viernes, 6 de septiembre de 2013

Héroe y traidor

Los franceses le condenaron por traición, los serbios le han aclamado ahora como a un héroe. El ex comandante Pierre-Henri Bunel, de 61 años, apartado del ejército francés hace más de una década y castigado con una pena de cinco años de cárcel por pasar documentos secretos a los serbios sobre los objetivos de la OTAN, fue condecorado ayer por el presidente de Serbia, Tomislav Nikolic, en un acto en Belgrado por haber hecho “prueba de valor” y haber realizado un “acto heróico”.

Pierre-Henri Bunel, que había sido ayuda de campo del general Michel Roquejeoffre durante la primera guerra del Golfo en 1990-1991, era oficial de enlace en el cuartel general de la OTAN en Bruselas cuando, en 1998, pasó documentos clasificados de la Alianza Atlántica a un agente serbio basado en la capital belga, el coronel Jovan Milanovic. En dichos documentos, entregados entre los meses de julio y octubre, constaban los objetivos de los bombardeos aéreos que la OTAN preparaba lanzar contra Serbia para obligar a las autoridades de Belgrado a retirar sus tropas de Kosovo.

Desenmascarado y detenido, en diciembre del 2001 fue condenado por un tribunal militar a cinco años de prisión, de los cuales dos en firme, por un delito de traición e inteligencia con una potencia extranjera. Bunel cumplió sólo 14 meses, tras lo cual fue liberado, pero expulsado del ejército.

Durante el juicio, el ex comandante negó haber actuado por un sentimiento pro-serbio, sino por motivos estrictamente humanitarios. Con su gesto –argumentó–, sólo pretendía que las autoridades serbias se dieran cuenta de que las amenazas de la OTAN iban en serio y evitar así un baño de sangre. Si ese fue realmente su objetivo, fracasó: Belgrado desoyó las advertencias internacionales para poner fin a la represión en Kosovo y en la primavera de 1999 la OTAN lanzó una campaña de bombardeos sobre Serbia hasta que el Gobierno se plegó. La ofensiva, según Belgrado, causó 2.500 muertos.

Apartado del ejército, del que cobra una pensión, Bunel se ha dedicado a escribir libros, sobre la guerra de Serbia y sobre los atentados del 11-S. El ex comandante se ha alineado con las tesis conspiracionistas y ha defendido que el atentado contra el Pentágono fue causado por un misil.


jueves, 5 de septiembre de 2013

Unidos contra el mal

Del viejo Oradour-sur-Glane sólo quedan las piedras y las carcasas calcinadas de algunos vehículos. Eso y un opresor silencio. Todo fue incendiado, arrasado, el 10 de junio de 1944, día trágico en el que fuerzas de la II División de panzers SS Das Reich cometieron el peor crimen perpetrado en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, masacrando a 642 personas, entre hombres, mujeres y niños. Desde entonces, las ruinas intactas de este pueblo del Limousin son un símbolo de la barbarie humana.

Por primera vez en 69 años, un dirigente alemán, el presidente federal Joachim Gauck –en visita oficial de Estado a Francia–, acudió ayer al lugar de la tragedia para rendir homenaje a las víctimas y reconocer la culpabilidad alemana. Su presencia junto al presidete francés, François Hollande –ambos, con las manos entrelazadas– y uno de los tres únicos supervivientes aún vivos de la masacre, Robert Hébras, de 88 años, en la antigua iglesia del pueblo, selló un nuevo peldaño de la reconciliación franco-alemana, ofreciendo una imagen de un simbolismo equivalente al protagonizado por Helmut Kohl y François Mitterrand en 1984 en el campo de batalla de Verdún.

“Este crimen bárbaro y atroz fue cometido por soldados bajo mando alemán. Por eso es doloroso para todo alemán venir aquí, hayan pasado los años que hayan pasado”, declaró en su discurso el presidente germano, quien dijo aceptar “como un regalo” la invitación a visitar el lugar. Joachim Gauck confesó su “espanto profundo” por “la considerable culpabilidad asumida por los alemanes” y dirigiéndose a los supervivientes, les prometió: “Comparto vuestra amargura por que los culpables no hayan tenido que rendir cuentas. Esta amargura es la mía, la llevaré a mi país y no quedaré callado”.

