jueves, 25 de agosto de 2011

Playas de París

Espina dorsal de la ciudad, París no se puede entender sin el Sena. Nacida en medio del agua, sobre un puñado de islas unidas por puentes de madera, la villa de la antigua tribu gala de los parisii , devenida la capital de Francia, ha respirado históricamente al ritmo del río, fuente de vida, de riqueza… y también de peligros. Fue remontando el Sena como llegaron a París las hordas de vikingos que asediaron la ciudad entre 885 y 886, pillando todo lo que pudieron pillar y masacrando a todos aquellos infortunados que no pudieron encontrar refugio. Otros asedios y otras penurias vendrían en los siglos que siguieron, pero París siempre habría de salir a flote.  Fluctuat nec mergitur: movida por las olas, fluctúa pero no se hunde, reza la divisa escrita en su blasón, donde un barco de vela recuerda sus raíces fluviales. Sus orígenes, pero también su presente.

Vía de comunicación natural, el Sena ha sido desde la Antigüedad canal de una intensa actividad comercial. En sus muelles atracaban barcos mercantes con todo tipo de productos y en sus riberas latía el pulso de la ciudad. El río, colonizado por mercaderes y artesanos, era el centro de la vida ciudadana. Los parisinos acudían a sus orillas a comprar, a deambular entre los tenderetes, a lavar su ropa en alguno de los barcos especializados en lavado y blanqueo –estaba prohibido hacerlo por libre-, a pescar, a bañarse, a participar en los numerosos festejos que allí se organizaban, a pasear…

La actividad económica sigue siendo hoy muy importante. A riesgo de provocar sonrisas condescendientes, cabría recordar que París es una ciudad portuaria. Uno de los puertos fluviales más importantes del continente, para ser precisos, con un tráfico de 20,8 millones de toneladas de mercancías –hay incluso una terminal de contenedores- y siete millones de pasajeros al año, la mayoría embarcados en los típicos bateaux mouches y similares que pasean a las masas de turistas que visitan la ciudad.

Saturadas por la actividad humana, las riberas del Sena fueron progresivamente despojadas de sus colonizadores sedentarios a mediados del siglo XVIII, época en la que desaparecieron también las casas que poblaban los puentes desde la Edad Media. El río sigue siendo hoy, pese a todo, un barrio muy particular: a lo largo de sus riberas hay amarradas unas 500 barcazas residenciales, las célebres peniches, símbolo de un modo de vida bohemio para disfrutar del cual se pagan hoy sumas millonarias.

La llegada de los tiempos modernos y el imperio del coche –que ha ocupado con vías rápidas una buena parte de la fachada fluvial de la ciudad- han limitado las zonas accesibles al río. Pero aún y así, el Sena sigue siendo un termómetro de París.

Fríos y grises en invierno, aunque hollados permanentemente por parejas de enamorados y turistas –unos y otros, siempre dispuestos a afrontar los elementos- , los muelles del Sena reviven como un jardín con los primeros y cálidos soles de primavera. Los parisinos se vuelcan entonces de nuevo en el río, adonde acuden a pasear, tomar el fresco, reunirse con los amigos, hacer pic-nic –a la francesa, con vino y champagne- o improviSensar alguna fiesta. La versión  parisina del botellón ha de buscarse aquí, en los muelles del Sena entre Notre Dame y el Jardin des Plantes, así como en el muy de moda Canal Saint-Martin y el Bassin de la Vilette. Son las Ramblas de París…

La reconquista del río culmina en verano con la operación Paris Plages, un invento del alcalde de la ciudad, el socialista Bertrand Delanoë, que este año cumple su décimo aniversario. Durante un mes, entre el 21 de julio y el 21 de agosto, los vehículos son expulsados de la vía rápida Georges Pompidou, en la rive droite, cuya calzada es transformada en una playa virtual donde no falta la arena -6.000 toneladas-, las hamacas, las sombrillas, las palmeras, los chiringuitos, zonas de ducha y de baño, juegos infantiles, actuaciones musicales y animaciones varias… Una antesala del proyecto municipal de recuperar para los paseantes  4,5 hectáreas de sus riberas.

