viernes, 13 de mayo de 2011

En busca de respuesta

La respuesta al misterio del accidente del avión de Air France AF447, que el 1 de junio de 2009 se estrelló en el océano Atlántico mientras volaba de Río de Janeiro a París, causando la muerte de sus 228 ocupantes, está por fin al alcande de la mano. Aunque muy probablemente habrá que esperar meses para conocer la causa que desencadenó la tragedia.
Las dos cajas negras del aparato –en realidad, de un llamativo color naranja–, donde se registran las conversaciones de los pilotos y los datos técnicos del vuelo, llegaron ayer a París, después de ser localizadas y recuperadas del fondo del océano hace diez días gracias a un robot submarino. Hundidas en una sima de 3.900 metros de profundidad, junto con el fuselaje del avión, los investigadores han tardado casi dos años en encontrarlas.
Dos equipos de expertos diferentes se encargarán a partir de ahora de analizar los datos de las cajas negras para intentar establecer cuál fue la causa, o la concatenación de causas, del siniestro. El primer equipo está formado por ingenieros del Bureau d’Enquêtes et d’Analyses (BEA) –el organismo oficial responsable de investigar los accidentes de aviación– y el segundo, por técnicos independientes designados por los dos jueces de instrucción que dirigen la investigación judicial, por homicidio involuntario, abierta tras la catástrofe. Ambos equipos trabajarán sobre los mismos datos, pero separadamente.
Los técnicos se disponían a empezar ayer mismo los trabajos preparatorios previos a la apertura de las dos cajas negras, que han sido transportadas sumergidas en agua desmineralizada, para frenar corrosión. El próximo lunes, según avanzó el director del BEA, Jean-Paul Troadec, podrá confirmarse si la información contenida en los dos registradores –el Cockpit Voice Recorder (CVR) y el Flight Data Recorder (FDR)– es utilizable o no. Aparentemente, las dos cajas negras están en buen estado, pero ello no garantiza que los datos grabados en la tarjeta electrónica interior hayan sido salvaguardados. Aún en el caso de que lo hayan sido y puedan ser analizados, habrá que esperar meses para conocer las causas del accidente.
“Hay mucha información que analizar. La primera lectura de las cajas negras nos permitirá obtener algunos elementos sobre las circunstancias del accidente, pero no se conocerán las causas la semana que viene, la investigación llevará meses”, advirtió Troadec en una conferencia de prensa en la sede del BEA, en el aeropuerto de Le Bourget. Además de la información contenida en las cajas negras, los expertos analizarán también diversas piezas del avión recuperadas del fondo del océano: motores, instrumentos de vuelo, la cabina de los pilotos, asientos... El informe podría ver la luz a finales de año.
Lo único que no ha sido localizado, hasta el momento, son las controvertidas sondas Pitot, encargadas de medir la velocidad del avión y cuyo fallo –según una de las hipótesis manejadas hasta ahora– podría estar en el origen del accidente, al contribuir a una pérdida de control del aparato. La instrucción judicial ha retenido inicialmente esta posibilidad y los jueces instructores han procesado tanto a la compañía aérea, Air France, como al fabricante del avión, un Airbus A330-203.
El BEA ha sostenido, sin embargo, desde el primer momento, que este fallo no puede explicar por sí solo la catástrofe. En todo caso, el primer informe oficial, de julio del 2009, descartó que el avión hubiera sido destruido en vuelo –por una explosión o un rayo, como se llegó a especular–, sino al impactar con el océano. Este extremo parece confirmado por la autopisa realizada a los cadáveres repescados en días posteriores, que determinó como causa de la muerte los politraumatismos fruto del choque. Así lo recordó ayer el fiscal jefe adjunto de París, Jean Quintard, quien negó que fuera necesario recuperar los cuerpos hallados en el fondo para la investigación judicial.
Frente a los deseos contradictorios de las familias –algunas quieren recuperar los cadáveres, otras no–, Quintard señaló que sólo se rescatarán los cadáveres si es posible su identificación mediante el ADN. Los dos únicos cuerpos remontados a la superficie están siendo analizados para comprobar si ello es posible.

