sábado, 17 de mayo de 2014

Falda para todos

Esto no es Escocia, sino Francia. Tampoco es una pasarela de la semana de la moda en París, sino un instituto de enseñanza media de Nantes, en el Pays de la Loire. Así que no es frecuente ver a hombres –en este caso, adolescentes– airear sus pilosas piernas bajo coloridas faldas. Ayer, sin embargo, eran un buen centenar los estudiantes masculinos del liceo Clemenceau que acudieron a clase vestidos con esta prenda que los siglos han convertido en Occidente en exclusivamente femenina. Con permiso del kilt.

Desafiando el frío –la mañana era fresca– y las posibles chanzas, numerosos estudiantes decidieron secundar la “Jornada de la falda” convocada por un grupo de sus compañeros, con el apoyo de las autoridades educativas, para denunciar el sexismo y las conductas discriminatorias. Todos, chicos y chicas, estaban llamados a vestir falda por igual. Y las chicas tampoco faltaron a la cita, incluyendo aquellas que habitualmente tienden a evitarla para huir de comentarios soeces. Ni siquiera los profesores, algunos de los cuales optaron por los tradicionales cuadros escoceses.

Las airadas protestas de los grupos ultracatólicos, a quienes subleva todo lo que ponga en cuestion su visión tradicional de la familia y el papel que atribuyen a cada sexo, lejos de actuar como freno, funcionaron más bien como acicate. La jornada no sólo fue secundada en el Clemenceau, sino también en una treintena de institutos de la región.

Las organizaciones que montaron las manifestaciones monstruo contra el matrimonio homosexual, principalmente la Manif pour tous –dirigida en la actualidad por Ludovine de la Rochère, quien fuera directora de comunicación de la Conferencia Episcopal–, se han movilizado esta vez enseguida contra lo que perciben como un medio subrepticio de divulgar la llamada “teoría del género”, esto es, la tesis de que la identidad sexual depende de la voluntad de cada cual. Los centros escolares son su campo de batalla.

Los ultracatólicos se manifestaron el jueves en Nantes en contra de la iniciativa de la falda para los chicos y –algunas decenas– volvieron a hacerlo ayer. La policía tuvo que interponserse para evitar inicidentes con un grupo de estudiantes anarquistas.

“Debemos luchar contra el sexismo y éste es un medio eficaz para hacerlo”, reivindicaba uno de los jóvenes con falda. Las chicas valoraron el gesto “valiente” de sus compañeros de clase. La jornada de la falda” nació en el 2006 en otro instituto de Bretaña, cuando un grupo de chicas lanzó la idea para sensibilizar contra las actitudes machistas de sus condiscípulos. Ocho años después, una parte de los chicos parecen haber comprendido.



viernes, 16 de mayo de 2014

Patriotismo económico por decreto

El “patriotismo económico” francés vuelve a la carga. Sin apenas medios legales para influir decisivamente en la operación de venta de una parte de los activos del grupo Alstom, el Gobierno de Manuel Valls puso ayer remedio cambiando la ley y dotándose de hecho de un poder de veto. El boletín oficial publicó un decreto, firmado por el primer ministro, por el cual todas las inversiones extranjeras en los sectores estratégicos de la energía y los transportes –y, de paso, en algunos más– precisarán de la autorización del Ministerio de Economía.

El texto, impulsado por el ministro Arnaud Montebourg y hecho a medida del caso Alstom, entrará en vigor hoy mismo, lo que condicionará decisivamente las negociaciones con los dos potenciales compradores del grupo francés: el norteamericano General Electric y el alemán Siemens. El consejo de Alstom, que se inclina por la oferta estadounidense, se dió hasta el 2 de junio para decidir sobre ambas ofertas. En situación delicada, el grupo francés está decidido a vender a otro operador su división de energía –que supone más del 70% de su cifra de negocios– para pasar a centrarse exclusivamente en el sector de transportes (trenes de alta velocidad, metros y tranvías)

Nada más ser anunciado el decreto, las autoridades de Bruselas dieron ya la señal de alerta. El comisario europeo de Mercado Interior, el francés Michel Barnier, advirtió que la Comisión Europea “verificará” si respeta la legislación comunitaria y no es desproporcionado. “No aseguraremos una buena protección de la industria europea, su desarrollo, con proteccionismo”, añadió.