Lo único que falta en Paris Plages es al mar. Y en cierto modo el propio río, que ofrece a la vista su brillante lámina de agua y su refrescante brisa, pero donde uno no se puede zambullir. Hace mucho tiempo que el Sena perdió la transparencia que elogiara en el siglo IV el emperador Juliano –“el río suministra un agua muy agradable y muy pura, tanto para ver como para beber”, escribió el César de las Galias cuando dirigía las guerras contra los germanos desde la antigua Lutecia. Y si bien el agua que sale de los grifos sigue siendo tomada de su curso, el baño está estrictamente prohibido.

Antaño, los parisinos –incluido, entre ellos, el buen rey Henri IV- solían nadar en el Sena, preferentemente en los alrededores del actual puente de Sully, junto a la isla de Saint-Louis, una costumbre que se mantuvo hasta más allá de 1923, cuando el baño fue oficialmente prohibido. Pese a las multas, los habitantes de la capital se siguieron zambullendo en el río hasta principios de los años sesenta, cuando el aumento del tráfico fluvial y la contaminación les acabaron expulsando. Hoy, la contaminación se ha reducido considerablemente, pero la turbiedad de las aguas y el constante paso de embarcaciones siguen convirtiendo el chapuceo en una actividad peligrosa.

Los únicos que nadan en el Sena son los peces, que han recolonizado el río en los últimos años después de haber estado al borde de la extinción. En la actualidad, en París pueden encontrarse una treintena de especies, para júbilo de los pescadores. Eso sí, por el momento, nadie osa comérselos.

domingo, 17 de julio de 2011

La fuerza escondida

“Aprieta los dientes y sonríe”, le instó el entrenador del equipo nacional francés de natación sincronizada a Christine Lallouette, una adolescente seria y cumplidora que el año anterior, 1971, se había erigido con 15 años en vicecampeona de Francia de la especialidad y acababa de pasar a integrar la selección nacional. “Aprieta los dientes y sonríe”, es la máxima que aquella joven, devenida hoy una mujer madura de 55 años llamada Christine Lagarde –el apellido de su primer marido-, se sigue aplicando a rajatabla. De aquellos años en que practicó deporte de alta competición, la nueva directora general del Fondo Monetario Internacional (FMI) conserva un puñado de valores que han guiado su exitosa carrera profesional y política: exigencia, rigor, espíritu de equipo, resistencia y voluntad. Una formidable voluntad.
Christine Lagarde ha sido una mujer pionera. Primera mujer -y además, extranjera- en presidir el potente y prestigioso gabinete de abogados norteamericano Baker & McKenzie de Chicago. Primera mujer en dirigir el Ministerio francés de Economía, donde -con cuatro años de mandato- se ha erigido asimismo en una de las titulares más longevas. Y, ahora, primera mujer –y además, no economista- en dirigir el FMI. “Si soy elegida –prometió cuando presentó su candidatura- aportaré toda mi experiencia como abogada, dirigente de empresa, ministra y mujer”. Como mujer, sí. Porque Lagarde, aún sin enarbolar constantemente su condición femenina, está lejos de asumir los códigos de conducta masculinos. Preguntada por la periodista Christiane Amanpour en la ABC sobre la forma que las mujeres tienen de ejercer el poder, respondió: “Inyectan menos líbido y testosterona en la ecuación”. Dama, sí. Pero no de hierro.

Franca, honesta, sensible, reservada y púdica, ajena a los juegos cortesanos y alérgica a las zancadillas en la oscuridad de los despachos, lo que más llama la atención de la trayectoria política –que no profesional- de Lagarde es finalmente su éxito. Inexperta y poco dotada para la camorra, sus inicios en política estuvieron llenos de sobresaltos y tragos amargos. Más de una vez a punto estuvo de quedar tirada en la cuneta. Hasta que llegó la crisis. Y ahí demostró toda su valía. “Las mujeres son como las bolsitas de té –dijo una vez-, revelan su fuerza cuando se las sumerge en agua”.

Christine Lagarde era una reputada, y muy bien remunerada, abogada cuando la política llamó a su puerta bajo la seductora voz de Dominique de Villepin un 30 de mayo de 2005. “¿Puedo tomarme un tiempo para pensarlo?”, preguntó Lagarde al entonces primer ministro que le acababa de ofrecer dirigir el Ministerio de Comercio Exterior. La réplica del jefe del Gobierno francés, según explican Cyrille Lachèvre y Marie Visot en su biografía de la directora del FMI, fue perentoria: “Tómese todo el tiempo que quiera, pero yo no colgaré el teléfono hasta que me dé una respuesta”. Naturalmente, fue sí.