jueves, 12 de mayo de 2011

Contrarreforma fiscal

El “escudo fiscal” de Nicolas Sarkozy ha muerto. Cuatro años después de aprobada, buena parte de la reforma fiscal adoptada en el verano del 2007, inmediatamente después de la elección del presidente francés, ha sido enterrada. El “escudo fiscal” –por el cual se limitaba al 50% de los ingresos el máximo que cada contribuyente debía pagar al Estado en impuestos directos– fue abandonado ayer oficialmente por el Consejo de Ministros sin la fanfarria con que vio la luz. Promesa electoral estrella de Sarkozy, el “escudo fiscal” se había convertido en un fardo político, símbolo de una sangrante desigualdad fiscal. Una rémora que había que sacrificar en el altar de las elecciones presidenciales del 2012.
En su corta vida, el “escudo fiscal” sólo ha beneficiado a los más ricos. En 2009, el Estado devolvió por este concepto 700 millones de euros a cerca de 19.000 contribuyentes, que recibieron de media un cheque –literalmente, un cheque– de más de 36.000 euros. Un total de 1.169 contribuyentes, con patrimonios superiores a 16 millones de euros, se llevaron las dos terceras partes...
Mientras la crisis económica y el paro se cebaban en los más débiles, y se pedía a todo el mundo que se apretara el cinturón –prolongando la edad de jubilación, por ejemplo–, los millonarios seguían sin ser llamados a contribución. La noticia de que la presidenta de L’Oréal, Liliane Bettencourt, había recibido un cheque de 30 millones de euros, despertó una incomprensión general e hizo la situación insostenible. Sarkozy, que durante mucho tiempo se resistió, se vio forzado a ceder a las presiones de su partido.
Inclinado a compensar esta renuncia con la supresión del Impuesto de Solidaridad sobre la Fortuna (ISF), el presidente francés se ha conformado con elevar el umbral de imposición –que subirá de 800.000 a 1,3 millones de euros–, lo que liberará del pago a 300.000 contribuyentes, sujetos en su mayoría a este impuesto por el alza de los valores inmobiliarios. Para compensar la pérdida de ingresos, la reforma aprobada ayer eleva de nuevo la imposición sobre las sucesiones y las donaciones –prácticamente neutralizada en 2007–, lo que unido al abandono, a principios de año, de la deducción por los intereses pagados en la adquisición de vivienda ha dejado prácticamente en nada la primera reforma fiscal.

martes, 10 de mayo de 2011

Toi Moko regresa a Wellington

La devolución a Botsuana en el 2000 del cuerpo disecado del negro de Banyoles, el guerrero bosquimano expuesto en el museo Darder de la capital de L’Estany, abrió un camino por el que museos de todo el mundo han transitado después. Dos años más tarde, en 2002, lo hizo en Francia el Museo del Hombre, que entregó a Sudáfrica el esqueleto de Saartje Baartman, la Venus Hotentote, que fue exhibida en vida como un animal de circo en Europa. Y ahora van a seguir una quincena de cabezas momificadas de guerreros maoríes diseminadas en diversos museos franceses, entre ellos el del Quai Branly de París. Una ceremonia tradicional maorí despidió ayer la que conservaba, desde 1875, el Museo de Historia Natural de Rouen, en Normandía, poniendo fin a casi dos décadas de difíciles discusiones.
El resto del guerrero maorí, guardado en una caja de madera acondicionada –aseptizada– y cubierta por una tela, fue entregado por la alcaldesa de la ciudad, Valérie Fourneyron, y el director del museo, Sébastien Minchin, a la embajadora de Nueva Zelanda en Francia, Rosemary Banks, quien no dudó en calificar de “histórico” este acontecimiento en las relaciones entre ambos países. Un dignatario maorí, Te Kanawa Pitiroi, recitó una salmodia fúnebre, antes de que la cabeza fuera expedida a la capital neozelandesa, Wellington, donde será recibida por los jefes de tribu y recibirá sepultura. Muy probablemente, la cabeza del guerrero será formalmente inhumada, siguiendo el rito funerario maorí, en una estancia especial del Museo Te Papa Tongarewa donde se conservan otros restos similares y que tiene carácter sagrado.
Los antiguos maoríes tenían la costumbre de conservar y venerar –durante algún tiempo, antes de su entierro– las cabezas de los guerreros muertos en combate. Conocidas como Toi Moko. estas cabezas momificadas –totalmente tatuadas– despertaron enseguida el interés de los primeros exploradores y aventureros europeos, que entre los siglos XVIII y XIX convirtieron el robo y comercio de estos restos en un lucrativo negocio. Los maoríes mismos llegaron a tatuar y decapitar esclavos para satisfacer la demanda occidental... Esta práctica empezó a declinar a partir de 1831, cuando fue prohibida por el Parlamento británico. Se calcula que por el mundo hay dispersas entre 500 y 1.000 cabezas maoríes.
Francia aprobó el año pasado una ley para permitir la restitución de las 16 cabezas maoríes que están inventariadas en los museos franceses. La devolución de la totalidad se efectuará en 2012, después de una gran exposición que sobre el pueblo maorí organizará el Museo del Quai Branly, dedicado a las artes primeras, y que posee siete de estas cabezas entre sus fondos.
La decisión de desprenderse de estos restos no ha sido fácil ni evidente. Cuando el Museo de Rouen tomó la iniciativa de restituir la cabeza, en 2007, la iniciativa fue bloqueada judicialmente por la entonces ministra de Cultura, Christine Albanel, que se acogió a la irregularidad de que la decisión no había sido validada por una comisión científica como exigía la legislación. Detrás del veto se escondía en realidad una seria reserva, el temor de que pudiera sentar un precedente. Finalmente, una ley aprobada el año pasado por el Parlamento con el aval del nuevo titular de Cultura, Frédéric Mitterrand, desbloqueó la entrega.
El director del Museo de Rouen, Sébastien Minchin, considera que “un resto humano no puede ser considerado un objeto de colección”. Pero los científicos y museólogos están divididos al respecto. Porque si las cabezas maoríes se devuelven... ¿qué pasará con las momias esgipcias del Louvre? 

