista Frente Nacional (FN), que podría convertirse por primera vez en el partido más votado en una elección de alcance nacional. Casi todos los sondeos apuestan por el triunfo de Marine Le Pen, por un escaso margen de uno o dos puntos. Pero bien podría ser al revés. Para el ex primer ministro François Fillon, poco importa: “Si nos ganan, tendrá una gran fuerza simbólica, pero si quedan justo por detrás nuestro, será igualmente grave”, opina.



sábado, 24 de mayo de 2014

La doble ruptura de Fillon

Durante cinco años, François Fillon (Le Mans, 1954) secundó y ejecutó como primer ministro la política de Nicolas Sarkozy. Discretamente, casi en la sombra. Dos años después de la derrota de la derecha en las presidenciales del 2012 y de la lucha fratricida por el poder en el seno de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) –en la que fue derrotado, en medio de duras acusaciones de fraude, por Jean-François Copé–, Fillon se siente liberado y aborda con determinación la carrera hacia la nominación como candidato de la derecha a la presidencia de la República en el 2017.

“No volveré a optar a la presidencia de la UMP, se acabó. Mi objetivo es recorrer Francia, hablar con la gente y proponer una auténtico programa de ruptura”, explica a un grupo de corresponsales europeos. “Francia es el único de los grandes países europeos –agrega– donde no se ha producido ninguna ruptura en los últimos cuarenta años”. En el Reino Unido estuvo Margaret Thatcher, en Alemania, Gerhard Schröder... ¿Y en Francia? Sarkozy concurrió a las elecciones del 2007 prometiendo también la ruptura. Pero no la consumó. A causa de la crisis financiera, primero –argumenta–, por motivos acomodaticios después. Fillon lo explica con crudeza: “La voluntad de ruptura desapareció en el presidente de la República, que sólo pensaba en la reelección”.

Para no caer en la misma trampa, Fillon se propone –de ser elegido– aprobar y aplicar de forma inmediata una decena de medidas potentes para arrancar la economía: la eliminación de la semana laboral de 35 horas, la financiación de la protección social por el Estado y no por las empresas, la instauración de un nuevo contrato de trabajo o la reducción drástica del gasto público a través de la disminución del número de funcionarios. “Tengo la convicción –dice– de que los franceses están dispuestos a aceptar medidas difíciles, a condición de que sean claras y se ejecuten sin titubeos”.

Lo que haga o deje de hacer Sarkozy no parece preocuparle. En todo caso, no manifiesta ninguna obligación de lealtad hacia el ex presidente, con quien no ha mantenido ningún contacto desde hace un año. La ruptura llegó en el 2013, a causa de la campaña de recaudación de fondos lanzada para cubrir el agujero económico dejado por el rechazo del Consejo Constitucional a las cuentas de campaña de las presidenciales. La utilización política que de ello hizo Sarkozy fue la gota que colmó el vaso. “Yo soy católico, pero la mortificación tiene un límite”, comenta con una sonrisa ladeada. Tras su apariencia de hombre tranquilo y flemático, se esconde un amante del riesgo –que adora pilotar bólidos en el circuito de Le Mans– con un fino y devastador humor británico.

El distanciamiento entre los dos hombres empezó pronto. No sólo por sus diferencias de carácter –“Sarkozy busca la competición y si no existe, la crea”, explica–, sino también por discrepancias en la orientación política. Tras la derrota en las elecciones regionales del 2010. Fillon consideró la posibilidad de dimitir, de renunciar. Pero no lo hizo ¿Por qué? “Es una pregunta que me haré toda la vida”, confiesa. 


