viernes, 8 de abril de 2011

Viaje de ida y vuelta

Una ola de frío glacial amenaza las relaciones franco-italianas, ya relativamente degradadas en los últimos tiempos por contenciosos diversos –intervención militar en Libia, caso Lactalis-Parmalat–, a causa ahora de la presión migratoria procedente del norte de África. La decisión del Gobierno italiano, oficializada ayer por el ministro del Interior, Roberto Maroni, de conceder permisos temporales de residencia a un número indeterminado de los más de 25.000 inmigrantes norteafricanos desembarcados en la isla de Lampedusa en las últimas semanas, ha sentado francamente mal en París, que se prepara para una entrada masiva en Francia de inmigrantes tunecinos –francófonos, no hay que olvidarlo– gracias a la libertad de circulación en el espacio Schengen. El propio Maroni justificó ayer en el Parlamento italiano esta decisión alegando que la mayor parte de los inmigrantes habían expresado su intención de reunirse con familiares “en Francia y otros países europeos”.
El ministro francés del Interior, Claude Guéant, que se reunirá hoy con su homólogo italiano para preparar la próxima cumbre bilateral, prevista para el 26 de abril en Roma, abordará esta cuestión, en la que ambos países quieren implicar al conjunto de la Unión Europea. Mientras tanto, sin embargo, París ha recibido la iniciativa italiana como un gesto inamistoso y se dispone a devolverlo con la misma moneda. En otras palabras, repatriando a Italia a la mayor parte de inmigrantes norteafricanos posible.
El Gobierno francés ha decidido reforzar los controles fronterizos con Italia y ha advertido que devolverá a este país a todos aquellos inmigrantes que, pese a contar con un permiso temporal de residencia, no cumplan todos y cada uno de los requisitos previstos en la legislación comunitaria. “Si no reúnen estas condiciones, Francia tiene todo el derecho de devolverlos a Italia, y eso es lo que hará”, aseguró ayer Claude Guéant. Marino, por su parte, lamentó el “comportamiento hostil” del Gobierno francés.
La amenaza de Guéant es todo menos una bravuconada. El Ministerio del Interior francés envió al miércoles a todas las prefecturas una circular urgente en la que se dan instrucciones precisas sobre cómo actuar ante la previsible avalancha de inmingrantes tunecinos procedentes de Italia en suelo francés. La circular, cuyo contenido fue desvelado por el diario Le Figaro, recuerda que los inmigrantes de terceros países con un permiso de residencia en un Estado miembro del espacio Schengen sólo pueden permanecer en Francia durante un plazo de tres meses y siempre que cumplan otros cuatro requisitos.
Los inmigrantes deberán disponer de un permiso de residencia válido y reconocido como tal a nivel europeo –esto es, en este caso, uno de los modelos oficialmente notificados por Italia a la Comisión Europea–; aportar un documento de viaje –pasaporte– en vigor y reconocido por Francia, en el que debe figurar un sello con la fecha de entrada en el país; justificar recursos suficientes para su estancia en el país –a razón de 31 euros diarios por persona en caso de disponer de un alojamiento, o 62 euros en caso contrario–, y finalmente, no representar una amenaza para el orden público. “En consecuencia, es conveniente verificar si estas cinco condiciones se cumplen. En todos los demás casos, bajo reserva de un examen individual de la situación, los extranjeros concernidos son devueltos al Estado miembro de procedencia”, concluye la circular enviada a los prefectos, firmada por el director de gabinete del ministro del Interior, Stéphane Bouillon.
Blandiendo estas mismas condiciones, el Gobierno francés justificó el verano pasado la campaña sistemática de expulsión de gitanos de húngaros y rumanos (roms) a sus países de origen. Y se trataba de ciudadanos comunitarios. El objetivo, con los inmigrantes tunecinos y norteafricanos procedentes de Lampedusa, no es otro: expulsar al máximo número posible. Lo que implica, dado de que dispondrán de un permiso temporal de residencia concedido en Italia, devolverlos a la frontera italiana.
La concesión de estos permisos temporales de residencia por parte del Gobierno italiano –una forma de aliviar la presión facilitando su salida del país hacia el interior de Europa– sólo concierne a los inmigrantes ya desembarcados. El acuerdo entre Roma y las nuevas autoridades tunecinas prevé que los que lleguen a partir de ahora serán repatriados.

jueves, 7 de abril de 2011

El túnel subterráneo de la 'Françafrique'