El decreto del Gobierno francés amplía considerablemente los sectores industriales protegidos por otro decreto anterior, del 2005, que eran básicamente los vinculados a la seguridad y la defensa. Ahora se añaden el aprovisionamiento de energía y de agua, la explotación de las redes y servicios de transporte y de comunicaciones electrónicas, así como la protección de la salud.

“Desde ahora, podemos bloquear cesiones (de empresas), exigir contrapartidas. Es un rearme fundamental del poder público”, declaró en una entrevista en Le Monde el ministro Arnaud Montebourg, enfrentado a la dirección de Alstom por haber negociado secretamente con General Electric a sus espaldas. Pese a los costes que podría representar a nivel del empleo, el patrón de Bercy se inclina por un acuerdo con Siemens, que permitiría –mediante la cesión a Alstom de la división de transporte del grupo alemán– la emergencia de dos grandes grupos industriales europeos. Pero el Gobierno está dividido y todo dependerá de las contrapartidas que los dos potenciales compradores estén dispuestos a poner encima de la mesa. Con el decreto de ayer, Francia ya no necesita mostrarse persuasiva: tiene los instrumentos para imponer sus condiciones.


jueves, 15 de mayo de 2014

Europa busca su centro y su periferia

A Jean-Claude Juncker, candidato del Partido Popular Europeo (PPE) a presidir la Comisión y ex primer ministro de Luxemburgo, se le atragantó el café cuando días atrás le explicaron la osada propuesta que una de las figuras emergentes de la derecha francesa acababa de poner sobre la mesa para el futuro de la Unión Europea. Laurent Wauquiez, quien fuera ministro de Asuntos Europeos con Nicolas Sarkozy, defendía la constitución de un núcleo duro en el seno de la UE, con una integración reforzada, compuesto solamente por seis de los 28 países miembros. En este restringido club estarían básicamente los países fundadores y España, pero quedaría excluido uno de los firmantes del Tratado de Roma, Luxemburgo, al que Wauquiez desdeñó como un “país artificial” y un “paraíso fiscal”...

Evidentemente, la furibunda reacción de Juncker, que llamó a la cúpula de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) para quejarse –obteniendo una desautorización de Wauquiez–, tenía más que ver con el papel reservado a su país que con el hecho de plantear una Europa a dos velocidades. A fin de cuentas, otros lo han hecho antes. Y en esta misma campaña electoral lo ha defendido –sin que, por otra parte, nadie haya osado llamarle la atención– el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing, <CF21>padre</CF> de la abortada Constitución Europea. “La Europa de los 28 va a evolucionar para convertirse en una especie de ONU regional con vocación comercial. En su corazón debe emerger una Europa integrada, más reducida, que sabe exactamente lo que quiere”, ha declarado a L’Express. ¿Qué países la integrarían? Como pista apunta “la Europa de los fundadores, la Europa de Carlomagno, y Polonia”. De España, ni se sabe.

El debate sobre la futura estructura que debe adoptar la UE, dada la imposibilidad manifiesta de profundizar de forma decidida en la integración europea simultáneamente a 28, no es exclusivamente francés. Si bien, en otros países adopta otros contornos. Al otro lado del Rhin, la voz –por ahora minoritaria– del partido Alternativa por Alemania (AdF) defiende el desmantelamiento ordenado de la moneda única o, como alternativa, la dislocación de la zona euro en dos subzonas en función de la capacidad económica de los países: una en el Norte –la del euro fuerte, que equivaldría aproximadamente a la zona de influencia del antiguo marco alemán– y otra en el Sur, con un euro de segunda clase, llamado a ser devaluado. “Más vale tener dos euros que ninguno”, declaró tiempo atrás uno de los principales promotores de esta idea y número dos de la lista de AdF en las europeas, Hans-Olaf Henkel, expresidente de la Federación de Industrias Alemanas.

