miércoles, 19 de junio de 2013

Sobrevivir con orina y dentífrico

Abu Kurke, etíope de 25 años, tiene la muerte grabada en la retina. Él es uno de los únicos nueve supervivientes de la patera que durante quince días –entre el 26 de marzo y el 10 de abril del 2011– navegó a la deriva frente a las costas de Libia sin que nadie le prestara socorro. Abandonados a su suerte, 63 inmigrantes africanos –entre ellos, veinte mujeres y tres niños– perdieron la vida. Ahora, apoyados por varias organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos, Abu Kurke y otro superviviente han presentado sendas denuncias contra los Estados de España y Francia por denegación de auxilio. Buques de guerra de ambos países surcaban aquellos días las aguas de Libia, donde acababa de empezar la intervención militar internacional contra el régimen del coronel Muamar el Gadafi.

La embarcación de los infortunados inmigrantes, que al cabo de una semana se quedaron sin agua ni víveres, lanzó dos mensajes de socorro a través de un móvil vía satélite, que los guardacostas italianos reenviaron a todos los buques en la zona. Durante su trágica deriva, la zodiac en la que intentaban ganar Europa se cruzó con un avión de patrulla francés –que les fotografió y envió la imagen a las autoridades marítimas italianas–, un helicóptero militar –que les lanzó agua y galletas para no regresar nunca más–, un buque de guerra no identificado y dos barcos pesqueros. Nadie hizo nada por rescatarles y poco a poco, uno tras otro, los ocupantes de la patera fueron muriendo. Dos de ellos fallecieron en tierra, después de acabar su viaje embarrancando de nuevo en una playa libia.

“Algunos cayeron al agua arrastrados por el fuerte oleaje, pero la mayoría murieron de sed y de hambre”, explicaba ayer en París Abu Kurke, quien resistió la tentación –fatal– de beber agua de mar, al contrario de lo que hicieron, desesperados, muchos de sus desdichados compañeros de infortunio. “Yo sobreviví bebiendo mi orina, que guardaba en una de las botellas de agua vacías, y comiendo un poco de pasta dentífrica”, añadió.

Nadie conoce a ciencia cierta la nacionalidad del buque militar ni del helicóptero avistados por los náufragos. Pero, a partir de sus testimonios, y de las observaciones de satélite, las organizaciones denunciantes –con la Federación Internacional de ligas de Derechos del Hombre (FIDH) a la cabeza– creen que el navío más cercano a la patera, a unos 44 kilómetros, era la fragata española Méndez Núñez. El portaaviones francés Charles de Gaulle, según sus cálculos, tampoco debía andar muy lejos...

"Se trata de un crimen de guerra, sin ninguna duda”, aseguró el abogado español Gonzalo Boye, que representa a los supervivientes en España. Ayer mismo formalizó la presentación de una querella criminal ante la Audiencia Nacional contra las autoridades militares españolas. Sus colegas franceses han presentado por su parte una demanda con constitución de parte civil, después de que una primera denuncia fuera archivada en el 2012 por la fiscalía. Una demanda similar está ya presentada en Italia y otra lo será pronto en Bélgica.

Asilado en Holanda, donde se ha casado y tenido un hijo, Abu Kurke aspira a que la acción de la justicia pueda evitar una nueva tragedia. Lo que ningún tribunal podrá impedir, sin embargo, es que el horror le siga asaltando cada noche en sus sueños.



martes, 18 de junio de 2013

La ultraderecha se impone por segunda vez al PS

La primera vez pudo parecer un exabrupto aislado. La segunda, ya no. Por dos veces en los últimos tres meses, el Partido Socialista (PS) francés ha sido derrotado por el ultraderechista Frente Nacional (FN) en unas elecciones parciales a la Asamblea Nacional. El 17 de marzo, en la segunda circunscripción del Oise, la candidata socialista quedó cinco puntos por detrás de su rival frontista (21% a 26% de los votos) y quedó eliminada en la primera vuelta. El domingo pasado, la historia se repitió en la tercera circunscripción de Lot-et-Garonne: un joven candidato del FN, de 23 años, descalificó a su vez en la primera vuelta al aspirante del PS, al que venció por 26% a 23,7% de los votos.