“Europa me tentó”

En el 2009, antes de que José Manuel Durao Barrosos se sucediera a sí mismo, Jacques Delors lanzó el nombre de Fillon como posible presidente de la Comisión Europea. “Es una idea que sinceramente me tentó, pero no era posible: a causa de la competencia entre Francia y Alemania, y porque además Sarkozy no quería”, explica. El expresidente francés propuso una personalidad fuerte, como Tony Blair o Felipe González, para presidir el Consejo Europeo. Sin éxito: “Angela Merkel asesinó la idea en tres cuartos de segundo”.




viernes, 23 de mayo de 2014

Europa, frente a la tentación de las fronteras

El Roude-Léiw, que en luxemburgués –la lengua germánica hablada en Luxemburgo– significa León Rojo, realiza cruceros de recreo en la zona fronteriza del río Mosela. En sus escalas figura la ciudad de Schengen, que da nombre a los acuerdos –firmados en 1985 y 1990– por los que se estableció la libre circulación en Europa y la supresión de las fronteras interiores. Veintiséis países forman parte hoy del llamado Espacio Schengen, todos los de la Unión Europea –salvo el Reino Unido, Irlanda, Bulgaria, Rumanía, Chipre y Croacia– más Noruega, Islandia, Suiza y Liechtenstein. La presidenta del partido de ultraderecha francés Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, subió el 16 de mayo al Roude-Léiw y, una vez a las puertas de Schengen, cogió un ejemplar del tratado y lo tiró simbólicamente a una papelera. “La desaparición total de las fronteras es una de las faltas más criminales de la Unión Europea”, sentenció.

Schengen... Probablemente, la mayoría de los ciudadanos europeos no sabe exactamente qué significa tal nombre. Pero en algunos países de la UE es presentado como monstruo de cien cabezas, origen de todos los males. Y fundamentalmente uno: la inmigración extranjera. Así lo esgrime la extrema derecha, los grupúsculos soberanistas e incluso una parte de la derecha republicana. El ex presidente Nicolas Sarkozy, siempre dispuesto a jugar en las fronteras ideológicas del Frente Nacional, publicó ayer en Le Point una tribuna con motivo de las elecciones europeas en la que la propuesta más llamativa era justamente la suspensión inmediata del tratado de Schengen.

En su artículo, pretendidamente europeísta pero en el que revisita todos los hits del discurso euroescéptico –inmigración descontrolada, pérdida de la identidad nacional, burocracia de Bruselas...–, el ex presidente de la República considera que el acuerdo de Schengen no funciona y que es conveniente revisarlo. “Hay que reemplazarlo por un Schengen II, al que los países sólo podrían adherirse después de haber adoptado una misma política de inmigración”. Restrictiva, claro.

Mientras países como España e Italia, confrontados a una creciente presión migratoria en sus fronteras exteriores –así en Ceuta y Melilla, como en Lampedusa–, reclaman un mayor compromiso de la Unión Europea en un problema que es común, y se enfrentan en este sentido a la indiferencia de Alemania –para quien cada palo debe aguantar su vela–, los países adonde se dirige después gran parte de esta corriente migratoria parecen menos preocupados por las fronteras exteriores que por las interiores.

El último informe de la agencia europea encargada de la cooperación en materia de control de las fronteras exteriores, Frontex, presentado la semana pasada, constata un notable incremento de la presión migratoria y de la entrada de inmigrantes ilegales. Según sus cálculos, el año pasado entraron irregularmente en Europa 107.400 personas –entre ellas, 25.000 sirios–, un 48% más que el anterior. mientras que las peticiones de asilo –354.000– aumentaron asimismo un 30%. Y una vez en Europa, ¿qué hacen? ¿dónde van? El mismo informe apunta que el mayor incremento de extranjeros presentes de forma clandestina se ha dado en Francia (+26%) y en Alemania (+24%)

Si Sarkozy denuncia Schengen –en línea con lo que plantea su partido, la UMP, pero aún más radical– es porque, a su juicio, el sistema actual permite “a un extranjero penetrar en el espacio Schengen y después, una vez cumplida esta formalidad, escoger el país donde las prestaciones sociales son más generosas”. “No hemos querido Europa –añade– para que se organice un 'dumping' social y migratorio en detrimento casi sistemático de Francia”. Porque a ver, ¿dónde si no van a querer instalarse los inmigrantes? ¿Qué otro destino puede ser mejor, si hasta los alemanes, para subrayar el colmo de la dicha, hablan de ser “feliz como Dios en Francia”? El temor a ser invadidos por una marea de extranjeros, incluidos aquí los comunitarios, ha arraigado fuertemente en los franceses. Cuando no es el “fontanero polaco” –la amenaza esgrimida en la campaña del referéndum europeo del 2005–, son los gitanos del Este, los 'roms'...