La fiscalía de Dortmund abrió en el 2011 una investigación oficial por crímenes de guerra sobre la masacre después de que se hallaran nuevos documentos al respecto en los archivos de la Stasi –la antigua policía política de la Alemania de Este–, según los cuales uno de los oficiales SS había proclamado: “La sangre debe correr”. Hasta ahora han sido identificados seis soldados vivos de la Das Reich, todos ellos octogenarios, pertenecientes a la compañía que perpetró la matanza. Pero no está claro que la instrucción desemboque en un juicio. François Hollande recordó ayer que Francia nunca logró que los mandos de las SS implicados fueran extraditados.

El 7 de junio de 1944, un día después del desembarco aliado en Normandía, la II División de panzers SS Das Reich –tristemente célebre por las atrocidades cometidas en el frente del Este–, recibió la orden de desplazarse hacia el norte desde su base en Montauban, cerca de Toulouse. Su camino acabaría regado de cadáveres. En Tulle –población de la que Hollande fue alcalde–, el día 8 las tropas de la Das Reich, en represalia por la acción de la Resistencia, colgaron de los árboles de la población a 99 hombres y deportaron a otros 200 a campos de concentración en Alemania.

Al día siguiente, poco después de las dos de la tarde, la tercera compañía del regimiento Der Fürher de la división entró en Oradour-sur-Glane y exigió que todo el pueblo fuera agrupado. Primero separó a los hombres, 190, que condujo a granjas próximas para ametrallarlos. A las mujeres –245– y los niños –207–, los metieron en la iglesia, cerraron la puertas y lanzaron al interior granadas incendiarias. Los que intentaban salir fuerron ametrallados. Sólo seis personas sobrevivieron. Algunos de los verdugos eran soldados alsaciones –franceses, por tanto–, enrolados a la fuerza por Hitler en la Wehrmacht.

No está claro por qué motivo los nazis se cebaron en Oradour-sur-Glane, donde el maquis no había tenido ninguna actividad. El historiador británico Antony Beevor sostiene la hipótesis de que se equivocaron de objetivo, al tratar de vengar la muerte de su comandante, asesinado en Oradour-sur-Vayres, no lejos de allí.

François Hollande rememoró ayer los hechos subrayando que “sólo la verdad funda la reconciliación” y agradeciendo al presidente alemán su presencia: “Usted es la dignidad de la Alemania de hoy, capaz de mirar a la cara a la barbarie nazi de ayer”. En un discurso solemne, el presidente francés glosó la reconciliación franco-alemana –“Es un desafío a la historia y un ejemplo para le mundo entero”, dijo– y a los jóvenes les reclamó un compromiso decidido por el proyecto europeo: “La paz, como la democracia, no son algo adquirido, todo se conquista y se reconquista en cada generación”,afirmó.

Hollande aprovechó la ocasión –la tentación era demasiado grande– para hacer un paralelismo implícito con la situación en Siria. “Nuestra presencia aquí es la promesa de rechazar lo inaceptable allí donde se produzca”, dijo. Y añadió: “El grito (de Oradour-sur-Glane) aún lo escucho, y lo escucharé siempre mientras haya masacres en el mundo”. 


Siria fractura al Parlamento francés

El primer ministro francés, Jean-Marc Ayrault, ya pudo ayer invocar las operaciones militares francesas en Libia y Mali, que no logró concitar la misma unanimidad en el Parlamento. Por el contrario, si la opinión pública francesa es mayoritariamente hostil a lanzar una operación punitiva contra el régimen de Damasco, su representación política está profundamente dividida, como demostró el debate –sin voto– organizado ayer en paralelo en la Asamblea Nacional y el Senado.

Una eventual votación en el Parlamento francés podría tener una salida tan incierta como en la Cámara de los Comunes británica o en el Congreso norteamericano, razón por la cual el presidente François Hollande, que no está constitucionalmente obligado a pedir la autorización de las cámaras para decidir una intervención militar en el exterior, muy probablemente eludirá este escollo.