Los socialistas han recibido con inquietud esta nueva bofetada, una inquietud creciente pues el PS lleva ya cinco elecciones parciales consecutivas perdidas –con lo que su número de diputados ha bajado otro tanto, hasta 292–. Pero oficialmente se ha querido atribuir el resultado del domingo al desgaste del escándalo provocado por el exministro del Presupuesto Jérôme Cahuzac –obligado a dimitir por fraude fiscal–, toda vez que la elección fue en su antiguo feudo.

Sin embargo, hay una corriente de fondo. El descontento y el malestar causado por la crisis económica, el desengaño ante la acción del presidente François Hollande, el descrédito de la política, están alimentando el apoyo electoral al nuevo Frente Nacional de Marine Le Pen, que gana tanto más peso cuanto que crece también en paralelo la abstención. Los sondeos de las elecciones europeas del 2014 otorgan al FN una expectaiva de voto del 18% al 21%, empatado o por delante del PS.


Ataque xenófobo contra chinos

Seis estudiantes chinos, inscritos desde el pasado mes de marzo en un curso de enología en la zona vitivinícola de Burdeos, fueron víctimas la madrugada del sábado de una agresión xenófoba. Tres jóvenes, en estado de embriaguez, llamaron a la puerta del domicilio de los seis estudiantes, en el pueblo de Hostens, y provocaron un altercado. En un momento dado, los tres individuos entraron por la fuerza en la casa y golpearon a los estudiantes chinos. Una chica resultó seriamente herida en la cara con una botella de champán. Detenidos, el juez les ha imputado por violencia agravada en grupo, con arma y de “carácter xenófobo”. La embajada de China ha reclamado a París que garantice la seguridad de sus ciudadanos.









lunes, 17 de junio de 2013

La patria del mal humor

"Los franceses son italianos malhumorados”, dijo una vez el escritor Jean Cocteau, definiendo con provocadora lucidez uno de los rasgos más arraigados del carácter francés. El mal humor forma parte sustantiva de la identidad nacional, que –en este caso– encuentra su más perfeccionada expresión en el parisino, un ejemplar particularmente desabrido y hosco. Todo aquel que haya visitado alguna vez París como turista –y más aún quien haya residido en la ciudad– se ha encontrado con toda seguridad y en más de una ocasión con malas caras y peores maneras. La mala educación, la brusquedad, la agresividad, son moneda corriente.

“¿Se puede ser amable y francés al mismo tiempo?”. se preguntaba hace poco con ironía en la edición francesa de The Huffington Post el periodista Stanislas Kraland, que firmaba un artículo sobre la Jornada de la Gentileza que impulsa cada año, desde el 2009, la revista Psychologies Magazine. En el artículo, el filósofo Emmanuel Jaffelin –autor del libro "Elogio de la gentileza"– constataba la resistencia de los franceses a asumir este principio de comportamiento: “Es más difícil que en otros países. La culpa es de la Revolución francesa, que inscribió en nuestro ADN un igualitarismo radical. Pensamos que uno se rebaja al dar, cuando dando uno se engrandece”.

La amabilidad, la cordialidad, la fraternidad –tercer principio y el más olvidado de la divisa revolucionaria– tienen poca cabida en el carácter nacional. Probablemente fruto de su pesimismo legendario, el francés es un eterno descontento, un râleur, un gruñón que se queja todo el rato de todo, que expresa su disgusto ostensiblemente y avanza por la vida a empellones, sobre todo al volante.

Buena parte de los franceses, según un sondeo realizado por TNS Sofres en el 2010, ve la amabilidad con desconfianza: el 45% confiesa tener miedo de ser engañado o ser tomado por un imbécil si es más amable. La mayoría reserva asimismo la fraternidad para la familia (73%) y los amigos (63%), con lo que apenas quedan unas migas para los vecinos (36%) y ya no digamos para los desconocidos.