Pero los franceses no son los únicos. Los británicos no van a la zaga. El temor a una avalancha de trabajadores rumanos y búlgaros a partir del 1 de enero de este año fue esgrimida meses atrás por el primer ministro, David Cameron, y sigue presente en el discurso del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP). El problema aquí, sin embargo, no es Schengen. Basta acercarse a la Gare du Nord, en París, y ver las alambradas que protegen las vías del Eurostar para comprobar que el problema de la inmigración supera las fronteras.


“Monseñor Ébola lo arregla en tres meses”

A sus 85 años –de los cuales ha pasado 30 en los bancos del Parlamento Europeo clamando contra Europa–, Jean-Marie le Pen mantiene intacta su natural inclinación a la provocación. La última atañe a la cuestión de la inmigración. Hablando del problema de la “explosión demográfica” en el mundo y las consecuencias que ello puede tener sobre los flujos migratorios hacia Europa, el fundador y presidente de honor del Frente Nacional proclamó: “Monseñor Ébola puede arreglar esto en tres meses”, en alusión a la enfermedad infecciosa que está rebrotando de forma alarmante en el oeste de África. El comentario de Le Pen suscitó las lógicas críticas en Francia, pero también fuera. El populista holandés Geert Wilders –aliado del FN en estas elecciones– lo juzgó “ridículo” y se felicitó de que al frente del partido esté hoy su hija.







jueves, 22 de mayo de 2014

Cuando los trenes no caben en la estación...

Lo de construir un pabellón deportivo para las competiciones olímpicas de voleibol que luego resulta inútil por tener el techo demasiado bajo –fue en 1992, en Barcelona– no es algo que pase únicamente al sur de los Pirineos. Al norte se producen fiascos de dimensiones parecidas. Los franceses descubrieron ayer, estupefactos, que la compañía ferroviaria estatal SNCF había encargado cerca de 2.000 nuevos trenes para la red regional cuyas dimensiones –son 20 centímetros más anchos que los actuales, entre otras cosas para facilitar el acceso de las personas en silla de ruedas– hace que no puedan pasar por numerosas estaciones.

El error obligará a 'limar' un total de 1.300 andenes –el 15% del total– y gastar 50 millones de euros. Los responsables del patinazo lo saben desde hace tiempo. De hecho, las obras de adaptación empezaron el año pasado y en 300 casos ya están incluso finalizadas. Pero lo habían mantenido bien callado. Hasta que ayer el semanario Le Canard Enchaîné lo acabó destapando.

Los nuevos trenes fueron encargados, de acuerdo con las administraciones regionales, en el 2009 para afrontar el notable aumento del número de usuarios de los trenes regionales TER. La SNCF firmó con este fin un contrato-marco por 3.000 millones de euros para la adquisición de cerca de 2.000 nuevos convoyes, de los que hasta ahora se ha formalizado el encargo de 341 trenes: 182 del grupo francés Alstom y 159 del canadiense Bombardier. En ambos casos, los nuevos trenes son 20 centímetros más anchos que los actuales. Demasiado para las estaciones más viejas.

Los máximos responsables de la SNCF, Guillaume Pépy, y de la empresa pública Red Ferroviaria de Francia (RFF), Jacques Rapoport, atribuyeron esta “disfunción” al hecho justamente de que la responsabilidad sobre el mantenimiento de la red y la explotación del servicio de transporte esté separada en dos empresas, sin por ello dar una explicación clara sobre el origen del error. Y trataron de quitarle importancia, subrayando que la compra de nuevos trenes implica siempre una adaptación de la infraestructura.

No fue de la misma opinión el secretario de Estado de Transportes, François Cuvillier, quien calificó lo sucedido de “rocambolesco” y de “cómicamente dramático”, y ordenó a los presidentes de ambas empresas públicas que presenten un informe sobre las causas de este desastre. La ministra de la Ecología, Segolène Royal, consideró “consternante” el error y la ponente general del Presupuesto en la Asamblea Nacional, la socialista Valérie Rabault, pidió incluso la dimisión del presidente de la SNCF. “Somos el hazmerreir de la prensa internacional”, se lamentó.