Un túnel subterráneo. En él se resume simbólicamente toda la particular y oscura significación de la Françafrique, esa tela de araña de relaciones e intereses, algunos evidentes y muchos otros ocultos, que une a Francia con sus antiguas colonias africanas. El túnel en cuestión, antaño secreto, comunica directamente el palacio del presidente de Costa de Marfil con la residencia del embajador de Francia, situada casi pared contra pared (o jardín con jardín), en el acomodado barrio de Cocody, en Abiyán, la capital económica del país. Lo mandó construir el primer presidente de la independencia, Félix Houphonët-Boigny, jefe del Estado entre 1960 y 1993, a modo de cordón umbilical con la antigua metrópoli. Ex diputado en la Asamblea Nacional francesa y ex ministro con el jefe de Gobierno socialista Guy Mollet durante la IV República, el padre de la independencia ivoriana era un fervoroso profrancés. Su sucesor, Henri Bédié (1993-1999), mucho más tibio, decidió cerrar este curioso canal que lo ligaba a la época colonial y ordenó tapiar el túnel. Así había permanecido hasta esta semana... Acogotado por las tropas de su rival, Alassane Ouattara, en el palacio presidencial, Laurent Gbagbo, decidió derribar el tabique y reabrir el túnel. A través de él se coló al martes su ministro de Exteriores, Alcide Djedje, para negociar con el embajador francés, Jean-Marc Simon, un alto el fuego. El túnel puede acabar siendo la última vía de escape del presidente caído. 

miércoles, 6 de abril de 2011

Bombas en el nombre del "padre"

Abril de 1941. Pilotos de la Francia Libre integrados en la RAF británica participan a bordo de aviones Hurricane en la encarnizada defensa de Tobruk, en la costa libia, acosada por las fuerzas germano-italianas comandadas por el general Rommel, El Zorro del Desierto. Entre los pilotos de la Fuerza Aérea de la Francia Libre (FAFL) que intervienen en el norte de África, agrupados en la Escuadrilla de Caza nº 1 –más tarde rebautizada como Grupo de Caza n º 1 Alsacia–, está un joven teniente corso, Albert Preziosi, que un año antes se había unido al general De Gaulle en Londres, indignado por la rápida capitulación francesa ante las tropas nazis.
Marzo-Abril de 2011. Setenta años después de la Guerra del Desierto –un episodio fundamental de la Segunda Guerra Mundial–, los utramodernos cazabombarderos franceses Rafale y Mirage patrullan la costa este de Libia, donde en los primeros días de la ofensiva internacional atacaron a las columnas de blindados del coronel Muamar el Gadafi en defensa de los insurrectos de Bengasi.
Los cazas franceses, ahora bajo la coordinación militar de la OTAN, despegan de una base aérea militar situada en el sur de la isla de Córcega, cerca del pueblo costero de Solenzara, llamada “Capitán Albert Preziosi” en honor del aviador corso. Esta azarosa coincidencia, este curioso guiño de la Historia, ha resucitado una vieja –y todavía más asombrosa– leyenda corsa según la cual el apuesto oficial de la Francia Libre que da nombre a la base de Solenzara sería además el padre natural del coronel Gadafi...
Esta creencia, evidentemente nunca probada –aunque tampoco definitivamente desahuciada–, se fundamenta en una cierta semejanza física entre ambos, pero sobre todo en la misteriosa peripecia que Albert Preziosi protagonizó a principios de los años cuarenta en Libia durante la Segunda Guerra Mundial.
Según la historia que sus antiguos compañeros de armas contaron en su momento –la idea de una eventual paternidad de Gadafi fue aireada en los años setenta por la extrema derecha francesa para desacreditar a los nacionalistas corsos, atribuyéndoles conexiones con el régimen libio–, Preziosi se estrelló con su avión en el desierto de Libia, donde fue socorrido por una tribu de beduinos. Hay quien dice que se trataba de la tribu Senoussi, la misma a la que pertenece Gadafi.
Desaparecido durante más de un mes, al regresar a su base el propio Preziosi habría explicado haber tenido relaciones con una joven de la tribu, de las que –según se sabría más tarde– habría nacido un hijo. Hay quien sitúa el accidente del piloto corso en 1941, lo que cuadraría con la fecha de nacimiento de Gadafi, el 7 de junio de 1942. Otros hablan justamente de 1942, lo que invalidría tal hipótesis, a no ser –como los más osados aventuran– que el líder libio, que en los años setenta introdujo un cambio de calendario, hubiera nacido más tarde.
Nada hay en los archivos militares franceses que apuntale esta historia. En el pueblo natal de Preziosi, Vezzani, ni se lo creen ni se lo dejan de creer, orgullosos en cualquier caso de las hazañas de su héroe local. Todo se sostiene, bien que precariamente, en un puñado de coincidencias. El parecido, la concordancia de fechas... y los testimonios de sus camaradas, que pese a todas sus contradicciones, estaban de acuerdo en señalar que, en efecto, Preziosi tuvo un hijo en Libia.
Cuentan, aunque se trata de testigos indirectos, que en 1943 Albert Preziosi le pidió al comandante Joseph Pouliquen, cofundador del Grupo de Caza Normandía-Niemen –en el que éste se había integrado–, que si le pasaba algo, entregara una carta al hijo que había tenido en Libia. Pocas semanas después, en julio de ese año, Preziosi moría en la batalla de Kursk, en el frente ruso. De la carta nunca más se supo.