lunes, 9 de mayo de 2011

Demasiados ‘blacks’ para Blanc

Apenas un año después del fiasco del Mundial de Sudáfrica, un nuevo escándalo sacude a la Federación Francesa de Fútbol (FFF). La revelación de que la dirección técnica de la federación se planteaba introducir cuotas en la selección de jóvenes jugadores en los centros de formación, siguiendo criterios sobre el origen nacional o étnico, ha colocado a la nueva dirección de la FFF –presidida desde hace cinco meses meses por Fernand Duchaussoy- y al nuevo seleccionador nacional, Laurent Blanc –quien sustituyó a Raymond Domenech tras el fracaso del verano pasado-, en una posición delicada.

La ministra de Deportes, Chantal Jouano, ha suspendido cautelarmente al director técnico nacional, François Blaquart –quien ocupa un cargo en el Ministerio-, y ha abierto una investigación oficial –paralela a otra de la propia FFF-, cuyas conclusiones se conocerán esta semana y podrían tener importantes consecuencias. La próxima celebración de elecciones en la federación no parece ajena a la aparición del escándalo.

El asunto fue destapado la semana pasada por el diario electrónico Mediapart, que desveló la celebración, el pasado 8 de noviembre, de una reunión de la dirección técnica nacional de la FFF en la que se planteó la conveniencia de introducir algún tipo de restricción para reducir la presencia en la selección de jugadores que, debido a su doble nacionalidad, pudieran en el futuro jugar en el equipo nacional de otro país. En el fondo, lo que se estaba discutiendo era cómo hacer para reducir la proporción de jugadores de origen extranjero –árabes y, sobre todo, negros- entre los Bleus. Hasta ahora, sólo la extrema derecha y algunos políticos aislados habían osado cuestionar públicamente la, a su juicio, “excesiva” presencia de negros en la selección francesa y defendido un reequilibrio en favor de franceses blancos, más acorde con la población real.

Los responsables de la federación negaron haber planteado medidas discriminatorias y menos aún en función del origen étnico de los jugadores, lo que iría directamente contra los principios constitucionales y los valores republicanos. Pero la publicación de la transcrupción de la reunión –grabada subrepticiamente por el consejero técnico nacional para el fútbol de los barrios, Mohamed Belkacemi- ha comprometido esta defensa.