Al dar ese paso, Lagarde cerró la puerta a 18 años de dedicación a la abogacía en Baker & McKenzie, inmenso gabinete multinacional –con 3.750 letrados y 69 oficinas en todo el mundo- en el que empezó a trabajar en 1981 en su delegación francesa y donde fue ascendiendo en el escalafón hasta llegar a ser elegida, en octubre de 1999, con 43 años, presidenta de su comité ejecutivo. Una experiencia que formateó su manera de pensar y que la convirtió a un liberalismo -eso sí, “atemperado”- muy alejado de la tradición intervencionista francesa. En Chicago la recuerdan todavía con cariño y admiración. “Desde que se unió a Baker & McKenzie, Christine Lagarde demostró las cualidades esenciales de un líder excepcional, inteligencia, diplomacia, humanidad, y aún más. Tenía una perspectiva global y se sentía en casa en todas las culturas y países. Sabía escuchar y construir consensos, algo determinante. Era cálida, simpática y abierta, mostrando constantemente buen talante y humanidad”, resume hoy Eduardo Leite, que coincidió con Lagarde en el comité ejecutivo y ocupa ahora la presidencia.

Si Lagarde entró en Baker & McKenzie es porque cuando empezaba fue el único gabinete de abogados, de los varios a los que envió su currículum, que la tomó en serio. La hoy directora del FMI, que había fracasado por dos veces en su intento de ingresar en la elitista Escuela Nacional de Administración (ENA) –cuyos alumnos copan la política francesa y los puestos de dirección del Estado-, había estudiado Ciencias Políticas y Derecho. Y B&M fue el único que le ofreció perspectivas de progreso profesional. Pero, en realidad, su vinculación con Estados Unidos data de antes.

Nacida el 1 de enero de 1956 en París, Christine Lagarde procede en realidad de una familia de clase media de provincias. Su padre, Robert Lallouette, era profesor de inglés en la Universidad de Rouen, y su madre, Nicole Carré, profesora de letras en un instituto de enseñanza media. La mayor de cuatro hermanos, la futura ministra de Economía se crió en la ciudad portuaria de El Havre (Normandía) en el seno de una familia de sensibilidad social-cristiana –su padre tuvo relación con Pierre Mendès-France y Jacques Delors-, que le inculcó los valores de la religión –Christine Lagarde se confiesa creyente- y le proporcionó una educación esctricta.

La disciplina, el valor del trabajo, el sentido del deber y una cierta austeridad integran su carácter desde la infancia. Elegante y muy atenta a su imagen –su pasión por las joyas le ha valido no pocas puyas de la oposición de izquierda-, Lagarde sin embargo se exhibe poco y rehúye los acontecimientos mundanos. Se acuesta tarde –alrededor de medianoche- y se levanta pronto –hacia las 6-, y dedica la primera hora de la mañana a realizar ejercicios de yoga. Con un cuerpo fibroso y espigado de nadadora -mide 1,80-, la directora del FMI sigue una estricta disciplina física. Hace ejercicio regularmente -todavía practica la natación, a la que ha añadido el submarinismo-, no fuma, no bebe alcohol –ni siquiera vino-, no come carne… Sólo se deja tentar por el chocolate.

La vida de la joven Christine Lallouette basculó en 1972, cuando una enfermedad se llevó prematuramente la vida de su padre a los 41 años de edad. Al año siguiente, acaso  por necesidad de poner un océano de por medio, cogió las maletas. Tras conseguir su título de bachillerato, con 17 años, cruzó el Atlántico aprovechando una beca del American Field Service (AFS) para estudiar y graduarse en la Holton Arms School de Bethesda, junto a Washington, una selecta escuela femenina por la que pasó Jacqueline Kennedy. La divisa del centro, “Inveniam viam aut faciam” -una frase atribuida al general cartaginense Aníbal cuando se disponía a cruzar los Alpes para lanzarse sobre Roma- es toda una declaración de principios: “Yo encontraré el camino, o abriré uno”.