Por la vía de la moneda se acabarían configurando dos Europas, una central, orbitando en torno a Alemania, y otra periférica. La idea no es nueva. Algunos gobiernos –como el finlandés– la propusieron seriamente en el 2011, en plena crisis del euro, cuando, arrastradas por el caso griego, Italia y España fueron atacadas por los mercados financieros. Los virtuosos de la austeridad y la ortodoxia presupuestaria, los países de la “triple A”, como les gustaba presentarse, querían soltar lastre y abandonar a su suerte a las cigarras del Sur...

Alemania, que es la que ha marcado el paso durante toda la crisis, estuvo seriamente tentada de expulsar a Grecia de la zona euro, algo que el ex secretario del Tesoro norteamericano Timothy Geithner acaba de recordar en un libro y que califica simple y llanamente de “pavoroso”. La oposición de Estados Unidos y de Francia, que en Europa juega un papel clave de gozne entre el Norte y el Sur, salvó aquella situación.

La crisis del euro, haciendo –como siempre en la UE– de la necesidad virtud, ha sido la que más ha hecho por afianzar en la práctica la idea de la Europa de dos velocidades. Con sufrimiento, con desgarros, con una desesperante lentitud, la UE ha conseguido poner las bases de una integración política y económica acentuada, de la que la nueva Unión Bancaria –en proceso de constitución– y el futuro gobierno económico de la zona euro constituyen los pilares. Esta nueva Europa de 18, construida a partir de acuerdos internacionales paralelos –a falta de consenso para abordar la reforma de los Tratados–, está en proceso de devenir el núcleo duro de la UE.

¿Hasta dónde? Está por ver. ¿Puede la zona euro ser el embrión, le punta de lanza, de un proceso federal? No parece fácil. En primer lugar, porque entre los 18 miembros no hay unanimidad al respecto –Francia es el primer freno– y, en segundo lugar, porque los que están fuera no ven con buenos ojos que los demás se les escapen. El Reino Unido, donde está planteado el mismo debate pero en sentido inverso –con la demanda de una recuperación de competencias a nivel nacional y el amago de una eventual salida de la UE–, ve con indisimulado recelo el proceso de reforzamiento de la zona euro.

En un estudio realizado en el 2008 para la Fundación Schuman, Thierry Chopin y Jean-François Jamet mostraban las ventajas de los procesos de “diferenciación”, pero advertían ya de la necesidad de “evitar los clubes”. Y alertaban de dos peligros: la fragmentación excesiva y la división de los Estados miembros.


martes, 13 de mayo de 2014

Una 'quinta columna' en la UE

Un mar de fondo, hecho de desconfianza y miedo, agita las aguas de Europa y amenaza con lanzar, la noche electoral del 25 de mayo, una violenta advertencia a los dirigentes de la Unión Europea. A caballo de una abstención que se presume histórica, los partidos euroescépticos o directamente antieuropeos –en gran medida, pero no únicamente, de extrema derecha– podrían doblar su representación en la cámara de Estrasburgo y obtener alrededor de 200 diputados. Dicho de otro modo: una cuarta parte del Parlamento Europeo podría acabar en manos de una ‘quinta columna’ decidida a sabotear la construcción europea tal como se ha entendido hasta ahora.

Las dos puntas de lanza de este fenómeno son el Frente Nacional (FN) en Francia y el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), en Gran Bretaña, que con un discurso radicalmente antieuropeo podrían acabar siendo los partidos más votados en sus respectivos países y enviar a Estrasburgo una veintena de europarlamentarios cada uno. Una representación similar, aunque sin arrebatar al Partido Demócrata su condición de fuerza más votada, podría obtener en Italia el Movimiento 5 estrellas del controvertido Beppe Grillo.