La grabación demuestra que el director técnico nacional, François Blaquart, defendió abiertamente la aplicación de “una especie de cuota” –aunque sin decirlo públicamente- con el fin de limitar en los centros de formación de jóvenes promesas a aquellos niños que en el futuro pudieran “cambiar de nacionalidad”. El seleccionador, Laurent Blanc, mostraba su acuerdo al respecto con una frase que le ha valido un alud de críticas: “Hay la impresión de que formamos siempre el mismo prototipo de jugadores: grandes, fuertes, potentes. ¿Qué hay actualmente de grande, fuerte, potente? Los blacks. Los españoles me han dicho: Nosotros no tenemos problema, no tenemos blacks”.

La palabras del seleccionador nacional han levantado una airada polémica y han surgido voces que reclaman su dimisión o cese. Nadie le acusa directamente de ser un racista –todo el mundo que le conoce, incluso aquellos que hoy le censuran, admiten que no lo es- y si algo se deduce de todo lo discutido en la reunión es que Laurent Blanc no se quejaba del color o el origen nacional de los jugadores, sino de sus características futbolísticas, y lamentaba que se primara habitualmente la fuerza sobre la técnica. Poco importa, la frase ha cobrado fuerza propia y le ha obligado a disculparse públicamente.

La frase, sobre todo, ha provocado una fuerte tormenta entre los integrantes de la mítica selección black-blanc-beur que ganó el Mundial de Francia en 1998 y de la que Laurent Blanc formaba parte. Algunos de los jugadores negros de aquel equipo, como Lilian Thuram y Patrick Vieira han atacado duramente a Blanc, en cuya defensa han salido en cambio Bixente Lizarazu, Christophe Dugarry y el seleccionador de la época, Aimé Jacquet. Contra lo que pueda parecer, aquel legendario equipo no se ha dividido por criterios raciales, pues Alou Diarra o Marcel Desailly, han quitado hierro a las palabras del entrenador… Todo el mundo esperaba una palabra de Zinedine Zidane, el líder del grupo y el deportista más popular en Francia de todos los tiempos. Tras una semana de espera, ayer rompió su silencio para exculpar a Blanc: en une entrevista en L’Équipe, Zidane defendió a su antiguo compañero –“No es racista en absoluto”- y descartó que deba abandonar su puesto: “Naturalmente que no, sería una locura”. Dicho queda.