Christine Lagarde se abrió camino, sin duda, pero no sin sacrificios personales. Su aventura americana en el gabinete Baker & McKenzie en Chicago, que hoy podría juzgarse como una lógica continuidad, le supuso separarse de sus hijos, Pierre-Henri y Thomas, a quienes -todavía de corta edad- dejó en Francia junto a su padre, Wilfrid Lagarde, con quien contrajo matrimonio en 1982 y de quien se divorció pocos años después. La separación de sus hijos, que hoy tienen 23 y 21 años –uno trabaja en Apple y el otro estudia arquitectura-, le inoculó un profundo sentimiento de culpabilidad. Su carrera profesional también se ha cobrado un caro peaje en su vida sentimental. Una segunda relación, con un empresario británico, Eachran Gilmour, a quien conoció cuando trabajaba en Estados Unidos, tampoco sobrevivió. “Los hombres de mi vida han tenido dificultades para aceptar mi éxito”, se lamentó en una ocasión. Desde finales del 2006 mantiene una relación con un empresario marsellés, Xavier Giocanti, que deberá afrontar ahora la exigente y arriesgada prueba del alejamiento.

De regreso en Francia, en 2005, la superabogada de Chicago devino de la noche al día una novicia de la política, donde sus primeros y balbucientes pasos estuvieron plagados de tropiezos y contratiempos. Su franqueza, vista como falta de sutileza política,  le causó enormes disgustos. Su manera de pensar, a la anglosajona, también. Sucesivos patinazos le acabaron granjeando el sobrenombre de “Madame La Gaffe”.

Tras dos años en el Ministerio de Comercio Exterior, una vez elegido presidente de la República, Nicolas Sarkozy -con quien comparte una sincera admiración por Estados Unidos- la rescató en 2007 para conducir la cartera de Agricultura. Sólo duró un mes. La remodelación del Gobierno causada por la salida a Alain Juppé tras su derrota electoral en las legislativas de junio de ese año, la catapultó a Bercy. “Es un Ferrari”, dijo de ella elogioso el presidente francés tras atribuirle el Ministerio de Economía. El principio, sin embargo, fue duro. Y Sarkozy estuvo tentado en varias ocasiones de prescindir de ella. Hasta que explotó la crisis financiera en 2008.

Lo mejor de la abogada Christine Lagarde se destapó ahí. Sus contactos internacionales –fue la única personalidad francesa a la que el entonces secretario del Tesoro norteamericano Henry Paulson, al que llama Hank, se le puso al teléfono- y su absoluto dominio del inglés –una competencia que escapa a numerosos políticos franceses- revelaron su auténtico valor a un Sarkozy anonadado por la complicidad que su ministra estableció con el entonces presidente norteamericano George W. Bush en una reunión crucial celebrada en octubre de ese año en Camp David.

No se trata, desde luego, sólo de una cuestión de contactos y de capacidad lingüística. Su inteligencia, su capacidad de trabajo, su rigor, su resistencia, su disposición a escuchar, su falta de arrogancia, su habilidad para conciliar posiciones enfrentadas, su vocacional optimismo… han hecho de Lagarde estos dos últimos años una pieza clave en las negociaciones multilaterales para evitar un crack mundial, primero, y para salvar la zona euro, después. Aptitudes que va a seguir necesitando, y mucho, al frente del FMI. En plena tormenta financiera, bajo la presidencia francesa de la Unión Europea, Lagarde pasó una ficha con varios consejos a sus homólogos europeos sobre la forma de abordar y conducir las reuniones para extraer el máximo provecho. La última recomendación era: “Conservar la sonrisa”.

El síndrome de Astérix

Estamos en el año 52 antes de Cristo. Casi toda la Galia está ocupada por los romanos. ¿Toda? ¡No! Un ejército de 80.000 hombres procedentes de diversas tribus coaligadas y liderado por el carismático jefe Vercingétorix resiste todavía al invasor, acantonado en Alesia. Pero entre sus filas no hay ningún Astérix ni Obélix, ni ningún druida con una poción mágica. Al mando de una docena de legiones, el futuro emperador Julio César pone sitio a la ciudad y al cabo de varias semanas y de duros combates inflige una derrota definitiva a los rebeldes galos. Se acabó. Algunos choques esporádicos después, la pax romana se impone inexorablemte en la Galia.

La batalla de Alesia es un momento fundador de Francia, que empieza a nacer justamente en el momento en que entierra sus raíces. Elevado al altar de los mitos patrios a partir del siglo XIX, la figura de Vercingétorix se ha integrado en la leyenda nacional francesa cual padre fundador, como si no hubiera sido justamente su derrota la que dio nacimiento a la futura nación francesa. Francia, su cultura y su lengua, son más romanas que galas. ¿Quién hablaría hoy francés si hubieran vencido los bárbaros?