El líder de la oposición conservadora, el presidente de la UMP, Jean-François Copé, lamentó también un hecho que juzgó “kafkiano”. Pero no cargó las tintas. A fin de cuentas, el contrato data de la época de Nicolas Sarkozy.


miércoles, 21 de mayo de 2014

Sobres para sus señorías

Un nuevo escándalo amenaza con desestabilizar a la Unión por un Movimiento Popular (UMP), el partido de Nicolas Sarkozy, a sólo cinco días de la votación de las elecciones europeas, en las que el gran partido de la derecha francesa podría ser rebasado por el ultraderechista Frente Nacional. El foco del problema se encuentra, en esta ocasión, en el Senado. La fiscalía de París ha abierto una investigación judicial por los posibles delitos de desvío de fondos públicos, abuso de confianza y blanqueamiento, por parte del grupo de la UMP en la cámara alta, según reveló ayer el diario Le Parisien. La instrucción, confiada al juez René Cros, debe clarificar el presunto desvío de 400.000 euros de las arcas del Senado hacia los bolsillos de varios senadores conservadores a través de dos asociaciones políticas de carácter no lucrativo.

La primera señal de alerta la dió Tracfin, la célula anti-banqueamiento del Ministerio de Economía, en junio del 2012, tras haber detectado movimientos sospechosos de dinero entre dos asociaciones políticas: la Unión Republicana del Senado (URS) y el Círculo de Reflexión y Estudios sobre los Problemas Internacionales (Crespi) entre el 2009 y el 2012. La fiscalía encargó entonces una investigación preliminar a la policía judicial, cuyas averiguaciones han llevado ahora a designar a un juez instructor.

Según lo conocido hasta ahora, la URS libró cheques por valor de 210.000 euros a una treintena de senadores de la UMP, y transfirió 70.000 euros más al Crespi. En el mismo periodo, de las cuentas de ambas asociaciones fueron retirados en efectivo 113.000 y 60.000 euros respectivamente. Los investigadores sospechan que ese dinero pudo servir para sufragar gastos electorales de los senadores.

El presidente del Senado,el socialista Jean-Pierre Bel, reaccionó inmediatamente subrayando que la investigación “no cuestiona el correcto funcionamiento presupuestario” de la cámara alta. Otra cosa es la UMP. Un diputado conservador, Lionel Tardy, salió ayer a la palestra para reclamar la “máxima transparencia” sobre el funcionamiento y las cuentas del partido, puestas seriamente en entredicho últimamente por diversos escándalos.

La UMP es objeto de otra investigación judicial por el presunto trato de favor dado a una sociedad especializada en comunicación por parte de la dirección del partido. La citada sociedad, Event & Cie, era filial de una empresa –Bygmalion– de la que son accionistas dos amigos del presidente de la UMP, Jean-François Copé, y presuntamente habría hinchado facturas de la organización de actos electorales. 


martes, 20 de mayo de 2014

Mirando hacia Berlín

La pregunta lanzada por la periodista italiana Monica Maggioni en los últimos minutos del debate de Eurovisión con los cinco candidatos a presidir la Comisión Europea –una pregunta saludablemente incómoda– proyectó una sombra de escepticismo: ¿Y si al final ninguno de los cinco, y en particular los dos únicos con posibilidades –el conservador Jean-Claude Juncker y el socialdemócrata Martin Shulz–, acaba siendo designado presidente del Ejecutivo comunitario? La duda ofende, vinieron a decir, porque ello tiraría por la borda la imagen democrática que la Unión Europea pretende proyectar al mundo y, sobre todo, a sí misma. Pero la duda es legítima. Pues, a pesar de las prerrogativas crecientes del Parlamento Europeo, los Estados siguen manejando los hilos.