Llevar como estandarte a Juana de Arco, la heroína mártir que dirigió los ejércitos de Francia contra los ingleses, como hace el FN de Marine Le Pen, no parece la mejor tarjeta de presentación para tratar de forjar una alianza con el UKIP. Para el líder soberanista británico, Nigel Farage, sin embargo, lo más indigesto del FN francés no son tanto sus evocaciones patrióticas de la Doncella de Orléans como su herencia ultraderechista, que hunde sus raíces en la Francia de Vichy. “El FN tiene un bagage, un pasado. Me horroriza el nacionalismo extremo, yo soy un liberal clásico”, ha argumentado para guardar distancias y mantenerse al margen de la coalición antieuropeísta apadrinada por el FN. Y sin embargo, ambos partidos tienen rasgos en común.

Como otras fuerzas emergentes en Europa, el FN y el UKIP se alinean con un radical soberanismo antieuropeo, que reivindica la salida o el desmantelamiento de la UE, la recuperación de una política económica autónoma –y el abandono del euro, en el caso de la extrema derecha francesa–, y un reforzado control de las fronteras frente al fenómeno de la inmigración de masas. Su discurso cala en importantes sectores de la sociedad francesa y británica. Y, en cierto modo, se ve reforzado por los descarados coqueteos euroescépticos de los tories y de una parte de la derecha francesa.

No hace falta que el FN y el UKIP mantengan una sintonía política total en todos los demás ámbitos para estar de acuerdo en estos puntos básicos. Como lo están los otros socios con los que el FN ha conseguido aliarse –el holandés Partido de la Libertad (PVV), de Geert Wilders; el austríaco Partido Liberal (FPÖ), del desaparecido Joorg Haider; la italiana Liga Norte (LN), de Umberto Bossi; el flamenco Vlaams Belang, de Bruno Valkeniers, en Bélgica, y el Partido Nacional Eslovaco (SNS), de Andrej Danko– con el objetivo de tratar de integrar un grupo parlamentario propio. Para lograrlo les hace falta conseguir al menos 25 diputados procedentes de siete países diferentes.

De acuerdo con las proyecciones de los sondeos, todos estos partidos obtendrán representación en Estrasburgo. Como lo consegurián también, a priori, otras fuerzas claramente euroescépticas como la Alternativa por Alemania (AfD) –que propugna dejar de financiar a los países de Europa del Sur–, el Partido del Pueblo Danés (DF), los Verdaderos Finlandenses (PS), los Demócratas Suecos (DS), los neonazis griegos de Alba Dorada (CA), el Movimiento por una mejor Hungría (Jobbik) y el checo Ano 2011.

La pujanza de los grupos extremistas, nacionalistas y populistas se alimentan naturalmente de la crisis económica, el paro y la exclusión social, agravados por la intransigente política de austeridad dictada desde Bruselas y Berlín –y que en algunos países ha despertado un cierto sentimiento antigermánico–, pero también y fundamentalmente por un miedo difuso al mundo de la globalización, percibido como una amenaza económica pero también identitaria, y del que la UE se habría convertido en una suerte de caballo de Troya. De ahí este fenómeno de repliegue hacia la falsa protección del viejo estado-nación.

Eso explicaría, como ha apuntado el politólogo Jean-Yves Camus, director del Observatorio de las Radicalidades Políticas (Orap), que el populismo de extrema derecha no progrese en algunos de los países más castigados por la crisis –“Es el caso de España, Portugal e Irlanda”, subraya–, mientras que sí se produce en algunos países escandinavos, donde apenas hay paro e inmigración extranjera, en lo que constituye –en palabras del sociólogo Erwan Lecoeur– un “extremismo de la prosperidad”.

Para que esta constelación de partidos tan diferentes pudiera conseguir marcar la agenda europea, haría falta que actuaran todos al unísono. Lo cual es harto improbable. Pero su peso puede tener efectos desestabilizadores insospechados. Algunos observadores, como el presidente de la Fundación Schumman, Jean-Dominique Giuliani, llegan a apuntar una posible confluencia de intereses con potencias extranjeras, como Rusia, con quien comparten “un odio común a la UE”. Y advierte: “Los europeos tienen desde ahora verdaderos enemigos a los que combatir”.