El “síndrome de Asterix”, al que alude el ensayista Alain Minc en su personal “Una historia de Francia” –que arranca con un capítulo significativamente titulado “La suerte de ser colonizado”-, lo debe casi todo a Napoleón III. El emperador fue quien impulsó el culto nacional a los ancestros galos, presentados como la quintaesencia del espíritu patriótico. Y a él se deben las excavaciones arqueológicas emprendidas entre 1860 y 1865 en Alise-Sainte-Reine, en Borgoña, declarada oficialmente desde entonces como el emplazamiento original de la antigua Alesia. “La Galia unida, formando una sola nación, animada por el mismo espíritu, puede desafiar el Universo”, reza la inscripción grabada en la base de la gran estatua erigida allí en memoria de Vercingétorix.

Un gran museo-parque, destinado a alimentar el mito –y de paso atraer el turismo nacional-, debía haberse inaugurado esta primavera en Alise-Sainte-Reine, impulsado por el consejo general del departamento de Côte-d’Or. Aplazada la apertura a la primavera del 2012 por problemas en la obra, la fiesta pretende ser aguada por unos cuantos insumisos que rechazan la localización oficial del sitio histórico.

Candidaturas a albergar Alesia ha habido varias a lo largo del siglo XIX y XX. Pero la más correosa ha sido sin duda la que forman Syam y Chaux-des-Crotenay, en el Jura, que han conseguido volver a remover recientemente –a través de libros y reportajes- esta vieja polémica. Los defensores de esta opción sostienen que ninguno de los restos hallados en Alise-Sainte-Reine son concluyentes y alegan, basándose en los estudios realizados a partir de los años sesenta por el arqueólogo André Berthier –que comparó las descripciones de Julio César en Bello Gallico con la cartografía militar-, que Alesia estaba a orillas del Lemme y el Saine y no del Oze y el Ozerain.

Disputa de campanario, la querella deja traslucir sin embargo un renovado interés por las raíces francesas y los fundamentos históricos de la identidad nacional, colocada en el centro del debate por Nicolas Sarkozy en 2007. Y, en este contexto, por la legendaria figura del galo irreductible, a la que el Gobierno francés ya recurrió hace dos años en una campaña institucional en defensa de su política de disuasión nuclear. Esto es, de la bomba atómica. En aquella ocasión no fue Alesia el símbolo escogido, sino Gergovie, una batalla precedente en la que Vercingétorix venció y humilló a César.

Aún romanizados, hay quien observa –o cree ver- en los franceses de hoy algunas inclinaciones heredadas de aquellos galos tan bravos y belicosos como brutos, incultos y supersticiosos. Desconfiados y temerosos, siempre a la defensiva, contestatarios, insumisos, individualistas, parapetados en sus certidumbres y en sus miedos, orgullosos de su diferencia y con la acusada sensación de estar solos –y tener razón- frente al resto del mundo… así son, o así parecen, los franceses. La presencia de estos rasgos de la personalidad colectiva es designada como el “síndrome de Astérix”. Hay que admitir que, a veces, algunos de sus debates parecen a la mirada extranjera tan incomprensibles como a los legionarios de los campamentos de Babaorum, Laudanum y Petibonum las extravagantes costumbres de la aldea gala imaginada por Goscinny y Uderzo.

viernes, 15 de julio de 2011

Luto en los Campos Elíseos

Presentes en una decena de teatros de operaciones, con 12.000 soldados desplegados en todo el mundo, las unidades del ejército francés movilizadas en operaciones internacionales estaban llamadas a ser las protagonistas de los festejos del 14 de Julio de este año. Los pilotos que intervienen en Libia, los soldados enviados a Afganistán y Costa de Marfil, tenían ayer un lugar destacado en el desfile militar por los Campos Elíseos, y por primera vez heridos en combate y sus familias se sentaban en la tribuna de la plaza de la Concordia. Para subrayar este homenaje, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, visitó por la mañana a soldados ingresados en el hospital militar de Percy y después ofreció un almuerzo en el Elíseo – el otrora multitudinario garden party se acabó definitivamente- a un grupo de 14 militares comprometidos en operaciones en el extranjero y sus cónyuges. Pero lo que tenía que ser una fiesta estuvo teñida de luto.
La muerte, el miércoles, de cinco soldados franceses en un atentado suicida en Afganistán, a la que se añadió ayer una nueva baja en ese mismo país, ensombreció la celebración de la Fiesta Nacional y ha sumido al Ejército en un estado de abatimiento. La perspectiva de una próxima retirada -1.000 soldados serán repatriados de aquí a finales del 2012 y todas las fuerzas habrán sido retiradas en 2014- atiza la sensación de que todas las muertes que haya de aquí a entonces habrán sido en vano. En consecuencia, las voces de quienes piden que se acelere la retirada crecen.