El Tratado de Lisboa, en vigor desde el 2009, establece que el nuevo presidente de la Comisión –cargo que José Manuel Durao Barroso deja vacante tras dos mandatos–, debe ser propuesto por los jefes de Estado y de Gobierno “teniendo en cuenta las elecciones al Parlamento Europeo” y obtener después el apoyo de la mayoría absoluta de la cámara. Se deduce que el candidato debería pertenecer al partido ganador de los comicios, pero como bien ha recordado la canciller alemana, Angela Merkel, ello “no es automático”. Ni obligado. Si ningún candidato reúne una mayoría suficiente, todo es posible.

La verdadera cuestion, sin embargo no se reduce al nombramiento. ¿Podrá cabalmente el futuro presidente de la Comisión Europea –como el del Consejo Europeo, por otra arte– tomar ninguna iniciativa de importancia sin telefonear antes a Berlín y París, por este orden? Los cambios introducidos en la arquitectura institucional de la UE no parecen permitirlo. Como tampoco parece propiciarlo la personalidad de los dos principales candidatos, por muy europeístas que ambos sean, que lo son: el luxemburgués Juncker debe su designación como candidato del Partido Popular Europeo (PPE) a los democristianos alemanes y el germano Schulz está prisionero del pacto de gobierno que su partido mantiene en Alemania con los conservadores. En el horizonte parece dibujarse, pues, una versión europea de la Gran Coalición supervisada por Berlín.

De una forma o de otra, la hegemonía prusiana en la nueva Europa surgida de la crisis atraviesa el debate de estas elecciones europeas, ya sea desde un punto de vista económico o político. En el primer caso, la izquierda de todo el continente –más combativamente la izquierda radical liderada por el griego Alexis Tsipras, más moderadamente los socialistas– se opone a la rígida política de austeridad dictada por la cancillería y, como un eco, por Bruselas. En el segundo caso, lo que se cuestiona es eldesequilibrio político mismo que se deriva de la preeminencia alemana. Y ello es particularmente así en Francia.

“En 1940 llegaron con los Panzer, ahora vienen con el euro”, proclamó un euroescéptico francés –germanofóbico– al inicio de la crisis del euro. Con otras palabras, el diario Le Figaro alertaba ayer en su editorial de portada –titulado “Las victorias de Angela Merkel”– del riesgo de que la nueva UE surgida de estas elecciones comporte una “marginación de Francia”. Construida sobre todo por y para los dos hermanos enemigos –cuyas querellas han ensangrentado Europa durante los siglos XIX y XX–, la Europa unida es fundamentalmente un asunto franco-alemán.

Cierto, nada se puede hacer sin la contribución decisiva de los otros grandes: Reino Unido, Italia, España y Polonia. España, en particular, se ha erigido con el tiempo en un aliado fundamental para Francia, el país con el que –al margen de colores políticos y fuera del periodo de José María Aznar, que mantuvo unas relaciones execrables con Jacques Chirac– más coincidencias de puntos de vista y de intereses tiene.

Pero a fin de cuentas Europa depende del motor franco-alemán. El problema es que ya no funciona como antaño –la sintonía de los Schmidt-Giscard y Kohl-Mitterrand es sólo un recuerdo– y que en la pareja cada vez rige menos la divisa castellano-aragonesa de “tanto monta, monta tanto”. Merkozy fue en este sentido un espejismo. Nicolas Sarkozy tuvo un papel moderador fundamental en la pareja que formó con Angela Merkel, a quien logró arrancar algunas concesiones. Pero la batuta la tenía Alemania, y Francia, lastrada por una economía renqueante y una ciudadanía crecientemente euroescéptica, se vio empujada a un papel subalterno. Y ahí sigue. François Hollande llegó en el 2012 anunciando un cambio de rumbo en Europa. El único que ha cambiado de rumbo ha sido él. Vigilado de cerca por Berlín.



domingo, 18 de mayo de 2014

Todos contra Boko Haram

Lo primero es salvar a la chicas, las más de 270 estudiantes secuestradas el pasado 14 de abril en el nordeste de Nigeria por un grupo islamista radical y amenazadas de ser vendidas como esclavas. Lo segundo, establecer una coalición africano-occidental para acabar con los autores de esta acción, la organización terrorista Boko Haram, considerada una amenaza para toda la región. El presidente francés, François Hollande, reunió ayer con este fin en el Elíseo a sus homólogos de Nigeria, Goodluck Jonathan, y de los cuatro países africanos limítrofes –Benín, Thomas Boni Yayi; Níger, Mahamadu Isufu; Chad, Idriss Deby, y Camerún, Paul Biya–, escoltado por el presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy; el jefe del Foreing Office británico, William Hague, y la subsecretaria adjunta de Asuntos Políticos de Estados Unidos, Wendy Sherman.