domingo, 8 de mayo de 2011

Ultraderecha sindical

Primero apareció un caso, y luego otro, y otro... Hasta cuatro. En pocas semanas, cuatro sindicalistas franceses –militantes de cuatro centrales diferentes– hacían su particular comming out y anunciaban su incorporación a las candidaturas del Frente Nacional (FN) en las elecciones cantonales del 20 y 27 de marzo pasado. Un escalofrío recorrió el espinazo de los principales dirigentes de los sindicatos franceses. Poco importaba que se tratara de sólo cuatro casos. Era una síntoma, una señal de alarma. El monstruo volvía a estar ahí y había empezado a invadir el cuerpo sindical. La extrema derecha, que ya lo había intentado en los años noventa, estaba infiltrándose de nuevo. La maniobra, inamistosa, no tenía nada de gratuita. Respondía exactamente a la estrategia aplicada por la nueva presidenta del FN, Marine Le Pen, desde que tomó las riendas del partido fundado por su padre el pasado enero, consistente en acentuar el discurso social y buscar con denuedo la captación del voto obrero.
Los sindicalistas embrujados por los cantos de sirena de la extrema derecha tenían, en algunos casos, responsabilidades en la organización. Era el caso de Annie Lemahieu, delegada regional de Fuerza Obrera (FO)del personal civil del Ejército en Nord-Pas de Calais. Y de Fabien Engelmann, secretario de la Confederación General de Trabajadores (CGT) –el histórico sindicato comunista– en el municipio de Nilvange (Mosela), que obtuvo la adhesión unánime de sus 26 compañeros en la organización local del sindicato cuando cayeron las primeras represalias. Los otros dos, Daniel Durand-Decaudin (Mosela) y Franch Pech (Alta-Garona), pertenecían a los sindicatos CFDT y SUD. Fuera de este último caso –en que se trata de un empleado municipal de Toulouse–, los otros tres proceden de zonas industriales en decliva, donde el FN obtiene sus mejores resultados electorales.
Las direcciones de los sindicatos directamente afectados actuaron con celeridad y suspendieron de militancia a los cuatro candidatos frontistas. La CGT lo acabaría expulsando de la organización, junto con los 26 compañeros de su sección. En una carta enviada a todos los secretarios generales de la Confederación, el patrón de la CGT, Bernard Thibault, les instaba a reaccionar con rapidez y determinación ante casos semejantes: “Es una exigencia superior a cualquier otra consideración, incluida la pérdida eventual de militantes o excepcionalmente la pérdida de un sindicato. Con los valores fundacionales de la CGT no se transige”. Dicho, y hecho.
La mayor parte de los sindicatos –CGT, CFDT, FSU, UNSA y Solidarios– firmaron el 17 de marzo una declaración conjunta en la que expresaban su determinación de “impedir la instrumentalización del sindicalismo por el Frente Nacional” y juzgaban las ideas de la extrema derecha –particularmente la de la “preferencia nacional” a la hora de contratar a los trabajadores– incompatibles con los valores de sus sindicatos. Las otras centrales –FO, CFTC y CFE-CGC– expresaron por su cuenta juicios parecidos.
Lejos de amilanarse ante la respuesta sindical, el Frente Nacional decidió crear una asociación –el Círculo Nacional de Defensa de los Trabajadores Sindicados (CNDTS)–, con el fin de defender a los trabajadores frontistas y, en particular, a aquellos que tienen una militancia sindical.
El intento de infiltración del FN en el mundo sindical no es nuevo. En los años noventa ya lo buscó el histórico líder de la organización, Jean-Marie Le Pen, primero aplicando la táctica del <CF21>entrisme</CF> en algunas organizaciones sindicales menores y después, tras el fracaso de este primer intento, creando algunos sindicatos profesionales –en la policía, en las prisiones, en los transportes– que acabaron siendo disueltos y declarados ilegales por el Tribunal de Casación en 1998. La sentencia consideró contrario a la ley la creación de sindicatos profesionales como instrumentos de fines políticos y contraria al principio constitucional de “no-discriminación” su ideología. El intento paralelo del FN, en 1997, de presentar candidaturas a las elecciones a los Consejos de Prud’hommes (equivalente a las magistraturas de Trabajo en España) a través de una organización creada ad hoc –la CFNT– tropezó con la misma piedra.
Tras estos fracasos, el FN parece decidido a intentar de nuevo la vía de la infiltración. Los militantes del FN se muestran últimamente muy activos y, al calor de la crisis, se acercan a las salidas de las fábricas e intentan inocular su nuevo discurso, una mezcla de recetas antisistema extrañamente cercanas a las de la extrema izquierda –contra la mundialización, contras las elites, contra los patronos y los bancos, contra Europa– y viejos postulados nacionalistas de la ultraderecha, que culpabiliza a los inmigrantes del paro que sufren los franceses.
De la misma manera que el Frente Nacional ataca a los partidos políticos como integrantes del establishment, censura asimismo a los sindicatos, a quienes presenta como “traidores” a los intereses de los trabajadores. Un sondeo del instituto de opinión Harris Interactive sobre la primera vuelta de las elecciones cantonales del 20 de marzo constató que el FN sólo obtuvo el 9% de los votos entre los simpatizantes y militantes de los sindicatos de clase, notablemente por debajo de la media global en el país, que fue del 15%. Ello parecería poner en entredicho la estrategia de Marine Le Pen, si no fuera porque los candidatos frontistas captaron el 24% del voto obrero.

El duelo popular Le Pen-Sarkozy

Nicolas Sarkozy ganó las elecciones presidenciales en 2007 gracias al apoyo del electorado popular. Los obreros votaron hace cuatro años por el presidente francés, a quienes concedieron el 26% de los votos, aún por delante de la socialista Ségolène Royal (25%). Cara a las elecciones del 2012, un sondeo de Ifop otorga a la líder del FN, Marine Le Pen, un apoyo obrero del 36%, mientras Sarkozy sólo obtendría el 15%. Varios sondeos creen posible que Le Pen descabalgue a Sarkozy en la primera vuelta.