Los soldados desfilaban todavía por los Campos Elíseos cuando se conoció la baja –la que hace el número 70- de un comando de marina en un enfrentamiento armado con insurgentes en el valle de Alasay, de nuevo en la provincia de Kapisa. El soldado muerto formaba parte de una patrulla mixta de tropas francesas y policías afganos que fue atacada por dos grupos de rebeldes poco después del alba, hacia las 5 hora local. Fue necesaria la intervención de un cazabombardero, varios helicópteros y piezas de artillería para rescatar a la patrulla, que se había refugiado en un fortín.

Entre el desfile y el almuerzo oficial en el Elíseo, Nicolas Sarkozy reunió de urgencia al Consejo de Seguridad, con el fin de analizar la situación en Afganistán. “Estamos hoy frente a acciones de tipo terrorista, no únicamente acciones militares, y ante este nuevo contexto son necesarias nuevas medidas de seguridad”, declaró el presidente francés.

Ni el objetivo de la misión ni el calendario de retirada fue puesto en cuestión, pero el consejo acordó enviar una misión especial, encabezada por el general Irastorza, para reforzar las medidas de seguridad durante el proceso de transición.

“A pesar de los momentos trágicos, la evolución del teatro afgano es favorable”, aseguró el ministro de Defensa, Gerard Longuet, quien citó la muerte del líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden; la consolidación del nuevo ejército afgano –junto a una policía con fuerte arraigo local-, y el establecimiento de un diálogo político con los grupos rebeldes. Longuet advirtió que en este nuevo contexto, en el que los insurgentes adoptan nuevas tácticas, es necesario revisar los métodos de acción. El ejército francés había apostado hasta ahora por mantener un contacto estrecho con la población civil, una política que podría ahora abandonar.

El almirante Édouard Guillaud, jefe del Estado Mayor de los Ejércitos, confirmó que en los últimos meses, los insurgentes –enre los cuales combatienes no afganos, entrenados en Pakistán- buscan menos el combate y se inclinan por acciones terroristas, con menosprecio de las víctimas civiles y utilizando a niños como cómplices forzados.
 

Haka en la Concordia

Una cuarentena de soldados franceses de origen polinesio, integrantes del equipo de rugby XV del Pacífico, ejecutó ante la tribuna presidencial instalada en la plaza de la Concordia una Haka, danza tradicional de los guerreros maoríes con la que la selección neozelandesa de rugby, los All Blacks, acostumbra a impresionar a sus adversarios al inicio de cada partido.

jueves, 14 de julio de 2011

Repetir curso, un mal negocio

Repetir curso es caro –para el país- y apenas sirve de nada –al alumno-. Ésta es la tajante conclusión de un estudio realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre el impacto de la repetición de curso en los resultados escolares hecho público ayer. La OCDE, que agrupa a los treinta países más desarrollados del mundo, aboga por revisar este sistema –así como la transferencia de los alumnos con dificultades a escuelas especiales- y dar más autonomía a los centros.
El análisis de los expertos de la OCDE, realizado a partir de los resultados del último informe Pisa correspodiente al 2009, constata una relación directa entre repetición de curso y fracaso escolar. “Los países que muestran un nivel de repetición de curso elevado son igualmente aquellos donde los alumnos muestran menos competencias”, subraya el estudio, donde se calcula que “alrededor del 15% de la diferencia de calidad entre los países de la OCDE son imputables a las divergencias en el nivel de repetición”.

Como muestra de esta correlación, los expertos señalan que países como Corea, Japón o Noruega, donde ningún alumno repite curso, son justamente los que mejores resultados obtienen en el informe Pisa. En cambio, los países que se sitúan en cabeza en cuanto al número de repetidores –como Francia, Luxemburgo, España, Portugal o Bélgica- obtienen resultados más bien mediocres. “La relación entre el medio socio-económico de los alumnos y sus resultados es igualmente más marcada en los países con fuertes niveles de repetición de curso, independientemente del nivel de riqueza nacional”, añade el estudio. El sistema de repetición de curso agravaría pues, según la OCDE, las desigualdades sociales en el seno de la escuela.