Jean-Marc Ayrault en la Asamblea Nacional y el ministro de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, en el Senado –ambos literalmente con el mismo discurso–, trataron de convencer a los parlamentarios de lo bien fundado de una intervención militar punitiva y limitada contra el régimen de Bachar el Assad por la utilización de armas químicas contra su propia población. Tras presentar de nuevo las pruebas que han logrado reunir los servicios secretos franceses, ambos expusieron los dos principales argumentos que Francia pone sobre la mesa –tanto a nivel interior como exterior– para justificar la intervención: la necesidad de castigar el uso de armas químicas con el fin de disuadir de su utilización en el futuro y la de forzar a Assad a negociar una solución política a la guerra civil que sangra al país.

“La solución a la crisis siria será política y no militar. Pero miremos la realidad cara a cara, si no detenemos tales comportamientos del régimen no habrá solución política”, afirmó Ayrault, quien defendió la necesidad de que Assad abandone el poder pero recalcó que en ningún caso la intervención militar propuesta –limitada, subrayó– pretende derribar al dictador. “No proponemos la guerra”, subrayó.

El primer ministro no convenció más que a los ya convencidos: la mayoría del Partido Socialista (PS) –donde hay algunos disidentes– y de Europa Ecología-Los Verdes, entre cuyas filas hay también algunos opositores. La derecha y el centroderecha, desde la Unión por un Movimiento Popular (UMP) hasta la Unión de Demócratas e Independientes (UDI) pasando por el Movimiento Demócrata (MoDem), mostraron serias reticencias frente a una operación de este tipo y en cualquiera de los casos manifestaron su oposición a toda operación al margen de la legalidad de las Naciones Unidas. La extrema izquierda –el Frente de Izquierda, que reúne también a los comunistas– y la extrema derecha –el Frente Nacional– están frontalmente en contra de tal acción.

Ayrault trató también de convencer a los parlamentarios de que Francia no se encuentra aislada en este envite, sino que cuenta a priori con la alianza de Estados Unidos y el apoyo previsible de Europa y de los países de la Liga Árabe. La visión, muy optimista en el actual estado de cosas, no oculta el hecho de que la iniciativa francesa está fundamentalmente pendiente de lo que decida el Congreso norteamericano.

Hollande lo ha dejado explícitamente claro: si Estados Unidos, que debería ser la columna vertebral de la coalición internacional, no va, Francia tampoco lo hará. Sencillamente porque no puede. Y optará entonces por reforzar su apoyo militar a las fuerzas rebeldes. No deja de ser irónico que el presidente francés, que defiende las prerrogativas constitucionales que le otorga la V República para decidir en solitario se encuentre en realidad condicionado no por lo que decida el Parlamento francés, sino la Cámara de representantes de EE.UU.

A lo largo de esta semana, Hollande ha multiplicado sus gestiones para tratar de conseguir un apoyo político –ya que no militar– de los países de la Unión Europea, un asunto que acabará de tratarse en paralelo a la cumbre del G-20 en San Petersburgo. Por ahora, sin embargo, los apoyos explícitos son más bien magros: Chipre, Croacia, Dinamarca, Grecia, Letonia, Rumanía... 


martes, 3 de septiembre de 2013

La soledad siria de Hollande

François Hollande se ha quedado solo, muy solo, en la crisis siria. Fuera y dentro. Sin aliados en Europa después de la inesperada defección del Reino Unido –que se añadió al distanciamiento de todos los demás, Alemania, Italia, España, Polonia...–, el presidente francés se encuentra ahora con un aliado dubitativo al otro lado del Atlántico y en la difícil tesitura de tener que depender del voto del Congreso de Estados Unidos para decidir una intervención militar que Francia es incapaz de liderar y aún más de llevar a cabo en solitario. Mientras, las dudas y la oposición crecen en el interior, donde la presión para que una intervención en Siria sea sometida al voto del Parlamento aumenta en proporción a la hostilidad de la opinión pública.