Si Francia, que ya ha intervenido como gendarme internacional en Mali y la República Centroafricana, ha vuelto a tomar la batuta política en este asunto, pese a que Nigeria es una ex colonia británica, ha sido para forzar la cooperación de los otros cuatro países, todos ellos pertenecientes a la llamada Françafrique, con algunos de los cuales –en particular Camerún– las autoridades nigerianas mantenían hasta ahora unas relaciones execrables.

Los servicios de información militares de Estados Unidos, Reino Unido y Francia trabajan ya desde hace días, en colaboración con el Gobierno de Nigeria, para tratar de encontrar a las chicas secuestradas. Los franceses han puesto asimismo a disposición de las autoridades nigerianas los medios militares que tiene desplegados en Chad y en Níger, pero –como subrayó ayer Hollande al término de la cumbre– no está previsto enviar tropas extranjeras a Nigeria, una posibilidad que este país ha descartado totalmente.

Los países occidentales han presionado fuertemente a Goodluck Jonathan para que se tomara en serio el problema de las chicas secuestradas –al que durante quince días no pareció dar mayor importancia– y, posteriormente, para que aceptara explorar una posible negociación con Boko Haram. Después de que el líder de la organización terrorista, Abubakar Shekau, presentara un vídeo con una parte de las secuestradas y propusiera un canje, las autoridades de Abuya rechazaron todo diálogo. Pero después acabaron abriendo la puerta. La cumbre de ayer sirvió a Hollande para insistir al presidente nigeriano en la necesidad de resolver el problema por la vía de la negociación y evitar una acción militar que –a la vista de la manera de actuar del ejército nigeriano– podría acabar en una masacre.

Pero más allá del caso concreto –y espeluznante– del secuestro de las muchachas, el objetivo de la reunión era poner las bases de una alianza africana para combatir conjuntamente y erradicar a Boko Haram. El presidente francés insistió mucho en esto y subrayó la importancia del “plan de acción a medio plazo” acordado ayer en el Elíseo. Hollande remarcó que Boko Haram mantiene contactos con todos los grupos terroristas que actúan en África, particularmente Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), y consideró que el peligro que representa trasciende las fronteras de Nigeria: “La amenaza es grave, para la región, para África y, en consecuencia, para Europa”, dijo.Francia quiere que Boko Haram, que ya ha sido incluida por Estados Unidos en su lista de organizaciones terroristas, sea también declarada como tal por las Naciones Unidas.

“Estamos aquí para declarar la guerra de Boko Haram”, afirmó al presidente de Nigeria, quien aseguró estar asimismo “plenamente comprometido en la búsqueda de las chicas, estén donde estén”. El presidente chadiano Deby –uno de los principales aliados políticos y militares de París en la zona– llamó por su parte a “acabar con el terrorismo que está gangrenando la región”. Y el camerunés Paul Biya recordó, por su lado, que la organización había lanzado una ataque terrorista esta misma semana contra una instalación petrolera china en su país, en la que murió un soldado.

El acuerdo de la cumbre de ayer prevé el establecimiento de un sistema de intercambio de información multilateral, la constitución de patrullas conjuntas y al reforzamiento de la vigilancia de fronteras. Implantado en el nordeste de Nigeria, de mayoría musulmana, los activistas de Boko Haram buscan refugio en las zonas fronterizas de los países vecinos, en espacial Camerún, donde el año pasado secuestró a varios ciudadanos franceses: una familia de cinco miembros, primero y un sacerdote, después. Todos fueron liberados tras negociarse un rescate. También se acordó que la UE cooperará en el desarrollo de las regiones deprimidas –en las que los terroristas captan a sus adeptos–, así como en defensa de las mujeres.