En los países de la OCDE, la media de alumnos de 15 años que han repetido curso al menos una vez es del 13%, siendo más marcado en la escuela primaria (7%) y en el primer ciclo de secundaria (6%) que en el segundo ciclo de enseñanza media (2%). Con un nivel de repetidores del 35,3%, España es uno de los países europeos donde esta situación es más acusada, sólo superado por Francia y Luxemburgo.

Si la repetición sistemática de curso no parece contribuir a erradicar el fracaso escolar es, en cambio, una opción con un elevado coste económico. “En Bélgica, España y Holanda, este coste representa al menos el 10% de los gastos anuales en la enseñanza primaria y secundaria, y el coste unitario puede alcanzar, e incluso sobrepasar, los 11.000 dólares [unos 7.700 euros] por alumno”, calcula el informe, que añade: “La repetición de curso de los alumnos engendra costes, particularmente la financiación de un año suplementario de formación del alumno, pero también el coste para la sociedad de retardar al menos un año la entrada de este alumno en el mercado de trabajo”.

Los expertos de la OCDE llegan a parecidas conclusiones cuando se trata de analizar los resultados escolares en aquellos países donde los alumnos con dificultades –ya sean de aprendizaje, ya sean disciplinarios- son trasladados y reagrupados en centros especiales, lo que sucede especialmente en Austria, Bélgica, Grecia y Luxemburgo. También aquí una mayor transferencia de alumnos coincide con peores resultados.

El estudio constata, por el contrario, que en aquellos países donde la transferencia de alumnos es débil, los centros escolares acostumbran a tener más autonomía para abordar las diferencias de competencias y potencial de sus alumnos, al poder decidir en materia de políticas de evaluación, contenido de los cursos y manuales escolares.

Golpe talibán

Veinticuatro horas después de que Nicolas Sarkozy anunciara en Afganistán el inicio de la retirada militar de Francia, los talibanes lanzaron un sangriento ataque contra las tropas francesas. Cinco soldados franceses y un civil afgano que les servía de intérprete murieron en un atentado suicida en la población de Joybar, en la provincia afgana de Kapisa, a una treintena de kilometros de Kabul, elevando a 69 el número de militares franceses muertos en Afganistán desde 2001. Otros cuatro soldados y cuatro civiles resultaron asimismo heridos en el ataque, en el que participó también un grupo insurgente armado. Los talibanes reinvidicaron la acción en un mensaje de texto enviado a la agencia France Presse en la capital afgana.
Durante su visita a la base de Tora, en la misma provincia de Kapisa, los mandos militares explicaron el martes al presidente francés que los grupos insurgentes que operan en la zona habían “radicalizado” sus acciones y que la amenaza de atentados con artefactos explosivos artesanales era muy elevada. “La insurrección es móvil, agresiva, inteligente, busca el golpe de oportunidad contra las fuerzas francesas”, explicó a Sarkozy el comandante de la brigada La Fayette, el general Emmanuel Maurin, en presencia de un grupo de periodistas. Sus palabras fueron premonitorias.

El ataque se produjo a las 11 de la mañana (hora local), aprovechando que los soldados franceses se habían desplegado en Joybar para garantizar la seguridad de una asamblea de notables (shura). Un terrorista kamikaze logró introducirse en el puesto local de la policía afgana y accionó el explosivo que llevaba adosado al cuerpo, matando a los cinco soldados franceses y a su intérprete. Los heridos se encontraban en el exterior, sin que por el momento esté claro si resultaron heridos por la explosión o por el ataque que inmediatamente lanzó un grupo de insurgentes con armas ligeras. Este segundo ataque fue rechazado con la participación de blindados franceses y norteamericanos.

El presidente Sarkozy condenó con fuertes palabras la muerte de los soldados franceses -“cobardemente asesinados”, dijo- y reiteró la “determinación” de Francia de mantener su participación en la fuerza de intervención internacional para “restablecer la paz y la estabilidad” en Afganistán. La víspera el jefe del Estado francés había confirmado que una cuarta parte de las tropas francesas desplegadas en tierras afganas -1.000 soldados sobre un total de 4.000- serían repatriados de aquí a finales del 2012, en lo que representa el primer paso de una retirada que debería ser total a finales del 2014.