El voto negativo del Parlamento británico y la sorprendente decisión de Barack Obama de dar la última palabra al Congreso norteamericano han cambiado completamente las cartas. Hollande, el dirigente político occidental que con más contundencia y celeridad propuso una acción militar punitiva para castigar al régimen de Bachar el Asad por utilizar armas químicas contra su propia población, se ha visto obligado a echar el freno y a tratar de reforzar la legitimidad política de la intervención. A falta de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, imposible por el bloqueo de Rusia, su única salida es tratar de armar una coalición internacional lo más amplia posible y lograr la adhesión de los franceses. Dos tareas a cual más difícil.

A nivel interior, Hollande se enfrenta a una opinión pública claramente refractaria: el 64% de los franceses –según un sondeo de BVA hecho público el fin de semana– son contrarios a una intervención francesa en Siria. Una proporción similar a la que generó en el 2011 la acción en Libia y que sería fácilmente salvable si existiera la misma unanimidad política que suscitó entonces la intervención contra el régimen del coronel Muamar el Gadafi.

Pero la unanimidad que concitó la acción en Libia –como la de Mali, el pasado mes de enero–, no se da en el caso de Siria. Numerosas con las voces políticas que cuestionan la conveniencia y legalidad de una acción de este tipo, además de subrayar sus peligros. Y que , al calor de lo sucedido en el Reino Unido y EE.UU, presionan para que el Parlamento se pronuncie sobre el asunto,

El Parlamento francés ha sido convocado de forma extraordinaria para debatir la crisis siria mañana, miércoles, pero el debate no debe concluir en ninguna votación. El presidente de la República no precisa de la autorización de las cámaras para ordenar una intervención militar en el exterior: la Constitución francesa sólo obliga al Gobierno a informar en un plazo de tres días después de iniciada la operación y únicamente está obligado a solicitar la autorización si excede los cuatro meses. Hollande no pidió permiso para intervenir en Mali, del mismo modo que Nicolas Sarkozy no lo hizo tampoco en Libia.

Los partidarios de que se vote –tanto entre la oposición como entre la mayoría gubernamental– recuerdan que, bajo la presidencia de François Mitterrand, el primer ministro Michel Rocard sometió a la Asamblea Nacional en 1991 la participación de Francia en la primera guerra del Golfo... Y que el propio Hollande pidió votar –sin éxito– cuando la guerra de Iraq en el 2003, a la que Francia se opuso. La derecha no sabe a qué carta quedarse y algunos de sus máximos dirigentes –como el presidente de la UMP,Jean-François Copé– eluden reclamar el voto en aras del respeto al equilibrio de poderes establecido en la V República. Pero Hollande, en cuyas manos está la decisión, podría someter el asunto al Parlamento una vez reunida una coalición presta a intervenir. El primer ministro, Jean-Marc Ayrault, no lo excluyó ayer tarde.

El jefe del Gobierno reunió en Matignon a los presidentes de las Asamblea Nacional y el Senado, así como a los líderes de las fuerzas políticas parlamentarias para tratar de convencerles de la necesidad de intervenir en Siria. Ayrault mostró documentos de los servicios secretos franceses –desclasificados a tal efecto, aunque no hechos públicos– que demostrarían la responsabilidad del régimen de Asad en la matanza con armas químicas perpetrada en Damasco el 21 de agosto.

Según una nota informativa conjunta de la Dirección General de Seguridad Exterior (DGSE) y la Dirección de Información Militar (DRM), el ataque del 21 de agosto, con el “empleo masivo y coordinado de agentes químicos contra la población” partió de zonas controladas por el régimen y tuvo como objetivo zonas enteramente en manos de la oposición. Su nivel de sofisticación tecnológica, añade, está en manos del Estado sirio pero no de los rebeldes. El espionaje francés da por hecha la muerte de 281 personas, pero sin descartar que puedan haber sido muchas más (Estados Unidos estimó 1.429 muertos)

Los dirigentes de la oposición aceptaron como buenos los argumentos del Gobierno, pero siguieron poniendo en cuestión la legalidad de la intervención respecto al Derecho Internacional.