París, tan romántica y elegante, puede ser también una ciudad muy antipática. Situada entre las ciudades mejor valoradas del planeta, la percepción de la capital francesa cae sin embargo en picado cuando se trata de valorar la calidad de la acogida, hasta el punto de que el Ayuntamiento decidió en el 2007 organizar una jornada anual del turismo para convencer a los parisinos de la conveniencia de ser amables con los visitantes... Especialmente los taxistas y los camareros, que parecen seguir a rajatabla lo que Marion Cotillard espetaba en broma a Russell Crowe en la película "Un buen año": “No lo olvide, estamos en Francia, aquí el cliente nunca tiene razón”.

De entre todos los visitantes extranjeros, quienes peor soportan este trato son los japoneses. Herederos de una cultura donde la cortesía es un valor fundamental, muchos japoneses sufren un shock al tratar con los franceses y algunos incluso deben ser repatriados. El cuadro clínico del que son víctimas fue bautizado por el psiquiatra Hiroaki Ota, del hospital Sainte-Anne de la capital francesa, como Síndrome de París.

“El francés es un protestón, un descontento, un crítico insatisfecho, un oponente”, escribía Josep Plan en los años veinte, cuando fue enviado por el diario La Publicitat como corresponsal a París. El escritor ampurdanés, con su afilada agudeza, describía de este modo el trato con los parisinos: “La fraternización es escasa. Todo puede endurecerse. La cortesía es fría y externa, de un rígido mantenimiento de las distancias y las jerarquías”. Casi un siglo después, sigue siendo así.


viernes, 14 de junio de 2013

Catalunya, en la órbita de Francia

“Necesitamos un código europeo, un tribunal de casación europeo, una misma moneda, los mismos pesos y medidas, las mismas leyes; tengo que hacer de todos los pueblos de Europa el mismo pueblo, y de París, la capital del mundo”. Eufórico en vísperas de la campaña de Rusia, que le conduciría definitivamente al desastre, Napoleón expresaba con estas palabras al esquinado Fouché la dimensión de su desmesurada ambición.

Corría el año 1812 y casi toda Europa estaba bajo las botas francesas. Persuadido de pasar a la historia como el liberador de los pueblos europeos, sometidos al oscurantismo por las rancias monarquías del antiguo régimen, adalid de la igualdad de derechos entre todos los hombres –valor de la Revolución francesa que exportó con su Código civil-, el emperador era percibido en realidad por toda Europa como un opresor (¿no fue apodado el ogro?), un tirano que había hecho de la conquista su razón de ser y de la fuerza de las armas, su único argumento. En el cénit de su poder, el Águila no supo ver en el levantamiento del pueblo español en 1808 –inicio de su declive militar-, o en las revueltas populares de Calabria (1806) y del Tirol (1809), a las que seguiría la sublevación de los alemanes en 1813, los signos de una dramática fractura entre sus ensoñaciones megalomaníacas y la realidad.

¿Tenía Napoleón una visión de Europa? ¿un proyecto para el continente? Más allá de la magnificencia de sus proclamas, no parece tan claro. “Napoleón no tenía una visión, sino visiones, actuaba aprovechando las oportunidades que le iban saliendo al paso”. Así lo juzga Emilie Robbe, comisaria de la exposición “Napoleón y Europa” que puede verse –hasta el 14 de julio- en el Museo del Ejército, en París. Junto a curiosas piezas de museo, como el bicornio que el emperador llevó en la batalla de Eylau o la casaca que vestía el almirante Nelson cuando fue herido de muerte en la batalla de Trafalgar, acaso lo más interesante de la exposición sean los mapas… Los mapas de una Europa torturada.