Luz verde a los neonazis griegos

El Tribunal Supremo de Grecia autorizó ayer al partido neonazi Alba dorada a presentarse a las elecciones europeas, según anunció el abogado de esta formación política, Pavlos Sarakis. La participación de los neonazis en los comicios europeos había sido puesta en duda por el hecho de que su jefe de filas, Nikólaos Michaloliákos, y otros cinco diputados estén en prisión preventiva acusados de dirigir y pertenecer a una organización criminal. Su detención, así como las investigaciones de la justicia griega sobre otros parlamentarios del partido, es la consecuencia del asesinato en septiembre del 2013 del rapero Pávlos Fýssas a manos de un militante de Alba dorada. Pese a ello, el Tribunal Supremo ha considerado que, a falta de una sentencia condenatoria, el partido podía presentarse a las elecciones. Los neonazis griegos obtuvieron en las elecciones legislativas del 2012 un 7% de los votos, y los sondeos le otorgan entre el 7,5% y el 8% en los comicios al Parlamento Europeo. En cabeza, con el 26,2%, aparece la coalición radical de izquierda Syriza, que dirige Alexis Tsipras.






domingo, 11 de mayo de 2014

Hollande, dos años en la sima

“No tengo nada que perder”. Así lo expresó ayer François Hollande durante una entrevista radiofónica con motivo del segundo aniversario de su elección como presidente de la República, el 6 de mayo del 2012. “No tengo nada que perder”, dijo. Y dijo bien. Porque dos años después de su victoria sobre Nicolas Sarkozy, el presidente francés permanece políticamente instalado en el fondo del abismo. Con un nivel de confianza por parte de los franceses del 18% y una desconfianza inaudita del 78% –lo que le convierte en el presidente más impopular de la V República–, Hollande difícilmente puede ir sensiblemente a peor. Los especialistas de los institutos de opinión dudan de que, haga lo que haga, pueda sin embargo ir tampoco sensiblemente a mejor. Su imagen parece irremisiblemente lastrada por un grave problema de credibilidad: diga lo que diga, los franceses han dejado de creerle.

Las causas de esta desafección, que pasó una cara factura al Partido Socialista en las pasadas elecciones municipales, son múltiples. Un indigesto cóctel integrado por promesas incumplidas, una situación económica degradada –con un crecimiento átono y un paro que ha superado el 10%–, una política fiscal asfixiante, una sucesión constante de patinazos por parte del primer Gobierno –por falta de cohesión y disciplina–, algunos escándalos notables –en particular, el fraude fiscal del ministro de Hacienda, Jérôme Cahuzac–, el ridículo del caso Leonarda o la ruptura sentimental con Valérie Trierweiler tras su affaire con la actriz Julie Gayet –transmitiendo la sensación de un hombre frío, ambiguo y escurridizo–, que ha erosionado gravemente su figura política. Y también su imagen personal.

El balance de su gestión, que había hecho del combate por el empleo la prioridad, se ha saldado con un fracaso. Meses y meses se pasó Hollande prometiendo que la curva del paro se habría invertido a finales del año pasado, Esto es, que en lugar de seguir creciendo, empezaría a bajar. Nada de ello se ha producido, el desempleo apenas ha empezado a estabilizarse. Y cada vez más franceses tienen problemas para llegar a fin de mes. Ahora, Hollande anuncia la llegada de un vuelco en la situación económica. Y todo el mundo mira al cielo...

Si en algo admitió ayer el presidente francés haberse equivocado –tampoco mucho– fue en “no haber ido más rápido” en las reformas, olvidando que él siempre había defendido lo contrario como método. Y que las primeras medidas económicas que adoptó –su “caja de herramientas”– pronto se demostraron insuficientes.
Dos años después de su elección, que él mismo –en un arranque de humildad– atribuyó ayer al “fracaso” de su predecesor más a que los méritos de su propio programa, Hollande aborda la segunda parte de su quinquenato con una apuesta aparentemente imposible: intentar ganar el favor de la opinión pública blandiendo las tijeras. En efecto, después de haber atornillado a los franceses a impuestos –hasta haber alcanzado lo que el propio presidente considera el límite–, ahora toca apretarse el cinturón y reducir el gasto público en 50.000 millones de euros durante los próximos tres años, lo que va a traducirse en la congelación de pensiones, ayudas sociales y los salarios de los funcionarios.