En medio de este debate, Bachar el Asad amenazó ayer directamente a Francia con represalias en caso de un ataque. En una entrevista concedida al diario francés Le Figaro –y de la que fueron avanzados algunos extractos–, el líder sirio advierte seriamente que “en la medida en que la política del Estado francés es hostil al pueblo sirio, esta Estado será su enemigo (...) Habrá repercusiones, negativas naturalmente, sobre los intereses de Francia”. Asad alerta asimismo del riesgo de que una intervención militar desemboque en una “guerra regional”. “Todo el mundo perderá el control de la situación cuando el barril de pólvora explotará”, vaticina.



lunes, 2 de septiembre de 2013

Estrella de Oriente

Su nombre original, el que le pusieron en el orfanato de Seúl, era Kim Jong-Sook. Todavía lo conserva en sus documentos. En su pasaporte, donde figura como segundo nombre, y en el dossier de adopción que guarda en algún rincón olvidado de su casa. Pero en Francia, el país adonde llegó con sólo seis meses y donde se hizo persona, todo el mundo la conoce como Fleur Pellerin. A sus casi 40 años, la ministra delegada para las Pequeñas y Medianas Empresas y la Economía Digital, primera persona de origen oriental en formar parte del Gobierno francés, se ha convertido en un icono de la meritocracia republicana y de la integración de la diversidad.

En un momento en que se pone en duda en Francia el funcionamiento del ascensor social, la trayectoria de Fleur Pellerin es la demostración de que el sueño aún puede hacerse realidad. Y de que una niña surcoreana abandonada en la calle y adoptada por una familia francesa de clase media puede llegar a lo más alto a base de tesón, esfuerzo e inteligencia. Brillante, enérgica y trabajadora, su cultura y su impecable currículo académico, unidos a su belleza y a su elegancia, han hecho de ella una de las figuras emergentes del Gobierno francés, al que con su imagen fresca y chic  –siempre con tacón alto, labios rojos, falda corta- aporta un aire de juventud y modernidad.

A Fleur Pellerin, su nombre coreano no le gusta especialmente. Más bien lo contrario. Su significado, que pretende ser positivo -“transparente, clara, honesta, buena esposa”-, sugiere sumisión. La ministra prefiere mil veces Fleur, tomado por su madre de una de las protagonistas de la serie de televisión británica “La saga de los Forsyte” –basada en la trilogía de John Galsworthy-, una mujer independiente y con carácter.

Poco o nada hay de Kim Jong-Sook, al margen de sus rasgos asiáticos, en Fleur Pellerin, que nunca se ha sentido coreana y que observa su tierra de nacimiento como un “país extranjero”. Cuando se mira en el espejo no ve a una oriental, sino a una francesa cien por cien. “Yo siempre me he sentido francesa, occidental, incluso físicamente –ha explicado ella misma-, yo nunca tuve la impresión de ser diferente, nunca me lo hicieron sentir”. Bueno, lo cierto es que un poco sí, cuando algunos compañeros de la escuela la llamaban “la china”. Y también de mayor. ¿No hay, en cierto modo, un sustrato xenófobo en el hecho de que sus periódicos accesos de cólera le hayan valido el sobrenombre de Pol Pot? La diferencia que uno no ve, que uno no siente, se observa muchas veces en la mirada de los demás…

Probablemente por esta razón acabó ingresando en el Club Siglo XXI, una asociación que reúne a las élites francesas de lo que pulcramente se ha venido en designar como “minorías visibles” y que busca promover su reconocimiento social. Poco favorable a las medidas de discriminación positiva o a las cuotas, Fleur Pellerin se ha comprometido sin embargo a fondo en el combate de la integración de la diversidad. Entre el 2012 y el 2012 lo hizo al frente de la presidencia del club, cargo en el que le precedieron otras dos ilustres ex ministras de la derecha, Rachida Dati y Rama Yade.

Fleur Pellerin nunca había estado en su país natal hasta este año. Lo hizo por primera vez el pasado mes de marzo. Pero no hubo en ese gesto nada personal. Viajó como ministra y con motivo de una visita oficial. Exclusivamente, conscientemente. La enorme expectación que su presencia suscitó en Corea del Sur –que ya había celebrado su nombramiento en el Gobierno como un éxito nacional- contrastó fuertemente con la frialdad y la distancia con que la ministra encaró el reto. ¿Una manera de autoprotegerse? Probablemente. “Yo vengo en misión oficial”, tuvo que repetir cada vez que alguien le preguntaba por sus sentimientos o motivaciones personales.