Coto al islam

El partido de Nicolas Sarkozy, la Unión por un Movimiento Popular (UMP), puso ayer finalmente letra a la música emitida en las últimas semanas desde el Elíseo sobre la necesidad de acotar la práctica del islam en Francia. El polémico debate sobre el islam lanzado por el presidente francés el pasado mes de febrero –luego reconvertido formalmente en debate sobre la laicidad– culminó ayer con el alumbramiento por parte de la UMP de una batería de 26 propuestas para reforzar el principio de la laicidad –instaurado por la ley de 1905– frente a las crecientes presiones de los integrismos religiosos. Y en particular, de los fundamentalistas islámicos.
La principal propuesta del partido gubernamental, que en las próximas semanas presentará en el Parlamento un proyecto de resolución a este respecto, es hacer una compilación, probablemente en forma de Código, de todas las disposiciones sobre la laicidad y la libertad de culto, y reforzarla con algunas medidas legales adicionales.
Entre las propuestas que puso sobre la mesa el secretario general de la UMP, Jean-François Copé, está la prohibición general de alegar una creencia religiosa para sustraerse al cumplimiento de las reglas comunes. Por ejemplo, rechazar la asistencia de un médico a causa de su sexo o su supuesta confesión. O negarse, en la escuela, a seguir los cursos de educación física y educación cívica. La ley, según la propuesta, extenderá la prohibición de exhibir signos o vestimentas de carécter religioso a los “colaboradores ocasionales” de los servicios públicos, lo que apunta a los padres acompañantes en las salidas escolares. Lo mismo valdrá para el personal de los centros privados –clínicas y guarderías– que prestan un servicio de interés general.
La voluntad del partido gubernamental es también reforzar la idea general de que los servicios públicos no tienen la obligación de adaptarse ni al calendario de fiestas ni a las prescripciones alimentarias religiosas, aunque admite la posibilidad de “arreglos” en cada caso. En las cantinas públicas, por ejemplo, no se servirá carne sacrificada según el rito halal, pero se ofrecerá a cambio un menú vegetariano. Las empresas privadas estarán habilitadas asimismo para regular, en su reglamento interior, estos extremos. Las celebraciones religiosas no tradicionales en la calle –como el rezo– deberá comunicarse previamente a la autoridad.
La mayor parte de estas propuestas, que por otra parte pueden encontrar un amplio consenso, ya está recogidas de un modo u otro en la legislación y sólo exigen aplicación. Salvo la idea de elaborar un Código de la Laicidad, y alguna cuestión puntual, apenas hay nada nuevo, lo que no ha hecho sino reforzar la impresión de que detrás de la iniciativa había un objetivo político-electoral: intentar amarrar al electorado popular tentado por el discurso radical de la extrema derecha.
El debate, pese a estar formalmente centrado en la laicidad, se ha focalizado en realidad en el islam, como han puesto de manifiesto las continuas y pertinaces declaraciones de miembros del partido y del Gobierno –ayer mismo volvió a insistir en ello el ministro del Interior, Claude Guéant, quien se quejó del “problema” que supone el “crecimiento del número de fieles” del islam–, lo que ha generado el rechazo general de la comunidad musulmana, que se siente estigmatizada, y el recelo de las demás confesiones, incluidos los católicos y los judíos. 