Para llevar a cabo esta cura de adelgazamiento, que va acompañada con un aligeramiento de cargas sociales a las empresas para reforzar su competitividad, Hollande ha elegido como primer ministro a Manuel Valls, el miembro más apreciado del Gobierno, cuya popularidad más que dobla la del presidente, pero también más a la derecha. Y que ha tenido que empezar lidiando con un importante sector del PS que le acusa de traicionar la política de la izquierda.

Mientras, el presidente quiere intentar recuperarse políticamente restableciendo un diálogo directo con los franceses. Así, ayer se estrenó con un ejercicio inusual –una entrevista de una hora en la radio con el periodista más pugnaz de Francia, Jean-Jacques Bourdin (RMC), incluyendo preguntas directas de los oyentes–, y con un almuerzo con un grupo de jóvenes de Villiers-le-Bel, la ciudad de la banlieue norte de París donde en el 2007 se desencadenó una segunda ola de violencia.

Hollande, que pidió ayer “ser juzgado al final” de su mandato, sabe que si fracasa en el problema del paro, su reelección es imposible. Y amagó de nuevo con, llegado tal caso, renunciar a presentarse en el 2017: “¿Cómo quiere que, al final de mi mandato, si he fracasado, pueda decir que tengo la solución para seguir?”. 





domingo, 4 de mayo de 2014

Cuando el tamaño sí importa

A veces, el tamaño sí importa. Y el del grupo francés Alstom, aunque pudiera parecer lo contrario, no está a la altura de los retos de la competición mundial. Así lo ha visto su presidente, Patrick Kron –quien ya lo salvó de la quiebra, con la ayuda del Estado francés, en el 2004–, y también su principal accionista, el grupo Bouygues, que parece ávido de desprenderse del 29,4% del capital. “La vía de una estrategia autónoma, que es la aplicada en los últimos diez años, se ha convertido en arriesgada y peligrosa”, argumentó Kron en una entrevista en el diario Le Monde. La solución elegida, sin embargo, más que una alianza o una fusión, pasará por la venta lisa y llanamente de la parte del negocio dedicada a la producción eléctrica, que representa nada menos que el 70% de la actividad de Alstom. El grupo francés se centrará, así, exclusivamente en el sector del transporte ferroviario.

Frente a sus dos grandes competidores mundiales, General Electric –principal candidato a llevarse la parte del león del grupo francés– y Siemens –el otro aspirante–, Alstom parece más bien escuálido: 20.300 millones de euros de cifra de negocios frente a los 146.000 millones del gigante norteamericano y los 75.000 millones del grupo alemán. “En comparación, Alstom no da la talla”, opina Christopher Dembik, analista de Saxo Bank, para quien el grupo francés, pese a presentar unas cuentas aparentemente saneadas, se enfrenta a graves problemas de liquidez. Toda vez que el valor de sus acciones cayó en la bolsa un 20% el año pasado.

Patrick Kron considera que Alstom, debilitado por el retroceso del mercado eléctrico en Europa a raíz de la crisis del 2008 y la competencia de nuevos actores asiáticos, no tiene ya la capacidad para afrontar los retos futuros en el sector de la energía. Tanto más cuanto que los clientes, como ya sucede en otras ramas de la industria, piden cada vez más un acompañamiento financiero. Lo que Alstom no está en disposición de prestar.

“Y no es sólo una cuestión financiera , es también una cuestión de partes de mercado y de talla crítica”, arguye el presidente del grupo francés en la citada entrevista, donde propone un ejemplo clarificador de la delicada situación actual: “En un año, Alstom ha vendido diez turbinas de gas, mientras que General Electric ha vendido treinta en un trimestre y cuenta con vender 150 en el conjunto del año”, explica.