Soberanismo contra el euro

Las desviaciones neoliberales –en economía– del viejo Jean-Marie Le Pen forman ya parte del pasado. Al mando del Frente Nacional (FN) desde enero pasado, su hija y sucesora, Marine Le Pen, ha dado un acusado giro ideológico al partido de la extrema derecha francesa, convertido hoy a la militancia estatalista.
El nuevo FN defiende hoy un “Estado fuerte” que impulse la reindustrialización de Francia, asuma el control –vía su nacionalización– de las empresas energéticas clave y de las entidades bancarias que puedan tener dificultades, y proteja a los trabajadores. Franceses, se entiende. Antes que nada, a los franceses. Salvo en lo que concierne a la vieja tesis de la “preferencia nacional”, casi se diría un programa de corte gaullista. La propuesta más radical y controvertida del programa económico del Frente Nacional no es, sin embargo, la que atañe al papel del Estado en la ecomomía –que en este país siempre ha sido preponderante–, sino la que afecta a la política monetaria.
Desde un discurso de corte nacionalista y soberanista –términos que en Francia van asociados por lo general a la ultraderecha– que señala a la mundialización y la Unión Europea como causas de todos los males económicos de los franceses, el FN propugna el abandono del euro, incluso de forma unilateral en el caso de que el resto de los socios europeos no quisieran seguir esta vía. “Nosotros no creemos en esta moneda y estamos persuadidos de que esta moneda va a hundirse sola”, declaró hace unas pocas semanas Marine Le Pen. El FN propone también adoptar una política proteccionista, con la instauración de aranceles sobre determinados productos o determinados países que practiquen una competencia desleal en materia de costes sociales.
Contra el euro, el FN no está solo. Algunos grupúsculos de la derecha nacionalista cantan desde hace tiempo esta misma canción. Igual que el Partido Comunista y otros grupos de extrema izquierda. Una idea que seduce particulamente –al 52%– de los obreros. Volvemos al principio.