Imanes y mezquitas

La propuesta de la UMP pretende generalizar la formación universitaria de los imanes, algo que hoy sólo se produce en Estrasburgo –Alsacia y Lorena están exentas por razones históricas de la ley de laicidad– y en la Universidad Católica. También se quiere revisar el sistema de protección social de los ministros de culto y analizar la manera de que no tengan ningún tipo de subordinación a un Estado extranjero. La financiación exterior de centros de culto se controlará a través de una fundación nacional, y se facilitará su construcción mediante cesiones enfitéuticas –derecho de usufructo de terrenos públicos por 99 años mediante el pago de un canon mínimo y con opción de compra final–. También se autorizarán sectores propios en los cementerios

martes, 5 de abril de 2011

Secretos en el fondo del océano

Dos motores, una parte del fuselaje, el tren de aterrizaje... La mayor parte de los restos del avión de Air France AF 447, que se estrelló en el Atlántico el 1 de junio del 2009 cuando volaba entre Río de Janeiro y París –causando la muerte de sus 228 ocupantes–, han sido hallados en el fondo del océano, a 3.900 metros de profundida, después de casi dos años de búsqueda infructuosa. La posibilidad de que las denominadas cajas negras se encuentren entre los restos es altamente factible, pero por el momento sigue siendo una incógnita. En caso de que se localicen tampoco es evidente que su estado permita explotar la información que contienen (datos técnicos del vuelo y las conversaciones de los pilotos), pues podrían haber resultado dañadas por el impacto en el momento de estrellarse el avión o no haber resistido la presión submarina. Entre los restos del avión se han encontrado asimismo un número indeterminado de cadáveres (una cincuentena ya fueron hallados a a la deriva, y recuperados, en los días posteriores al accidente)
Los restos del avión –y los cadáveres– podrían empezar a ser sacados a la superficie dentro de tres o cuatro semanas, según indicó ayer la ministra de Ecología y Transportes, Nathalie Kosciusko-Morizet, que recibió en Le Bourget a una representación de las familias de las víctimas. La asociación francesa acogió con reservas la noticia –“Es un problema espinoso, traumatizante, puede haber un debate entre les familias que quieran recuperar los cuerpos y quienes prefieran dejarlos en el fondo del océano”, apuntó su vicepresidente, Robert Soulas–, mientras que la asociación brasileña la celebró: “Vamos a poder enterrarles”, subrayó su presidente, Nelson Marinho.
El objetivo prioritario del Bureau d’Enquêtes et d’Analyses (BEA) –que conduce la investigación– es antes que nada intentar localizar y recuperar las cajas negras, único medio de comprender qué pasó el 1 de junio del 2009. La justicia francesa ha procesado a Air France y a Airbus, fabricante del avión –un A-330–, por su posible responsabilidad en el accidente, que la instrucción atribuye supuestamente al fallo de las sondas Pitot, que miden la velocidad del avión y cuya inutilización desconectó diversos automatismos del aparato. Según esta hipotesis, los pilotos podrían haber perdido el control por exceso o falta de velocidad. El BEA, sin embargo, siempre ha sostenido que este fallo no puede explicar por sí solo el accidente.
El estado de los restos encontrados confirma que el aparato no se desintegró en el aire, sino que se fracturó al impactar sobre el océano. Los restos han sido hallados a 3.900 metros de profundidad, sobre una llanura abisal arenosa, en un área limitada de 600 por 200 metros, y sólo unos cuantos kilómetros al norte del punto de la última posición conocida del avión. El BEA mantiene por ahora en secreto la localización exacta por precaución.
El hallazgo se ha producido diez días después de iniciada la cuarta campaña de búsqueda organizada por Francia, el pasado 25 de marzo. La operación ha costado ya 21,6 millones de euros.