Fundado en 1928, fruto de la fusión de las empresas Thomson-Houston y la Sociedad Alsaciana de Construcciones Mecánicas (SACM), el grupo francés –inicialmente bautizado Alsthom– ha cambiado numerosas veces de nombre, de accionistas y de actividades, hasta acabar centrado en dos grandes polos: la producción de energía eléctrica y el transporte ferroviario, con su célebre Tren de Alta Velocidad (TGV) como producto estrella. Su salida a bolsa en 1998, paralela a una alianza con el grupo suizo-sueco ABB para fabricar un nuevo tipo de turbuinas de gas –que salieron defectuosas– estuvo a punto de llevarle a la ruina y sólo se salvó después de que, en el 2004, el entonces ministro de Economía, Nicolas Sarkozy, decidiera –con el acuerdo de la Comisión Europea– la entrada temporal del Estado francés en el capital de Alstom.Aquella salvación en fanfarria, sin embargo, no ha servido para consolidar un gran grupo mundial, con la talla crítica suficiente. Y una década después, el problema sigue ahí.

La aproximación a General Electric, que no cuenta a priori con el favor del Gobierno actual –más favorable a una solución europea con Siemens–, es sin embargo absolutamente natural. Ambos grupos no son sólo complementarios, sino que han estado históricamente vinculados. Una de las sociedades fundadoras de Alstom, Thomson-Houston era de hecho una filial de General Electric, que pese a su matriz estadounidense está presente en Francia desde 1881. El nacimiento de GEC-Alstom en 1989 fue fruto asimismo de la fusión con una filial británica de General Electric –GEC Power Systems–. Y de hecho Alstom fabricó durante muchos años turbinas de gas con la patente GE, hasta que en 1998 decidió aliarse con ABB y vendió a General Electric su planta de producción de Belfort...

Como la mayoría de grandes grupos industriales norteamericanos, que conservan gran parte de sus beneficios obtenidos en el extranjero fuera de Estados Unidos –para ahorrarse legalmente impuestos–, GE dispone de una gran liquidez para invertir, de entre 60.000 y 80.000 millones de euros, según diferentes estimaciones. No es el caso de los grupos franceses, objetivo propicio de los inversores extranjeros: la mitad del capital de las 40 principales empresas cotizadas en la bolsa de París (CAC40) está en manos foráneas.


El empleo, en el centro de la discusión

El presidente francés, François Hollande, planteó esta semana a los principales actores del caso Alstom las condiciones que el Estado –que aunque ya no es accionista, sigue siendo un cliente fundamental– reclama para facilitar la operación: la salvaguarda del empleo y el mantenimiento de los centros de decisión en Francia. El grupo Alstom tiene en total alrededor de 92.000 empleados en todo el mundo, de los cuales 18.000 en Francia –sólo un poco más de los 11.000 que tiene General Electric en el país– y 4.000 en España. El objetivo de Alstom es vender toda la división vinculada a la producción eléctrica, repartida entre las sociedades Thermal Power, Renewable Power y Grid, así como una parte de los servicios centrales. En este ámbito, que representa el 70% de la cifra de negocios del grupo, trabaja la mayor parte de la plantilla, esto es, 65.000 personas, mientras que en la división de transporte ferroviario trabajan unas 27.000 personas. 

El grupo norteamericano General Electric, el único que hasta ahora ha presentado una oferta de adquisición en firme –valorada en 12.350 millones de euros–, ha asegurado que no sólo mantendrá los puestos de trabajo, sino que pretende incluso ampliarlos. Sus actividades son muy complementarias respecto a las de Alstom. El grupo Siemens, en cambio, compite directamente con Alstom en todos los terrenos, del eléctrico al ferroviario. Los alemanes, que hasta ahora sólo han presentado una carta de intenciones, proponen quedarse con la división eléctrica y ceder a Alstom su división ferroviaria, lo quedaría lugar a dos grandes grupos europeos. Pero eso, forzosamente, comportará a medio plazo reducción de empleos.