La Europa napoleónica asemeja de entrada un puzzle, hecho de territorios anexionados por Francia e incorporados al imperio, reinos vasallos –formalmente independientes, pero con soberanos pertenecientes a la familia o al círculo de amistades del emperador- y construcciones políticas –como la Confederación del Rhin- concebidas con un fin estratégico, en este caso impedir la unificación de Alemania bajo la égida de Prusia. No hay en este puzzle un diseño previo, sino una suma de iniciativas aisladas, en función del cambiante juego de las alianzas y de las coyunturales internacionales. Pero si se observa en su conjunto, el contorno guarda grandes similitudes con el imperio de Carlomagno…

El año 1812 marca el máximo apogeo del imperio de Napoleón, en el que acabaría integrando lo que hoy constituye el territorio de Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos, así como una parte de Alemania, de Suiza y de Italia. La última anexión se produjo el 26 de enero de ese año: un decreto del emperador desgajó a Catalunya de España y la incorporó a Francia, dividiéndola en cuatro departamentos: Montserrat (Barcelona), Ter (Girona), Segre (Lleida) y Bouches de l’Èbre (Tarragona). Naturalmente, el entonces rey de España, José I –su hermano, impuesto en el trono por deseo de Napoleón-, no encontró nada que objetar. Dos años permaneció Catalunya como provincia francesa, hasta la definitiva retirada de las tropas napoleónicas, el 28 de mayo de 1814, en lo que puede verse como una reedición de la Marca Hispánica (conocida en Francia como “Marche d’Espagne”) creada en el siglo IX por Carlomagno -que sometió a los condados catalanes a la corona francesa- como tapón militar frente a los árabes que dominaban la Península Ibérica.

Paradojas de la política, algunas de las fuerzas que impulsan actualmente el proceso de independencia de Catalunya parecen determinadas a reavivar la vieja querencia francesa por los antiguos condados catalanes del sur con el fin de atraerse una benevolente neutralidad –si no la complicidad- de París en el proceso de secesión de España. ¿Cómo? Ofreciendo situar a la futura Catalunya independiente como un satélite de Francia y asegurando que nadie planteará ninguna reivindicación sobre la Catalunya Nord (apelación, por cierto, espontáneamente asumida por las autoridades francesas del Rosselló). CiU quiere allanar el camino, como explicó Enric Juliana en este diario, reduciendo el rango de la delegación de la Generalitat en Perpinyà y abandonando toda veleidad política en el norte, un gesto que busca enterrar el espantajo de los Països Catalans.

La posición catalana la expresó con encomiable claridad la delegada del Govern de la Generalitat en París, Maryse Olivé, en la clausura del coloquio sobre “Catalunya y el derecho a decidir” celebrado el 7 de junio en Sciences Po. Tras admitir que Francia observa con “aprensión” el proceso de independencia catalán, entre otras cosas por el riesgo de “contagio” para otros territorios (citó Córcega y las posesiones francesas de Ultramar), la delegada descartó implícitamente todo cambio de estatus de los territorios catalanes del norte al afirmar que, en caso de independencia, “Francia y Catalunya tendrían una frontera común y una lengua compartida”, lo cual sólo es posible naturalmente si Perpinyà se queda donde está… Su principal argumento, sin embargo, fue otro. Olivé puso en la balanza el juego de fidelidades: “Francia tiene grandes intereses en Catalunya que no pueden sino reforzarse con la independencia”, prosiguió la delegada, quien a continuación sugirió que “una Catalunya independiente podría entrar en el área de influencia francesa y sería políticamente sensible a las posiciones francesas en la Unión Europea”…

Así pues, la independencia ¿sería al precio de cambiar de tutor en Europa? Si el Timbaler del Bruc hubiera existido alguna vez, hoy se estaría revolviendo en su tumba.




jueves, 13 de junio de 2013

Caso Tapie, estafa en "banda organizada"

Después de cuarenta y ocho horas detenido para ser interrogado por su papel en el caso Tapie –detención que acabó en el hospital debido a la fatiga–, el presidente de la empresa francesa de telecomunicaciones Orange (ex France Télécom), Stéphane Richard, fue imputado por los jueces por un presunto delito de “estafa en banda organizada”. La justicia francesa sospecha que la decisión política de resolver a través de un arbitraje privado –y no por la vía judicial ordinaria– el histórico litigio entre el Estado y Bernard Tapie por la venta de la empresa Adidas en los años noventa escondía un trato de favor hacia el empresario, que se embolsó una indemnización de 403 millones de euros. Stéphane Richard era, en el momento en que se tomó esta decisión –en 2007– director de gabinete de la ministra de Economía, Christine Lagarde, actual directora general del Fondo Monetario Internacional (FMI), que guarda por ahora en este caso la condición de “testigo asistido”.