Sangre rebelde


Como cada mes de mayo, alguien se ha acercado a depositar flores en el llamado Muro de los Federados, en una esquina del cementerio de Père Lachaise de París. Aquí, contra esta tapia, fueron ejecutados por las tropas versallesas del mariscal Mac-Mahon, hace ahora 140 años, los últimos combatientes de La Comuna, que se habían batido a la desesperada, a falta de fusiles con navajas, entre las célebres tumbas del camposanto.
Era el 28 de mayo de 1871. Ese día terminó, ahogada en sangre, la que Karl Marx juzgó como la primera insurrección proletaria de la historia. No porque sí, los dirigentes históricos del comunismo francés han buscado en este rincón, junto a la memoria de los “communards”, su lugar de reposo… La Comuna fue, después de las de 1789, 1830 y 1848, la última –Mayo del 68 no llegó a serlo- revolución francesa. El último levantamiento popular de una ciudad, París, que lleva la rebelión en la sangre.
Todo empezó con una derrota militar. El 2 de septiembre de 1870, tan sólo seis semanas después de haber declarado alegremente la guerra a Prusia, el imprudente emperador Napoleón III caía prisionero de los alemanes en Sedan (Ardenas), el mismo lugar -por cierto- por donde los tanques de Rommel atacarían en 1940. Poco después, las tropas prusianas alcanzaron París, sometiendo a la capital a un duro asedio que se prolongaría hasta la rendición final el 28 de enero, después de tres semanas de bombardeos.
Durante cuatro meses, mientras el kaiser Guillermo se hacía nombrar emperador de Alemania en el salón de los espejos de Versalles, los parisinos –no los de los barrios ricos, desde luego- se morían literalmente de hambre, obligados a comer ratas y hacer caldo con los huesos de los cadáveres desenterrados… La ira y el resentimiento de las clases populares, acrecentada por los términos de la capitulación aceptada por el nuevo poder republicano, mayoritariamente conservador, acabaría pronto por explotar.
El detonante de la violencia, el desencadenante de la furia popular, fue la decisión del nuevo Gobierno de Adolphe Tiers –instalado en Versalles precisamente por temor al tumultuoso carácter parisino- de enviar el 18 de marzo a un regimiento del ejército regular a hacerse, por precaución, con 200 cañones apostados en Montmartre que estaban en manos de la Guardia Nacional, una milicia ciudadana creada en la época de la Revolución. La multitud, secundada por la Guardia, se amotinó. Y ebria de cólera linchó a dos generales. El Gobierno ordenó entonces al ejército su repliegue a Versalles.
Con la ciudad de repente en sus manos, los revolucionarios autoproclamaron el 28 la Comuna, un caleidoscópico gobierno ciudadano integrado por jacobinos, radicales, anarquistas, y con una notable presencia en sus filas de guardias nacionales, obreros, empleados y… periodistas. Más libertario que comunista –una apelación que todavía no había surgido en aquel momento- el nuevo poder izó la bandera roja en el Ayuntamiento y se dispuso a derribar el orden establecido. En dos meses se publicaron numerosos decretos, de muy diversa índole: liquidación de los plazos debidos por los inquilinos a los caseros, prohibición del trabajo nocturno en las panaderías, separación entre la Iglesia y el Estado, gratuidad de la educación pública… Y una medida antimilitarista simbólica: el desmantelamiento de la columna erigida por Napoleón I en la plaza Vendôme para celebrar su victoria en la batalla de Austerlitz.
Apoyado en la fuerza de la Guardia Nacional -cuyos batallones estaban agrupados en una Federación, de ahí el nombre de “federados”- y respaldado activamente por unos 300.000 parisinos, el nuevo poder de La Comuna se enfrentó sin embargo enseguida a graves problemas de solidez: divisiones internas, caos organizativo, aislamiento…
Mientras en París se discutía sobre cómo arreglar el mundo y se festejaba la revolución, las fuerzas gubernamentales tuvieron el tiempo suficiente para reorganizarse. Andrew Hussey, en el segundo tomo de su historia sobre París, subraya cómo los “communards” perdieron un tiempo precioso antes de decidirse a atacar a las tropas acantonadas en Versalles, lo que hicieron finalmente la noche del 2 de abril en un completo y dramático desorden. “Mientras los efectos del vino y la euforia se difuminan en las primeras luces del alba, los obreros son abatidos por decenas, luego por centenas”, escribe Hussey. Derrotados en sucesivos combates, los “communards” se vieron forzados a replegarse a París, donde erigieron barricadas en toda la ciudad a la espera del inevitable contraataque de los versalleses. Éste llegó finalmente el domingo 21 de mayo.
Mientras los parisinos se entregaban a la fiesta y a la bebida en el jardín de las Tullerías, donde se había organizado un multitudinario concierto, 60.000 soldados a las órdenes del mariscal Mac-Mahon se lanzaron al asalto en París. Cuando los “communards” se quisieron dar cuenta, el ejército gubernamental controlaba ya media ciudad sin haber encontrado apenas resistencia. Acababa de empezar la que sería conocida como la Semana Sangrienta.
Los combates que se libraron en los días posteriores en la ciudad fueron de una violencia inusitada. Y la venganza perpetrada por el Gobierno, de una crueldad  pavorosa. El ejército, con órdenes expresas de no hacer prisioneros, fusilaba sistemáticamente sobre la marcha a todos los combatientes –o sospechosos de serlo- capturados en su avance. Acorralados, los “communards” ejecutaron a los rehenes que mantenían prisioneros –un centenar de personas, básicamente religiosos, entre ellos el arzobispo de París- y prendieron fuego a los grandes edificios de la capital: los palacios de las Tullerías y de Orsay –destruidos para siempre-, el Hôtel de Ville, el Palacio de Justicia, el palacio de la Legión de Honor, el Tribunal de Cuentas… fueron pasto de las llamas. Densas columnas de humo se elevaban por todo París, mientras los cadáveres se amontonaban en las calles y un hedor a muerte emponzoñaba el aire.
 “El suelo está cubierto por sus cadáveres. Este espectáculo horrible servirá de lección”, escribió fríamente Adolphe Tiers al día siguiente de que los últimos “communards” fueran ejecutados en el cementerio de Père Lachaise. El balance de la Semana Sangrienta y de la represión que cayó sobre la ciudad en los días posteriores dejó cerca de 20.000 muertos y alrededor de 40.000 presos. “Es, a la escala de una ciudad, una salvajada equivalente a la de la guerra civil española sesenta y cinco años más tarde”, ha valorado el ensayista Alain Minc en su personal “Una historia de Francia”.
En la misma colina de Montmartre donde el pueblo de París se había levantado, los vencedores decidieron erigir un templo expiatorio de inmaculados muros blancos. A modo de resarcimiento. A modo de desafío, también. Hoy, millones de turistas visitan cada año la basílica del Sacré-Coeur completamente ajenos a su profundo significado.
Numerosas personas se acercan estos días al Hôtel de Ville para ver la exposición conmemorativa sobre La Comuna montada por el Ayuntamiento, donde pueden percibirse –a través de fotos y grabados de la época, de bandos y actas manuscritas- la efervescencia revolucionaria que dominó París entre marzo y mayo de 1871, la esperanza y el miedo que despertó la insurrección, la violencia y la destrucción que asolaron la ciudad. En el libro de visitas, alguien ha dejado escrito: “¡Viva la Comuna!”.