domingo, 3 de abril de 2011

Arenas movedizas

"Nicolas Sarkozy está metido en arenas movedizas. Si se mueve, se hunde. Si no se mueve, también”. Producto del gracejo de Marine Le Pen –que ha heredado de su sulfuroso padre tanto el extremismo como un agudo sentido de la ironía–, la comparación describe con fatal exactitud la situación del presidente francés. Haga lo que haga, hable o calle, su impopularidad crónica no parece tener remedio. Los franceses, que le votaron masivamente en 2007, dejaron hace tiempo de creer en él.
Visto desde el exterior, y comparado con lo que está pasando en otros lugares, podría parecer inverosímil. Francia, donde el intervencionismo del Estado y el peso del sector público es uno de los mayores de Europa, es uno de los países que mejor ha resistido a la crisis, como celebró el muy liberal The Economist en una insólita portada publicada en mayo del 2009 en la que situaba a Sarkozy en lo alto del podio europeo, como campeón del otrora vilipendiado modelo económico continental.
El empleo en Francia empezó a recuperarse, aunque modestamente, ya el año pasado, en que se crearon entre 120.000 y 160.000 puestos de trabajo –una tercera parte de los perdidos en los dos años precedentes–. Y el índice de paro retrocedió ligeramente, en 0,3 puntos, hasta situarse al final del 2010 en el 9,2% (9,6% si se incluyen los territorios de ultramar), un nivel todavía demasiado alto, pero que se aproxima al que había hace una década y que está a años luz del de España.
El pulso económico, aunque más débil que el alemán, hace meses que abandonó la zona roja. El crecimiento económico se situó el año pasado en el 1,5%, según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (Insee), y el Gobierno cree posible alcanzar este año el 2%. En los dos primeros meses del año, la producción industrial apunta al alza (+1,5%), lo mismo que el consumo interno (+0,9%). Las finanzas públicas, por su parte, mejoran a un ritmo por encima de lo previsto: el año pasado se cerró con un déficit público del 7% del PIB, inferior al del año anterior (7,5%) y todavía más bajo que el previsto inicialmente en los Presupuestos del Estado (el 8,2%)
Francia ha aguantado el tirón, además, sin imponer grandes sacrificios. Cierto, se ha retrasado la edad legal de jubilación (¡de 60 a 62 años!) y el Gobierno ha tomado una serie de medidas para reducir el gasto público, entre ellas la amortización de una de cada dos plazas de funcionarios que se jubilan. Los sindicatos llevan tiempo denunciando la progresiva precarización de los servicios públicos. Pero no se ha suprimido aquí apenas ninguna de las numerosas ayudas sociales con que el Estado protege a sus ciudadanos. Mientras en España o en el Reino Unido se ha cortado por lo sano, Francia sigue adelante –casi– como si nada hubiera pasado. Y a cada periodo de vacaciones escolares –y son muchos a lo largo del año– los franceses se lanzan sobre las autopistas y el TGV para irse a la costa o a la montaña como en los mejores tiempos.
A nivel internacional, el febril activismo de Nicolas Sarkozy ha vuelto a colocar a Francia entre el puñado de países que deciden, lo cual ha tenido un cierto efecto de linimento sobre el maltrecho orgullo francés. Si la crisis de Libia ha dejado a Berlín fuera de juego, París la ha aprovechado a fondo para tomar la iniciativa y asumir, junto a Londres, el liderazgo de la intervención militar contra el régimen de Muamar el Gadafi. Es como una reedición del Sarkozy de 2008, cuando aprovechando la presidencia semestral de la UE y la ausencia temporal de Estados Unidos –George W. Bush ya se estaba yendo, mientras que Barack Obama aún no había llegado–, tomó las riendas de la respuesta internacional a la crisis financiera.
Nada de todo esto, sin embargo, absolutamente nada, ha suavizado la áspera mirada que los franceses dirigen al presidente de la República. En la segunda vuelta de las elecciones cantonales del pasado domingo –unos comicios de carácter local, pero con valor de test cara a las presidenciales del 2012–, los franceses infligieron un humillante castigo al partido de Sarkozy, una Unión por un Movimiento Popular (UMP) que lleva tiempo dando bandazos y que se arriesga a perder el voto moderado del centro por disputar el apoyo del electorado popular a la extrema derecha. La derrota de la UMP, que se añade a los fracasos de las municipales de 2008 y las regionales de 2010, ha dado alas al Partido Socialista y ha alimentado al ultraderechista Frente Nacional.
Los sondeos de intención de voto que han aparecido después sobre las presidenciales del año que viene son terroríficos para Sarkozy: todos vaticinan la victoria del candidato socialista, sea quien sea, y la descalificación del presidente francés en la primera vuelta a manos del FN, como le sucedió al ex primer ministro socialista Lionel Jospin en 2002.
La sociedad francesa está descontenta, lleva años así. El clamoroso no en el referéndum que en 2005 tumbó el proyecto de Constitución europea fue la expresión de un profundo malestar, de un arraigado pesimismo, que está lejos de haberse disipado. La elección presidencial del 2007 levantó una gran esperanza en el país. Pero un año después ya se había esfumado. Sarkozy ha defraudado a los franceses. El modo hipertrofiado y desenvuelto de ejercer el cargo, con continuas interferencias de su vida privada; la familiaridad con los ricos y poderosos –traducida en una política fiscal percibida como injusta–, la sucesión inagotable de anuncios y promesas sin resultados tangibles, la deriva populista, en fin, de los últimos meses han arruinado por completo su imagen.