viernes, 2 de mayo de 2014

Soberanismo antieuropeo

Una Juana de Arco aguerrida, con un yelmo en la cabeza, presidía ayer la gran pancarta del tradicional acto del Primero de Mayo del Frente Nacional (FN), cuyo eslógan –en plena campaña de las elecciones europeas– era inequívocamente antieuropeo: “No a Bruselas, sí a Francia”. La Doncella de Orléans, en el imaginario de la extrema derecha francesa, no combate hoy contra los ingleses, sino contra los europeístas, acusados de un crimen de lesa patria al ceder la soberanía nacional a la Unión Europea, una especie de monstruo de mil cabezas que la líder del FN, Marine Le Pen, llamó ayer a “derribar”. En Europa, el soberanismo es esto.

Una decena de alcaldes frentistas recién elegidos, con sus bandas tricolores, mostraban en el estrado el empuje del FN, que en las elecciones europeas del próximo día 25 podría convertirse por primera vez en el partido más votado de Francia. Así lo vaticinan diferentes sondeos, que lo colocan en cabeza –ligeramente por delante de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) y a bastante distancia del Partido Socialista (PS)– con entre el 22% y el 24% de los votos. Marine Le Pen aprovechó el acto del Primero de Mayo para alentar a sus seguidores a votar, instándoles a eludir la “trampa infernal de la abstención”. “Los que no vayan a votar dejarán a los partidarios de la Unión Europea la posibilidad de seguir su obra funesta –arengó–. Cumplid con vuestro deber de patriotas. Es un deber crucial, mucho más de lo que parece. ¡Es el momento de preguntarse sobre le UE y decir basta!”. “¡No me decepcionéis e id a votar!”, añadió.

Escoltada por su padre, Jean-Marie Le Pen –fundador del partido– y su sobrina, Marion Maréchal-Le Pen, la líder del FN se dirigió a una multitud de varios miles de personas –entre 5.300 y 20.000 según la Prefectura de Policía y los organizadores, respectivamente– que se concentraron bajo la lluvia frente a la Ópera y que, entre otros eslóganes, coreaban “¡Estamos en nuestra casa!”.

Un grupo de feministas radicales del grupo Femen intentó, senos al aire, boicotear el inicio del acto al grito de “¡Stop a la unión fascista!”, pero fueron rápidamente reducidas por el servicio de orden y la policía. Militantes del FN les gritaron que se fueran del país, en alusión al origen ucraniano del movimiento.

Le Pen, que se presenta candidata a la reelección como eurodiputada y pretende forjar una alianza en el Parlamento Europeo con otras fuerzas nacionalistas y antieuropeas del continente, defiende sacar a Francia del euro y desmontar la actual Unión Europea. “Derribarla”, dijo ayer. Para el FN, Europa es sinónimo de disolución de la identidad francesa, de pérdida de soberanía, así como la dictadura de la austeridad y paso franco a la inmigración masiva y descontrolada. Todos los males parecen venir de Bruselas, que –según su discurso– somete a Francia como si se tratara de un “pueblo menor de edad”, obligado a pedir permiso para todo, y que convierte al presidente de la República en un “pequeño gobernador” o un “subprefecto de provincia”.

“Si el pueblo francés nos coloca en cabeza, el presidente de la República no podrá ignorar el rechazo a la construcción europea que se habrá expresado”, advirtió Le Pen, quien vaticinó: “Las instancias de la Unión Europea se verán obligadas a interrumpir su loca carrera. La única solución será la disolución de la Asamblea Nacional (francesa) y la convocatoria de nuevas elecciones legislativas para cambiar radicalmente la política nacional”.

La violencia latente del discurso de Marine le Pen se tradujo ayer en un lapsus, cuando la presidenta del FN citó la definición que de Francia hizo en el siglo XVI el poeta Joachim du Bellay: “madre de las artes, de las armas y de las leyes”. Ayer, bajo la efigie guerrera de Juana de Arco, las armas ocuparon el primer lugar.