Stéphane Richard es la segunda persona imputada, después de uno de los tres miembros del tribunal arbitral, Pierre Estoup, sospechoso de haber actuado de forma parcial en este asunto –debido a sus conexiones con el abogado de Bernard Tapie– e inculpado por el mismo delito.

Los cargos contra Estoup y contra Richard, en particular la calificación de “en banda organizada”, hace presagiar nuevos procesamientos en la órbita del Gobierno de la época. Al final del camino está el ex presidente Nicolas Sarkozy, cuya aquiescencia –por lo menos– fue necesaria para decidir la vía del arbitraje y aceptar después el fallo del tribunal arbitral, aún cuando los servicios técnicos del Ministerio de Economía aconsejaban presentar un recurso. Sarkozy y Tapie se reunieron hasta en 18 ocasiones entre los años 2007 y 2010, según han revelado las agendas del ex presidente.

Stéphane Richard conoce bien el caso porque ya era director del gabinete del ministro de Economía cuando el puesto lo ocupaba Jean-Louis Borloo –amigo y abogado durante años de Bernard Tapie–, bajo cuyo mandato al parecer empezó a hablarse del arbitraje, y lo siguió siendo cuando éste fue sustituido por Lagarde. El actual presidente de Orange había afirmado repetidas veces que nunca había recibido ninguna orden, ni siquiera presiones, del Elíseo en este asunto. Sin embargo, en unas declaraciones a Le Canard Enchaîné afirmó haber recibido una “instrucción” del entonces secretario general del Elíseo, Claude Guéant, en una reunión en el año 2007.

El futuro de Richard al frente de Orange está en el alero, por más que su intención es continuar y hoy mismo regresará a su despacho. El gabinete del primer ministro, Jean-Marc Ayrault, señaló al respecto que próximamente habrá una reunión del consejo de administración del grupo –del que el Estado, con un 27%, es el principal accionista– para abordar la cuestión.


miércoles, 12 de junio de 2013

Cerco a Guéant, ex mano derecha de Sarkozy

Durante una década, en el Ministerio del Interior primero y en el Elíseo después, Claude Guéant, de 68 años, fue la mano derecha del ex presidente francés Nicolas Sarkozy antes de devenir él mismo ministro del Interior al final de la pasada legislatura. Hombre en la sombra –aunque progresivamente visible–, más poderoso que el primer ministro, todos los asuntos delicados del Estado pasaban por sus manos. Ahora, algunas de las prácticas de aquellos años han empezado a pasarle factura y la justicia va cerrando el cerco en torno suyo. Rodeado por varios escándalos, detrás de Guéant podría ser el propio Sarkozy el finalmente alcanzado.

La última revelación ha venido de su sucesor en la plaza Beavau, Manuel Valls, quien ha hecho público un informe realizado a petición suya por las inspecciones generales de la Administración y de la Policía Nacional según el cual Claude Guéant percibió, entre el 2002 y el 2004 –mientras fue el director de gabinete de Sarkozy en el Ministerio del Interior–, una prima de 10.000 euros mensuales a cuenta de los fondos reservados de la policía. Ya fuera para él todo el dinero o para repartir con dos o tres de sus colaboradores –como ayer apuntaba de Le Figaro-, el pago de estas primas era ilegal, pues habían sido prohibidas en la etapa de Lionel Jospin, y darían pie a abrir un expediente por fraude fiscal.

Algunos dirigentes de la derecha, ente ellos el exprimer ministro de la época, Jean-Pierre Raffarin, expresaron su sorpresa por la subsistencia de esta práctica. Y dos sindicatos policiales, FO-central y SNCI-Snop, pidieron a Guéant que devuelva el dinero.