Una nube de fotógrafos y cámaras de televisión siguieron sin descanso a Fleur Pellerin durante su estancia en Corea, donde fue tratada como una estrella hollywoodiense –“¡Podría plantearme una segunda carrera como actriz!”, bromeó ella misma, estupefacta ante la locura mediática desencadenada en torno suyo- y donde tuvo derecho a entrevistarse con las más altas personalidades del país: la presidenta de la República, Park Geun-hye; el primer ministro, el alcalde de Seúl, el patrón de Samsung y hasta el célebre Psy, el rey del Gangnam Style, quien se hizo fotografiar con ella.

Fleur Pellerin no tiene, o no aparenta, ningún interés por su pasado surcoreano. No siente ningún vínculo con su país de origen, con su cultura o sus tradiciones, y menos aún con su lengua. A diferencia del senador ecologista Vincent Placé  -otro niño surcoreano adoptado en Francia-, la ministra de las pymes no quiere saber nada de sus orígenes familiares, no quiere indagar sobre la identidad de sus padres biológicos. Para ella, padres sólo tiene dos: Joël Pellerin, doctor en física nuclear, y Annie, ama de casa.

Nacida el 29 de agosto de 1973, la Corea en la que Fleur Pellerin vio la luz –recién salida de la larga y sangrienta guerra con el norte- estaba lejos de ser el tigre asiático que es hoy. La pobreza imperaba y muchos niños fueron abandonados en aquella época a falta de medios para alimentarlos. En Francia le esperaba sin duda una vida mejor, pero tampoco muy acomodada. Sus primeros años los vivió en Montreuil, una ciudad modesta de la banlieue este de París, y sólo después se trasladó a la burguesa Versalles, cuando se incorporó a la familia su hermana Jade, también surcoreana adoptada.

Si la situación de la familia mejoró fue gracias al esfuerzo y al riesgo, dos lecciones que le quedaron grabadas. Su padre, empleado en el mundo de la investigación, abandonó su trabajo para montar su propio negocio de distribución de material de investigación médica, lo que consiguió hipotecando la casa y apretándose el cinturón. Durante un tiempo la carne desapareció del menú… “Esos recuerdos marcan”, dice.

La ascensión de la ministra fue fruto asimismo de su esfuerzo. Tras obtener el Bachillerato a los 16 años, entre 1991 y el 2000 encadenó estudios en los centros más prestigiosos del país, donde se forman las élites de la República: la escuela de negocios ESSEC, el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po) y la Escuela Nacional de Administración (ENA), donde integró la promoción Averroes. Multilingüe, domina el inglés –algo poco frecuente entre los políticos franceses- y el alemán, y habla algo de japonés, fruto de varios stages realizados durante sus estudios en Japón.

A la salida de la ENA, con 26 años, integró el Tribunal de Cuentas, donde acabaría alcanzado la categoría de consejera, mientras en paralelo, entre el 2001 y el 2006 actuó como auditora externa para la ONU en Iraq, Nueva York y Ginebra. Podría haber realizado una brillante carrera de alta funcionaria, si no le hubiera picado el virus de la política. Su primera incursión data del año 2002, cuando colaboró en el equipo de campaña del entonces primer ministro socialista Lionel Jospin, en cuyo equipo trabajó a las órdenes de Pierre Moscovici, hoy su jefe en tanto que ministro de Economía.

El desastre electoral de Jospin, batido contra todo pronóstico por el ultraderechista Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, no le empujó sn embargo a abandonar. En el 2007 volvió a participar, esta vez junto a Ségolène Royal, en una campaña presidencia. Y en el 2012 reincidió con François Hollande, de quien su marido, el consejero de Estado Laurent Olléon -actual director adjunto del gabinete de la ministra de Marylise Lebranchu, ministra de para la Reforma del Estado, la Descentralización y la Función Pública-, es un colaborador de mucho tiempo atrás.