El ataque de ayer, el más mortífero contra el ejército francés en Afganistán desde la emboscada de Uzbin en agosto de 2008 –en la que murieron diez soldados-, reforzó la opinión de quienes consideran que la misión militar no tiene salida y piden que se acelere la retirada. El socialista François Hollande, aspirante a encabezar la candidatura del PS al Elíseo, se comprometió si llega a ser elegido presidente a culminar la retirada un año después de la elección presidencial, esto es, en la primavera del 2013.

 
Kapisa, tierra de bandidos
 
Cuando el ejército francés culmine la primera fase de su retirada, a finales del 2012, las fuerzas militares restantes en Afganistán -3.000 soldados- estarán concentradas en la provincia de Kapisa, donde se produjo el atentado suicida de ayer. Zona montañosa situada a una cincuentena de kilómetros de Kabul, se trata de un paso fundamental entre la capital afgana y el nordeste del país. Históricamente frecuentada por contrabandistas y salteadores de caminos, los grupos insurgentes han proliferado desde la época de la ocupación soviética. Los militares franceses tomaron el control de esta provincia –suponiendo que sea controlable- en 2008, cuando reemplazaron a las tropas norteamericanas, y desde entonces los ataques no han parado de crecer. Fue aquí donde fueron secuestrados los periodistas franceses Hervé Ghesquière y Stéphane Taponier, liberados hce dos semanas.

miércoles, 13 de julio de 2011

Un pie fuera de Afganistán, un pie dentro de Libia

Un millar de soldados franceses, sobre un total de 4.000, se retirarán de Afganistán de aquí a finales del año que viene, primera fase de una repatriación escalonada que deberá culminar con una retirada total y defnitiva a finales 2014. Así lo detalló ayer el presidente francés, Nicolas Sarkozy, en la base militar francesa de Tora, a una sesentena de kilómetros de Kabul, donde realizó una visita sorpresa. Los 3.000 soldados franceses restantes permanecerán acantonados en la provincia de Kapisa, donde las condiciones de seguridad no permiten aún la transferencia de la responsabilidad al ejército afgano.
“Hay que saber acabar una guerra”, dijo el presidente francés, quien había anunciado ya la retirada parcial de las tropas francesas el pasado 23 de junio, horas después de que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hiciera lo propio. En Francia, ninguno de los grandes partidos cuestiona la intervención militar decidida tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, pero después de diez años de guerra la impresión generalizada es que Afganistán se ha convertido en un cenagal para las fuerzas internacionales.

La breve incursión de Sarkozy en Afganistán –la tercera desde que fue elegido presidente- se produjo al día siguiente de la muerte accidental de un soldado francés, que eleva a 64 el número de víctimas mortales entre los militares galos desplegados en aquel país. Tras visitar a las tropas, el presidente francés se entrevistó con el comandante en jefe de las fuerzas de la OTAN, el general estadounidense David Petraeus, y con el presidente afgano, Hamid Karzai. “Francia nunca ha tenido la intención de mantener fuerzas en Afganistán indefinidamente”, remarcó Sarkozy.

Similares palabras utilizó el primer ministro francés, François Fillon, al dirigirse ayer tarde al Parlamento para pedir su apoyo a la prolongación de la misión armada en Libia, un paso ineludible una vez que la operación ha superado el plazo de cuatro meses. “El uso de la fuerza no es un fin en sí mismo”, aseguró el jefe del Gobierno, quien justificó la intervención para salvar a la población civil de una masacre –“Recordemos Srebrenica”, dijo- y se pronunció por una salida política al conflicto.

París, que mantiene contactos indirectos con Trípoli, considera que la única solución posible en Libia debe pasar por la renuncia del coronel Muamar el Gadafi al poder, para lo cual es esencial mantener la presión militar. El primer ministro libio, Baghdadi al-Mahmoudi, se manifestó ayer en una entrevista en Le Figaro dispuesto a abrir negociones sin condiciones previas y sin la participación de Gadafi.

El Parlamento respaldó la intervención militar en Libia de forma abrumadora por un resultado de 482 votos a favor –sumados los de la UMP, Partido Socialista, centristas y ecologistas- por sólo 27 en contra –los comunistas y algún diputado díscolo, como el socialista Henri Emmanuelli.