La pista sobre la existencia de estas primas ilegales la había dado el propio Guéant para intentar justificar –con unas explicaciones hasrto confusas– los movimientos de dinero en sus cuentas bancarias, puestos al descubierto durante un registro judicial de su domicilio llevado a cabo el pasado mes de febrero. La policía, por orden de la fiscalía, buscaba indicios sobre la presunta financiación irregular de la campaña de Nicolas Sarkozy en el 2007 con dinero procedente del entonces líder libio Muamar el Gadafi.

Los investigadores descubrieron un ingreso de 500.000 euros procedente de Malasia en una cuenta bancaria de Guéant y otro ingreso sospechoso de 25.000 euros procedente de Jordania, así como diversas facturas por valor de más de 20.000 euros pagadas en efectivo. El exministro del Interior atribuyó el primer ingreso a la venta de dos cuadros de su propiedad de un pintor flamenco del siglo XVII –Andries Van Eertvelt, que los expertos consideran mucho más barato– a un abogado malayo, y justificó su elevado poder adquisitivo por el cobro de las citadas primas...

Al margen de los problemas que pueda tener con el fisco por la no declaración de las primas –Valls ha enviado el informe a la justicia–, Guéant está pues en el centro de la investigación judicial sobre la supuesta conexión libia de Sarkozy, abierta después de que un conocido intermediario en operaciones de compra-venta de armas, Ziad Takieddine –con estrechas relaciones en el principal partido de la derecha–, asegurara que el régimen de Gadafi financió la campaña electoral del 2007. Guéant, que en su época de secretario general del Elíseo tuvo un papel primordial en la liberación de las enfermeras búlgaras retenidas en Libia, tenía mucha relación con el entonces director de gabinete de Gadafi y presidente de un fondo de inversión libio, Bachir Saleh.

Guéant también figura en la investigación sobre el caso Bernard Tapie, por su eventual papel en la decisión de resolver el litigio con el empresario por la venta de Adidas en los años noventa a través de un tribunal arbitral, en lo que pudo constituir un presunto trato de favor. Stéphane Richard, presidente de Orange y ex director de gabinete de la entonces ministra de Economía, Christine Lagarde, llevaba ayer más de veinticuatro horas siendo interrogado por este asunto.




lunes, 10 de junio de 2013

Librerías bajo el paraguas del Estado

Cuando en 1997 la célebre librería parisina Le Divan –adquirida por la editorial Gallimard a mediados de los sesenta– decidió mudarse en busca de más espacio y cedió su local de la rue de l'Abbaye, frente a la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, a una selecta tienda de Dior, muchos vieron en ello un mal presagio. Las viejas librerías parecían amenazadas de un ineludible desahucio por las pujantes y poderosas marcas de moda y lujo, las únicas aparentemente capaces de pagar los elevados alquileres de los barrios más encopetados de París. Y sin embargo… quince años más tarde, en mayo del 2012, Dior abandonó su privilegiado emplazamiento y una nueva librería –La Hune, propiedad de Flammarion, que se trasladó desde su antigua sede del cercano boulevard Saint-Germain– ocupó su lugar. Todo un símbolo de la capacidad de resistencia de un sector que en Francia sobrevive apadrinado por el Estado.

Por mucho que les guste a los franceses –que les gusta, y mucho– alardear de la “excepción francesa” en todos los terrenos, especialmente el cultural, lo cierto es que París, como cualquier otra gran ciudad del mundo, sufre la misma presión que las demás con la implantación de las grandes franquicias multinacionales y la amenaza de pérdida de establecimientos comerciales históricos y emblemáticos. La evolución de los Campos Elíseos, donde las grandes enseñas de marcas de ropa van ganando terreno y banalizando su imagen, es un claro exponente de este proceso.

Frente a esto, los ayuntamientos tienen pocos recursos. La ley les permite delimitar áreas de protección para garantizar la diversificación comercial y les otorga el derecho de tanteo y retracto, para evitar determinados traspasos. Sin embargo, la complejidad del proceso hace que se utilice poco. El reciente cierre de un tradicional local de la plaza del Tertre, en Montmartre, Au Pichet du Tertre, y su probable sustitución por una cafetería Starbucks, que levantó una protesta en el barrio, muestra los límites de esta protección.