viernes, 1 de abril de 2011

El duelo de los ex

Arrieros de la política son, los dos. Y en el camino de la ambición han acabado por encontrarse. François Hollande, ex primer secretario del Partido Socialista francés, anunció ayer oficialmente su intención de concurrir a las primarias de su partido para encabezar la candidatura socialista al Elíseo en las elecciones presidenciales del 2012, lo que le aboca irremediablemente –a no ser que alguien se retire a media carrera– a disputarse la nominación con su ex mujer y madre de sus hijos, la ex presidenciable socialista Ségolène Royal, que en el 2007 fue derrotada por Nicolas Sarkozy. El duelo de los ex, no por esperado será menos electrizante. Y complicará sobremanera el camino de los otros dos grandes aspirantes a candidato: el director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn –el favorito de los sondeos–, y la primera secretaria del PS, Martine Aubry.
El François Hollande que se presentó ayer en su feudo local de Tulle, en Corrèze –¡las tierras de Jacques Chirac!–, es un hombre nuevo, un hombre que ha roto las cadenas. A sus 56 años, Hollande ha renovado completamente su imagen –ha adelgazado diez kilos, se ha teñido el pelo de negro– y se ha desembarazado de todas las constricciones que se había autoimpuesto en el pasado. Un hombre doblemente libre.
Libre de la jefatura del PS, que ocupó entre 1997 y 2008, y desde la que se dedicó básicamente a componer entre las diferentes corrientes del partido para salvaguardar su unidad, aún a costa de desvanecer su propia personalidad política. Libre también de la alargada sombra de su ex compañera de casi treinta años –Ségolène Royal, con quien tiene cuatro hijos en común–, a quien en 2007 cedió de mala gana el paso en su malograda carrera por hacerse con la presidencia de la República. Hoy, François Hollande expone abiertamente su ambición política –lo que tantas veces se había prohibido antes– y exhibe sin sonrojo su relación sentimental con la periodista Valérie Trier-weiler, a quien no ha tenido empacho de calificar en la prensa rosa como “la mujer de (su) vida”.
Las posibilidades de François Hollande de ganar la nominación en las primarias socialistas son inciertas. Pero, desde luego, no se trata de un figurante. A diferencia de otros aspirantes minoritarios ya declarados, como Manuel Valls –que ha empezado a amagar con la retirada– y Arnaud Montebourg, la candidatura de Hollande puede resultar peligrosísima para los barones del PS. El ex primer secretario lleva meses trabajando sin descanso, apareciendo constantemente en los medios de comunicación y pateándose Francia de arriba a abajo. El resultado es que su valoración por la opinión pública va subiendo enteros y los sondeos vaticinan que podría vencer –él también– al presidente saliente, el cada vez más tambaleante Sarkozy.
El ascenso de Hollande tiene su reverso de la medalla en la práctica desaparición política y mediática de Ségolène Royal, que después de su anuncio de candidatura –el pasado diciembre– parece haberse perdido por incógnitos meandros. No es la primera vez, sin embargo. Y si algo ha demostrado Royal es que su determinación y su capacidad de resurrección son igualadas por pocos.
Con un discurso reformista y una imagen de seriedad a toda prueba, François Hollande es un político bien visto por el electorado de centro-derecha, como Strauss-Kahn, pero también por los votantes tradicionales de izquierda, lo que no es del todo así en el caso del director del FMI.
Dominique Strauss-Kahn es, hoy por hoy, la principal garantía de victoria del PS en las presidenciales del año que viene. Pero para plantarse frente a Sarkozy antes ha de salvar el escollo de las primarias, que deben celebrarse en octubre y serán abiertas a todos los simpatizantes de la izquierda. Su cargo en el FMI le ha obligado –o permitido– mantener silencio hasta ahora, para desesperación de sus partidarios... Y de Martine Aubry. Coartada por su puesto y condicionada por el pacto que alcanzó en su día con DSK, por el cual éste apoyó su elección al frente del partido a cambio de su respaldo en la carrera presidencial, la primera secretaria del PS también espera.