domingo, 1 de mayo de 2011

La prima extra de Sarkozy

"No cederé”. Es, junto con “no toleraré” y otras fórmulas análogas, una de las frases preferidas de Nicolas Sarkozy cuando quiere hacer gala de firmeza y determinación. Es decir, casi siempre. La última vez que el presidente francés expresó de este modo su vocación de intransigencia fue el 19 de abril en un acto con los obreros de una fundición en las Ardenas, a quienes prometió que el Estado obligará a las grandes empresas con beneficios a negociar el pago de una prima a sus trabajadores. “Es normal que los asalariados y los obreros a quienes se pidieron esfuerzos durante la crisis se beneficien de la recuperación, es un principio sobre el que no cederé”, dijo, esperando un aplauso que sin embargo no llegó.
Sarkozy se había reservado realizar el anuncio de la buena nueva en la misma región donde arrancó su campaña electoral en diciembre del 2006, con la bandera del poder adquisitivo y el famoso lema de “trabajar más para ganar más”. “Yo no os decepcionaré, no os mentiré, no os traicionaré”, dijo entonces... La escuálida credibilidad del presidente en los sondeos de opinión –por debajo del 30%– y la entrada en cuña del ultraderechista Frente Nacional en las zonas obreras demuestra hasta qué punto desilusionó aquellas expectativas. “¿Cómo se atreve Nicolas Sarkozy a volver a las Ardenas, región símbolo de sus mentiras y de su fracaso económico y social, para hacer nuevas promesas cuando todas las precedentes han quedado sin futuro?”, atacó la primera secretaria del PS, Martine Aubry.
A un año de las elecciones presidenciales, Sarkozy necesita imperativamente recuperar el respaldo del electorado popular, que le condujo al Elíseo en el 2007, si quiere desmentir a las encuestas que le dan por seguro perdedor. El presidente arrancó su mandato haciendo un regalo a los más ricos –el llamado escudo fiscal, que limitó al 50% de las rentas totales lo que cada francés debía pagar por todos sus impuestos– y lo va a terminar de modo semejante: suprimiendo el otrora sacrosanto escudo fiscal, que tanto daño le ha hecho en la opinión pública, pero compensando a los más pudientes con una rebaja del Impuesto de la Solidaridad sobre la Fortuna (ISF). Difícil, en tales circunstancias, erigirse de nuevo en la voz de la clase trabajadora.
Es en este contexto en que ha nacido la controvertida idea de la “prima” a los asalariados anunciada por Sarkozy en las Ardenas, cuyo alcance promete ser más limitado y diluido que la firmeza de las palabras del presidente quería dar a entender. A falta de que el Gobierno concrete la medida en un proyecto de ley antes del verano, la iniciativa ha sido presentada bajo tantas versiones como ministros han hablado de ella. La más osada fue la del responsable del Presupuesto, François Baroin, quien habló de una prima obligatoria de 1.000 euros.
Al final, nada más lejos. Sólo las grandes empresas que repartan dividendos entre sus accionistas, y que aumenten este año –nótese la precisión– ese dividendo, se verán obligadas no ya a pagar sino a negociar con los sindicatos el pago de una prima que el Gobierno ha renunciado finalmente a cifrar. Para las pequeñas y medianas empresas esto será opcional, aunque la prima –si se paga– estará exenta de cargas sociales. Los expertos consideran que sólo unos 9 millones de trabajadores, en el mejor de los casos, se beneficiarán de tal medida.
La iniciativa ha tenido la virtud, por así decir, de irritar a los empresarios y a los sindicatos a la vez. Estos últimos ven en la prima extraordinaria de Sarkozy un señuelo, un engaño para no abordar la cuestión del aumento de los salarios. “¡Esos 1.000 euros son el montante de la papeleta de voto!”, ironizó el secretario general de la CGT, Bernard Thibault.