Las librerías tradicionales, que en París constituyen elementos centrales del paisaje urbano, están especialmente expuestas. Sin embargo, las diversas líneas de ayuda que canaliza el Estado para salvaguardar un sector considerado estratégico ha hecho que muchas de ellas se hayan salvado.

Con una red de más de 2.500 establecimientos, que dan empleo a entre 13.000 y 14.000 personas, las librerías independientes se mantienen en Francia como la columna vertebral del sector editorial. El 41% de las ventas de libros –un total de 450,6 millones de ejemplares en el 2011– sigue pasando por sus manos y los libreros de barrio –algunos, reconvertidos incluso en estrellas televisivas– siguen siendo una institución sólidamente arraigada y algunos éxitos editoriales son directamente atribuibles a su labor. Si las librerías han resistido y siguen resistiendo pese a las dificultades, es gracias en gran medida a la ayuda pública y a un marco legal –como la ley del precio único del libro, aprobada en 1981 a iniciativa del entonces ministro de Cultura, Jack Lang– que limita la competencia de las grandes enseñas y superficies comerciales.
Ninguna de las ayudas y subvenciones previstas para las librerías, por tomar el sector emblemático más protegido, va dirigida directamente a garantizar su emplazamiento histórico, sino al mantenimiento de la actividad. Pero esto parece haber bastado hasta hoy para salvar muchas de ellas.

El Estado francés, a través del Centro Nacional del Libro, ofrece a los libreros varias líneas de ayuda, empezando por préstamos sin interés para abrir, relanzar o retomar una librería independiente, y subvenciones directas adicionales con el fin de constituir o reconstituir un stock de libros. También hay ayudas para crear sitios web colectivos, catálogos, etc.

La situación actual, sin embargo, caracterizada por una mayor competencia de las grandes cadenas comerciales –tipo FNAC– y de la venta de libros a través de internet –fundamentalmente de la multinacional Amazon, acusada por el Sindicato de Librerías de “competencia desleal” por acumular el máximo descuento legal del 5% con la gratuidad de los gastos de envío–, ha conducido al Gobierno a preparar una suerte de plan Marshal para las librerías. La ministra de Cultura, Aurélie Filippetti, fue la encargada de anunciar la buena nueva durante la celebración de los segundos Encuentros Nacionales de la Librería, los pasados 2 y 3 de junio en Burdeos, con la participación de 750 profesionales del sector.

Una primera parte del plan ya había sido desvelada durante el Salón del Libro, el pasado mes de marzo, y el resto se acabó de presentar en Burdeos. Básicamente, las medidas consisten en la creación de un fondo especial de ayuda a la tesorería de las librerías –con préstamos sin interés– dotado con cinco millones de euros, y de un fondo de ayuda a la transmisión (cuatro millones más), además de un aumento de otros dos millones de las ayudas del Centro Nacional del Libro. Los editores aportarán a su vez siete millones para un fondo complementario. A otro nivel, el Ministerio nombrará un Mediador para velar por el cumplimiento de las normas que regulan el sector –especialmente en internet– y se plantea adoptar nuevas medidas legislativas contra el “dumping” de las grandes multinacionales.


Vivir, morir, nacer

Algunas librerías, por su historia e influencia, han acabado convirtiéndose en una referencia, en un icono.

LA HUNE. Instalada inicialmente en el bulevard Saint-Germain, entre los célebres cafés Flore y Les Deux Magots, esta librería-galería fue lugar de cita predilecto de los surrealistas. Hoy ha rescatado el local de Dior en la rue de l’Abbaye.

DEL DUCA. Reverso de la moneda de La Hune, la librería fundada por Cino del Duca en 1952 en al bulevard de los Italianos, cerró e pasado noviembre debido a sus dificultades económicas.

LA GRIFFE NOIRE. Abierta en Saint-Maur-des-Fossés (al sudeste de París) en 1987, uno de sus fundadores, Gérad Collard, fue el primer librero en aparecer regularmente en televisión para dar consejos avisados sobre las novedades editoriales.