Con Laurent Olléon, Fleur Pellerin ha formado lo que en Francia se llama una « familia recompuesta », integrada por los dos hijos de su marido y una hija propia de nueve años, Bérénice, fruto de un primer matrimonio. Juntos residen en un amplio loft en la ciudad de su infancia, Montreuil, que la ministra tiene parcialmente decorado con copias de cuadros de Edward Hopper o David Hockney realizados por ella misma. Fleur Pellerin, cuya afición a la pintura le viene de muy lejos –lo mismo que al piano, que estudió durante diez años-, siempre ha tenido una acentuada fibra artística.

Miembro del equipo de Hollande, Pellerin se encontraba a priori muy bien situada para incorporarse al Gobierno tras la victoria del 6 de mayo del 2012. Tenía las competencias para ello. Pero también, como ella misma admite, un cúmulo de circunstancias favorables: “Yo cubría todas las casillas: mujer, joven, diversidad… Yo tenía más posibilidades que un hombre blanco de 40 años”, ha reconocido. Por una vez, su otro yo, Kim Jong-Sook, jugó a su favor.

LA VANGUARDIA MAGAZINE 01/09/2013





domingo, 1 de septiembre de 2013

De La Fayette a los Tomahawk

Representa la llama de la libertad, pero podría parecer una cabellera rubia. Sea por esta analogía, o porque simplemente no había mejor lugar para hacerlo, el caso es que cientos de turistas acuden cada año en laica peregrinación al monumento que se levanta en la embocadura del Pont de l’Alma, en París, a depositar ramos de flores, dibujos o pequeños escritos en homenaje a Diana de Gales, que perdió la vida en un violento accidente de tráfico en el paso subterráneo del mismo nombre el 31 de agosto de 1997 cuando huía de los paparazzi.

Pocos se fijan en el detalle de que el monumento no fue erigido en recuerdo de la malograda Princesa del pueblo sino que, inaugurado por Jacques Chirac en 1989, celebra la amistad franco-americana. Y que la llama es, en realidad, una réplica de la llama de la estatua de la Libertad de Nueva York, construida en Francia y enviada al otro lado del Atlántico en 1886 como un obsequio del pueblo francés por el centenario de la independencia americana.

La historia de la tumultuosa amistad entre Francia y Estados Unidos es tan antigua como el propio país, en cuya guerra de independencia contra el Reino Unido los franceses tuvieron una contribución fundamental. “¡La Fayette ¡aquí estamos!”, proclamó el coronel norteamericano Charles E. Stanton el 4 de julio de 1917 en París ante la tumba del general francés que combatió a los ingleses junto a los norteamericanos y mereció el calificativo de “héroe de los dos mundos”. Los estadounidenses acababan de devolver el favor entrando en guerra contra Alemania al lado de Francia, lo que volverían a hacer en la Segunda Guerra Mundial.

Nada de sorprendente debería tener pues en principio que Francia, el “más antiguo aliado” de Estados Unidos –como recordó el secretario de Estado, John Kerry, el viernes–, se encuentre de nuevo codo con codo con los norteamericanos en la crisis de Siria. Para Kerry, que además de conocer bien la historia de su país habla francés y tiene vínculos familiares en Francia –en Saint-Briac, en Bretaña, tiene un primo hermano, el ex ministro Brice Lalonde–, este vínculo es natural. Sin embargo, las relaciones entre ambos países han sufrido periódicamente graves desencuentros.

Uno de los más notorios se produjo en 1966, cuando el general De Gaulle, que mantuvo históricamente una desconfianza mutua con los dirigentes estadounidenses, decidió retirar a Francia del mando integrado de la OTAN con el fin de recuperar una soberanía plena en política exterior. Su decisión comportó la salida de Francia de 27.000 soldados y 37.000 empleados civiles norteamericanos, así como la evacuación de treinta bases militares.
El impacto de esta crisis fue, pese a todo, menor que la que enfrentaría a ambos países a causa de la guerra promovida por George W. Bush contra Iraq en el 2003, a la que Francia, de la mano de Jacques Chirac –quien sin embargo se habia alineado con Washington en el caso de Afganistán– se opuso frontalmente. Los ataques lanzados contra los franceses desde el otro lado del Atlántico fueron de una gran ferocidad y las relaciones entre ambos países entraron en una era de glaciación. Hasta las patatas fritas, las french fries, fueron temporalmente rebautizadas –como freedom fries– en represalia.

El advenimiento de Nicolas Sarkozy en el 2007 cambió radicalmente las cosas. Calificado por los propios servicios diplomáticos estadounidenses como “el presidente francés más pro-norteamericano desde la Segunda Guerra Mundial” –según revelaron los documentos difundidos por Wikileaks–, Sarkozy se empleó a fondo en restaurar el vínculo trasatlántico y en el 2009 reintegró a Francia en la estructura de mando de la OTAN. Una decisión de una gran fuerza simbólica. El ex presidente francés hizo también algo más: rompió con el tradicional antiamericanismo de la derecha francesa, una actitud hasta entonces de buen tono entre el gaullismo y la izquierda.

En cierto sentido, François Hollande está protagonizando ahora un viraje similar en el campo de los socialistas. El nuevo presidente de la República ha mantenido a Francia en el mando integrado de la Alianza Atlántica –pese a que el PS votó en contra del retorno– y ahora ha decidido alinearse militarmente con Barack Obama para lanzar una operación militar contra el régimen sirio, aún sin los británicos...
Mientras los mitos políticos caen, la grana del cine hollywoodiense, con Michael Douglas a la cabeza, se pasea estos días en Normandía para participar en el Festival de cine americano de Deauville, una cita que lleva 39 años desafiando los prejuicios.





Seísmo en la cúpula de Renault

El puesto de número dos en el grupo Renault tiene un asiento eyectable. En poco más de dos años, sus dos últimos ocupantes han sido lanzados de manera fulminante al exterior por el todopoderoso presidente del grupo, Carlos Ghosn, sin que sus respectivos ceses hayan tenido nada que ver con la crisis del sector del automóvil y la caída general de las ventas, especialmente acusada en Europa.

El último en ser expulsado ha sido Carlos Tavares, director general delegado de operaciones, destituido después de haber expresado públicamente sus ambiciones de ser número uno y haberse ofrecido incluso a otros fabricantes. Su destitución, presentada oficialmente como un cese “de común acuerdo”, causa un nuevo seísmo en la cúpula del grupo cuando apenas habían empezado a cerrarse las heridas del despido de su antecesor, Patrick Pélata, en mayo del 2011, sacrificado a causa del escándalo de la falsa acusación de espionaje lanzada contra tres directivos.

Muestra de la precipitación con que ha sido tomada la decisión, anunciada en un breve comunicado el pasado jueves, a la vuelta de vacaciones, es el hecho de que Renault no nombra por el momento a ningún sustituto, sino que Carlos Ghosn vuelve a asumir temporalmente todas las atribuciones que estaban delegadas en el número dos, a la espera de una reorganización de la cúpula del grupo.

Nacido en Lisboa hace 55 años, Carlos Tavares era un ingeniero unánimemente reconocido en Renault, donde entró a trabajar en el año 1981. Su ascenso en la dirección empezó en el 2001, cuando asumió la dirección del programa de vehículos de gama media. Cuando fue llamado por Ghosn a su lado, era vicepresidente ejecutivo de Nissan –de la que Renault es el principal accionista (43%)–, encargado de América.

Su gestión al frente de la dirección general operativa es valorada dentro y fuera de la empresa. No ha sido pues ésta la razón de su partida, sino su aspiración de gozar de una mayor autonomía y atribuciones. El detonante de la crisis fueron unas declaraciones efectuadas por Tavares a la agencia Bloomberg el pasado 14 de agosto, en las que expresaba sus ganas de desprenderse de toda tutela. “Toda persona apasionada por la industria del automóvil llega a la conclusión de que hay un momento en que uno tiene la energía y el apetito para convertirse en el número uno”, afirmaba Tavares, quien aún añadió que su experiencia profesional sería buena “para cualquier fabricante”. “¿Por qué no General Motors?”, se preguntó.

Las declaraciones causaron estupefacción en Renault y no únicamente en la dirección, sino también entre los sindicatos, escandalizados por el comportamiento de un dirigente que pedía a los trabajadores “lealtad, fidelidad y compromiso” con la empresa y el grupo.